JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA
Hay comentarios que tienen trascendencia. Esta última semana, recordando entre amigos que se conmemoraba un centenario de san Vicente Ferrer, casi llegamos al consenso de que su mayor milagro había sido conducir a los estamentos de su época hasta el Compromiso de Caspe y así evitar una guerra entre reinos.

Cuando otro tertuliano, el único disconforme con esa opinión, relató el que creía su milagro más fascinante, consiguió que su vecino de silla -un católico de esos ejemplares cada vez más escasos porque todavía es creyente y practicante- abriera unos ojos desmesuradamente incrédulos escuchando aquel prodigio en que el futuro santo Vicente, siendo agasajado con una excelente comida en una casa, descubrió que la dueña había descuartizado y cocinado a su propio hijo para ofrecerle lo mejor que tenía y, como no, san Vicente descubrió aquel canibalismo encubierto y volvió al muchacho a la vida.

La conversación, cogiendo intensidad psicológica, derivó hacia el niño: cuánto sufriría al ser troceado, qué pensaría de su propia madre al ser resucitado y convinimos sin duda que, siendo uno de los protagonistas de tamaño prodigio, sabiendo en su propio cuerpo de la bondad divina, pasaría el resto de su vida como un santo varón aunque no hayan trascendido sus pías acciones, eclipsadas por la grandeza de san Vicente Ferrer.

Entonces yo recordé que en el Museo Nacional de Escultura -cuya sede, cosa rara, no está en Madrid, pues está en Valladolid- había una magnífica pieza, un relieve renacentista de madera policromada representando el más famoso milagro de san Cosme y san Damián.

En esa magnífica obra, el artista Isidro de Villoldo -tan desconocido para mí que me autoclasifico dentro de la categoría de los ignorantes- talla una impactante imagen donde se observa a los santos ejerciendo de cirujanos -unos predecesores del actual doctor Cavadas- e implantándole a un noble, que está en su cama sin dolor, la pierna de un negro que, en el suelo, a los pies de esa cama, se toca el resto de su muslo quizás evaluando el daño propio e ignorando el bien ajeno.

Nuestra conversación derivó a que el autor de esa tabla sintió empatía por el negro y, desde su postración, le ofreció un protagonismo similar al de los santos, hermanos y médicos, que han llegado a los altares.

Con ironía alguien aportó un final más feliz al feliz milagro: al cabo de unas semanas, al noble implantado se le blanquearía la pierna y al negrito postrado le volvería a crecer la suya.

Y es que ya se sabe, en estas reuniones donde tratas de temas divinos con una copita de anís, derivas hacia divagaciones humanas.

Y hasta allí llegamos, porque hay comentarios que tienen trascendencia. De pronto sonó un maldito wasap aportando la inaceptable opinión -en público- de que, con la avanzada edad que vamos reuniendo todos los integrantes de aquel bendito grupo, con el elenco de pastillas, jarabes y aerosoles que ingerimos por comida, con los escasos cumpleaños que deben quedarnos, la santa madre iglesia debía modificar su catálogo de pecados y llevar, esa frecuente flaqueza llamada fornicación, a la categoría de milagro.

ENERSOSTE

 

Manuel Vicente Martínez