Nota aclaratoria.-

 El texto pertenece al libro Itinerario Pedagógico «Buscavidas»  ( la huella del hombre en nuestra tierra) elaborado por Trini Carot Asensio, Vicente Ferrer Ripollés, Marcelino , Alberto y Rosa Herrero Salvador, Lucinda Martín Gimeno y José Manuel López Blay. Fue editado por la Diputación de Castellón en 1986, aunque lo escribí en 1985.

AYER, AMOR, NUESTRAS SANGRES

Para Marcelino Herrero, por todo.

El pueblo me recibió con una lluvia finísima la tarde en la que enterramos a mi abuelo, un hombre que murió sin hacer ruido, como había vivido. Dolores, su mujer, lo estuvo velando toda la noche sin lágrimas, reseca como estaba a fuerza de tantas desgracias .

A mis abuelos la fiebre de la emigración los cogió demasiado cansados o indolentes para abandonarlo todo y marchar en busca de la tierra de promisión, aquélla de la que los que los viajeros añoraban el embriagador perfume de sus billetes recién salidos de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre.

Así que, cuando mis padres les dijeron que nos íbamos a Barcelona, se limitaron a atizar el fuego y a decir que ellos se quedaban para cuidar de sus muertos. No hubo lágrimas innecesarias. Ni súplicas estériles. Era el destino. Estaba escrito en el cielo. No había lugar para la tristeza. Dios lo había querido así. Y así debía ser.

Ahora nosotros volvíamos para cumplir con la liturgia secular de enterrar a mi abuelo bajo la tierra que había heredado de sus padres.

No sé en qué momento sentí una punzada en mitad del pecho que me convocaba desde las entrañas de la memoria. Debía volver a Buscavidas, a la masía, A la casa. A mi única casa. A la casa donde descubrí asombrada lo difícil que es respirar cuando tienes la sangre de amor herida. La casa que abandonamos hace ya tantos años y que ahora no sería más que un triste testigo de toda la amargura y la alegría que allí compartimos.

Al llegar a Arenillas, no pude contener las lágrimas. Miré al cielo plomizo. Mi abuelo también lloraba. Estaba feliz con mi regreso,

El murmullo de la soledad fue una ventana abierta de par en par a ese viaje de retorno hacia mi infancia. Estaban allí todos los objetos que dejamos, leves, pluscuamperfectos, como momificados por el relámpago de magnesio en una placa fotográfica ajada y polvorienta.

Allí seguía la higuera, a la entrada de la casa, como un ángel protector, bajo cuya sombra consumé tibios atardeceres intentando desentrañar el misterio de las palabras y de los números que la paciencia infinita de mi madre intentaba alumbrarme.

Y de pronto, todo fue otro tiempo, otro espacio, poblado de difusas presencias que me preservaban de poderes malignos. El olmo tutelar de la familia de los Adelantado, el azulete en el alféizar, la ruda ahuyentando el peligro en acecho.

Los goznes herrumbrosos chirriaron al empujar la puerta. Una nube de polvo empañó el aire de un ambiente irreal. Regresé a aquellos años de miseria y prodigios en que todavía éramos felices, raíces de una tierra, herederos de un largo camino de sudor y lágrimas.

El pequeño espejo seguía empotrado en la pared . Era el mismo ante el que cada mañana mi padre se preguntaba hasta cuándo y blasfemaba y escupía contra el suelo toda la rabia que la pobreza acumulaba en sus venas. La escalera abandonada al comején de la desidia no parecía llevar ya a ningún sitio. El viejo horno enrunado entre escombros. ¡ Qué lejos quedaba el aroma a pan recién hecho que mi madre elaboraba primorosamente en la artesa de mobila!

Subí. Supe que tenía que subir a recoger, destilada, la fragancia de mi cuerpo adolescente, que había impregnado aquellas paredes abandonadas apresuradamente en la plenitud de las edades. Y hacerlo fue como mirarse en una plancha metálica bruñida que me devolvía, con amorosa plenitud, la imagen de mis gestos más audaces y de aquel amor torpe y atropellado que también dejé una fría mañana de otoño, cuando mis padres decidieron que ya había llegado la hora de buscar una tierra menos amarga y me subieron al carro, junto al escaso ajuar, para no volver más a Buscavidas.

Un estremecimiento de ternura me sobrecogió. El abandono, el acoso del tiempo había carcomido todo lentamente : el calendario donde mi madre anotaba la fecha en la que se debían cubrir los animales, los tomates colgados en el cañizo de la techumbre, los últimos recibos de la contribución. Ahora tan sólo había polvo, telarañas y cartuchos. Cartuchos y rastrojos de muerte y cartuchos invadiéndolo todo.

Y cuando estuve en mi habitación, rozando temerosamente sus paredes, tú estabas allí, Miguel. Acompañándome en esos momentos tan entrañables, perdonándome el no haberte dicho las hermosas palabras que inventaba cada noche por nombrarte, perdonándome el que a ti también te dejara como dejé tantas otras cosas.

