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A don Salvador lo purgaronEl 4 de julio de 1940, Sanz de Bremond, director del instituto Ribalta y presidente de la Comisión Depuradora de Castellón de la Plana, elevó a la superioridad la propuesta de sanción, habida cuenta de que el maestro, a pesar de no haber dejado de profesar creencias católicas, se había mostrado remiso y descuidado en el cumplimiento de sus deberes. Conducta doblemente reprobable, considerando el efecto moral causado en el pueblo.

El informe evacuado por el ecónomo de la parroquial resultó decisivo. Lo acusó de no cumplir con el precepto de oír la Santa Misa en los días festivos y de no asistir a los oficios del tiempo penitencial de la Cuaresma. El médico, jefe local de Falange, apuntilló, haciendo constar que, con motivo de la visita del gobernador en 1932, se le había elegido por su verbo encendido para hacer un discurso florido desde el balcón de la casa consistorial, en el que se ensalzó el encomiable esfuerzo del gobierno de la II República Española por mejorar las condiciones materiales de los salones dedicados a escuela y por dignificar al Magisterio. También se señaló, por parte de un padre de familia de intachable conducta, que el maestro había pertenecido a la FETE antes de julio de 1936 y que formó parte del Consejo Local de Primera Enseñanza. Todos ellos delitos nefandos a juicio de Sanz de Bremond.

Por eso, aunque hubo escritos del alcalde carlista y de algunos excautivos y caballeros mutilados, avalando su conducta moral y política, don Salvador finalmente fue purgado. Traslado dentro de la provincia, con prohibición de solicitar plazas vacantes durante dos años e inhabilitación para el desempeño de cargos directivos y de confianza en instituciones culturales y de enseñanza.

Así llegó don Salvador al pueblo. Desterrado y humillado. Encogido y doblado para no romperse. Tenía dos hijas y había que llevar el pan a casa para que comieran.

Don Salvador era un hombre enjuto, de porte elegante y mirada misericordiosa. Fumaba continuamente unos cigarrillos de tabaco picado que liaba con aquellas manos nervudas y sarmentosas que recuerdo con tanta claridad.

ESCUELA DE DANZA
A don Salvador lo purgaron

La escuela era un salón grande, en el primer piso de una casona de la calle Calvo Sotelo, aunque los niños siempre la llamábamos Las Peñicas, porque siempre había sido Las Peñicas, menos en la guerra, que los del Consejo Municipal la rotularon con el nombre de Calle de la Unión Proletaria. Se accedía por una escalera empinada. La sala estaba limpia y encalada y la luz entraba generosamente por tres ventanas que daban a la calle. No había exceso patriótico en nuestra rutina escolar. El justo para no ser censurado por las fuerzas vivas. «… y siempre adelante, cantemos el himno de la juventud, el himno que canta la España gigante que sacude el yugo de la esclavitud».

Mi infancia no podría explicarse sin aquel tiempo brumoso, pespuntado de dictados, conmemoraciones de santos y mártires y de un olor inconfundible a tiza, humedad y a las virutas de los lapiceros que afilábamos con el sacapuntas metálico que don Salvador tenía anclado en una esquina de su mesa.

Al maestro lo depuraron, pero la purga no canceró su alma. De vez en cuando, en el sopor de la tarde, nos contaba historias maravillosas de héroes que atravesaban océanos procelosos en busca de una patria olvidada, sorteando peligros sobrecogedores y que, al final, anónimos y desconocidos, llegaban a la casa familiar y estrechaban entre sus brazos musculosos a sus mujeres y a sus hijos, que ahora eran unos jóvenes esforzados y valientes, que habían defendido la hacienda de sus padres ausentes contra la codicia de los lobos. Y así salimos nosotros al mundo, dejando atrás aquella escuela monótona y gris de la posguerra. Radiantes y desnudos, agentes de la aurora y del trigo. ¡Era tanta la vida que nos quedaba por vivir! .    

A don Salvador lo purgaron

José Manuel López Blay