“Esa calle de Colón” por Manuel Vicente Martínez

Cuando durante mis paseos el viento se cansa de hablar conmigo y desaparece, no me rindo. Hay frutos como la manzana que te sacian al disfrutarlos, otros como los cacahuetes que son adictivos. Acudo sin dudarlo, es mi sedante, a la calle Colón -andén transitable balsámico anunciaría una farmacéutica- que siempre está dispuesta a escucharme. Bueno, no siempre, sabe que eso de entablar conversaciones de la índole persona-espacio es una rareza que puede resultar malsana. En ocasiones, para amortiguar mi exceso de cordialidad, ella también quiere intervenir y confundirme al contarme hechos en los que mezcla personajes y situaciones de muchas de sus épocas, monólogo que yo achaco a su vejez perdedora y a la soledad que conlleva.

Es entonces cuando me sale una sonrisa de jubilado a la hora de almorzar y ¡a saber lo que pensarán esos/as paisanos/as que se me cruzan grabando mi rictus de boba satisfacción! Me pongo interiormente estupendo y provoco al viejo vial indicándole que no le encuentro encanto alguno a su perspectiva, que es tan irregular que no hay foto que la abarque, además le reprocho que no ha sabido nunca mantener un equilibrio y por eso cuando yo, en mi niñez de anteayer, jugaba allí la pelota -todos piensan que lo he soñado- la maldita siempre rodaba hacia abajo, hacia la estación deseando coger el tren de Valencia…

ENERSOSTE

Me sonríe la puñetera calle y me sonríe con su mejor talante, el que refleja cuando va a pasar la Entrada de Toros o la chiquilleria alocada con los Gigantes y Cabezudos, porque sabe que es insustituible, igual que a la gente no le queda otra alternativa que ser del Madrid o del Barcelona, aquí en Segorbe o nos quedamos en la calle Colón o nos apuntamos a la Avenida España…

Y me sonríe la puñetera porque sabe, con la sabiduría que le han transmitido varias civilizaciones que la han pisado y rediseñado, sabe y no duda que, cuando un cóctel borde de triglicéridos o quizás de alborotadas transaminasas me pegue esa patada que nos tira del campo de juego, yo montaré sobre un dron invisible que me permita sobrevolarla, alegre como un colegial sin clases, para seguir disfrutando de sus polémicos mercados -recortados o clásicos- saltándome fechas y épocas a mi conveniencia porque un ser inmaterial igual sobrevolará a gusto el arrabal árabe ofreciendo tejidos recién tintados como el enjambre de verduleras que en sus canastas ofertaban las tiernas hortalizas…

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO
Y me sonrie la puñetera, hoy adornada con diminutas lámparas de tonos cálidos que pretenden calentar las frías tardes invernales mientras iluminan el tránsito que hemos hecho hacia el nuevo año. Sus majestades los Reyes Magos van a llegar, con sus modernos camellos motorizados –cualquier día ¡son tan mayores! nos mandan un robot para sustituirles- no vienen por repartir caramelos y juguetes que para eso ya están los pajes, en realidad quieren disfrutar -nuestra calle del Mercado lo sabe- ese trayecto que la atraviesa, con esa multitud infantil que les aclama y les reclama un imposible juguete. También sus majestades, por una noche, son indiscutibles protagonistas de la calle.

Pero como no hay prisas en destapar regalos, ahora voy a tomarme un chocolate caliente allí, en sus porches, viendo como la multitud de amigas y ciudadanas ven reverenciar esas historias bíblicas que también tienen algo de bélicas… Aunque más tarde, cuando yo me tome el último sorbo, solo unas campanadas anunciarán que la ilusión abandona calles y plazas para introducirse en las alborotadas casas… ¡Deliciosa ilusión!

Manuel Vte. Martínez – Fotos:José Plasencia

“Esa calle de Colón” por Manuel Vicente Martínez