Tú estabas allí, Miguel, con el sabor a ceniza y a espliego encumbrado en la tibieza de tus delicados labios y la irremediable compostura de tu cuerpo, que te acercaba a la tierra, de la que eras parte como lo eras de mi corazón.

No fui capaz de recordar cómo era tu voz, pero tu mirada de niño asustadizo podría haberla sorprendido entre millones de miradas. Y ahora, ¿ dónde estarías, Miguel ? ¡ Oh, Dios, qué no hubiese dado por hacerte presente…!

Tuve ganas de salir corriendo, de abandonar Buscavidas, ahora sí, ahora para siempre. Y fue entonces cuando la vi. Destartalada, en medio de la enruna, vi asomar los mecanismos de la máquina de embutir. Y recordé el ritual del matapuerco y una noche en la que no pude dormir, porque al día siguiente ibais a venir a ayudarnos los del Mas de Limpiabotas. No pude dormir de lo feliz que era, de saber que iba a tenerte cerca, de poder quererte en silencio sin que tú lo supieras.

La tarde anterior yo había estado ayudando a mi madre y a mi abuela a preparar las cebollas para la matanza. Las pelamos y las cocimos. Luego las metimos en un saco y les pusimos piedras encima para que escurrieran bien.

La mañana amaneció pletórica de la luz que sólo tienen los días de fiesta, como cuando íbamos a Caudiel, por septiembre, para la procesión de la virgen del Niño Perdido.

Te vi aparecer con tu chaqueta de pana negra y la bufanda de lana por la senda que baja acompañando al barranco de los Navarros. Venías con tu padre, guapísimo, altivo como un toro,¡ a mí me dolía tanto la sangre de quererte!

Aquel día la casa se había poblado de ajetreos y de risas. Calderos de agua hirviente, aliagas amontonadas para el sacrificio, canciones que los mozos bajaban de Aragón cuando acababa la siega…

Y dentro de las porquerizas, el silencio anterior a toda ejecución. Como si el animal presintiera en el aire la tragedia que le estaba reservada.

Los hombres consiguieron arrastrar al cerdo hasta el cadalso, a pesar de su fiereza, de su firme determinación de no dejarse matar así por las buenas. Venía atado con una cuerda a una de sus patas delanteras, levantando la tierra con la fuerza que dan las ganas de no querer morir. Pero todo fue inútil. Pasaron el cabo de la cuerda por la pata de aquella vieja mesa renegrida de tanta sangre. Mi padre, que ofició de verdugo, le ató el morro con una cuerda pequeña para no oír sus blasfemias, su desgarro de condenado a muerte.

Tú estabas agarrado al rabo, orgulloso de contribuir con tu fuerza de potro joven y yo también estaba orgullosa de ti. De quererte con toda mi alma.

El tajo fue inapelable. La sangre caía a chorro en el lebrillo. Mi madre, con manguitos blanquísimos y un delantal fragante, removía rítmicamente para que no se cuajara.

Las aliagas ardieron una tras otra con su fuego purificador, cauterizando los estigmas que la piedra tosca y el agua hirviente inflingían en aquella mole de carne recién muerta.

Al final, sólo quedó el fango anegando la era. El fango y el dulce estremecimiento de compartir contigo la pezuña del animal, como la hostia que bendecía nuestra secreta unión bajo aquel cielo límpido y helado de diciembre.

Después no recuerdo nada más, apenas el regusto lejano de aquella comida que compartimos antes de separarnos para siempre y un sorbo de vino que te hizo lejano hasta hoy y que he llorado tantas veces.

Una noche mi padre nos dijo: » Mañana nos vamos a Barcelona. Evaristo me ha escrito, diciéndome que tiene trabajo para mí». Lloré no por abandonar aquella tierra miserable que tanto amaba, sino por la certeza de que te perdía para siempre, de que dejaba lo mejor de mí misma, abrazado a tu talle. Y fue entonces cuando me pinché en el dedo con una aguja hasta que una gota minúscula de mi sangre enamorada afloró y fue a buscar otra tuya, que yo guardaba como un talismán, en un pañuelo con el que un día te habías limpiado un rasguño. Fue entonces, al fundirse nuestras sangres, cuando te juré amor eterno por el resto de mis días.

Salí a la era, respiré el azufre del aire tras el aguacero. Debía marcharme. Desde la carretera volví la vista por última vez hacia la masía. Allí estaba el aprisco, el gallinero, el cobertizo para el grano y la casa. Nuestra casa, Miguel, donde yo había dejado un pañuelo con nuestras sangres hermanadas, para que tú supieras de mi amor.

Miré al cielo. Mi abuelo sonreía. estaba feliz con mi alegría recobrada.

Comenzaba a anochecer.

Fragmento de Buscavidas

José Manuel López Blay. 1985