Habíamos alcanzado un cierto renombre en los pueblos del bajo Aragón. Así que no nos era difícil apalabrar por un buen puñado de duros la diana floreada, un pasacalle, la procesión y dos verbenas.

Un tren nos dejaba en mitad de la nada y el altiplano ofrecía una visión devastadora. Llegábamos a los pueblos por caminos infernales después de caminar bajo un sol de justicia. Nos acomodaban en cobertizos donde dormíamos de cualquier manera o no dormíamos. Pero éramos jóvenes. Y, sin excesivas pretensiones, diría que, también, felices.

Aquel verano nos acompañaba Fermín Torres, sustituyendo a Miguel Máñez que había cogido tercianas. Fermín era un mozo bronco, sin desbastar, grande como un armario ropero que, más que tocar, asesinaba el saxo tenor cada vez que se lo llevaba a los labios, pero en el pueblo no había otro joven que se entendiera con el instrumento. Fermín andaba reñido con la solfa hasta el punto de que el bendito de don Antonio Lacalle, director de la banda, nos tenía prohibido acercarnos a menos de seis metros cuando se enzarzaba con las partituras, no fuera ser que lo poco que había conseguido enseñarnos se malgastara con aquellos desafueros.

Fermín era un desastre como músico, pero era de palabra fácil con las mujeres y no era aquélla industria despreciable en tiempos en los que se pasaba tanta hambre. A Cubla llegamos para la fiesta de santa Quiteria.

La devoción hoy apreste

líbranos de calentura,

de langosta, rabia y peste.

 

Corría el dinero fresco, la gente lo conseguía vendiendo la metralla que encontraba por los ejidos y las lomas. Y el dinero, ya se sabe, todo lo muda. El pueblo quedaba en esos días en manos de las mozas que anunciaban la fiesta repartiendo tortas resecas con aguardiente y pan regañado.

La noche de la víspera había verbena en el frontón de la plaza de Abajo. A lo loco, a lo loco, hay que ver cómo vive Fulano. Con esta pieza se metió Fermín a la gente en el bolsillo. Por no mentir, no fue a toda la gente, sólo a las mozas que le agradecían con aplausos las zalamerías con las que les regaló los oídos desde que puso el pie en la plaza del Ayuntamiento. Y tampoco fue con toda la pieza, sino con los primeros compases, los únicos que se sabía, que repitió una, dos y mil veces, con una obstinación que no podíamos explicarnos, mientras alguno de nosotros intentábamos, arrepretarnos a las que andaban descabaladas.

¡A lo loco …!

José Manuel López Blay.