Evaristo Rodríguez Marqués, 1904 – 1957

( Abanto o Abanto Soleao, según parroquias)

Nació el año del primer piojo verde. Su abuela María Gracia atribuyó a esa maldita coincidencia el hecho de que Evaristo se criara algo zompo. Su abuela María Gracia era una mujer con muchos arrestos. Así que, cuando vio que lo del piojo verde no había dios que se lo tragara, le echó la culpa de lo de Evaristo a la mala savia de su yerno, un mozo revejido que tenía tres fincas grandes de algarrobos en la raya del término y a quien casó de prisa y corriendo con su hija pequeña, Rosario. Lo cierto es que, dijera lo que dijera el alacrán de su abuela, Evaristo fue abanto desde pequeño. Y si uno es abanto desde pequeño, es natural que acaben llamándole lo que uno es. Un abanto era Evaristo.

La vida lo aturdía. Además, era torpe jugando a marro y a galope. Y, claro, empezaron las cabronadas. Y los insultos. Y lo de Abanto también empezó. Luego vino la guerra. O, no; luego vino el servicio militar y más tarde la guerra. Qué más da. Hace tanto tiempo de eso. Y entre el servicio militar y la guerra o entre la guerra y el servicio militar, acabaron de joderlo para siempre. Y abanto se quedó. Abanto soleao, se le burlaban las putas de Casa Paquita, cuando lo llevaban los quintos cada año la noche de San Rafael para que Evaristo se desahogara con La Romana.

— Abanto, que no se te apodere la Romana.

Cada año lo mismo. Y cada año, Evaristo se iba piernas abajo en menos que se reza una salve.

garrote-WAbanto era un ser quebradizo, pero no era mala persona Abanto. Lo que pasa es que se ha de saber decir hasta aquí llegó la cosa, porque todo tiene un linde. Hasta la humillación lo tiene. Y José Blasco Sanfélix no era agrimensor, ni falta que le hacía saber dónde estaban las hitas de la vergüenza, la raya que deslinda lo que tiene y lo que no tiene pies ni cabeza. José Blasco Sanfélix era un zamarro sin desbastar al que tres copas de anís le enturbiaban las cortas entendederas que tenía en ayunas y empezaba a calentar la sangre a todo cristo.

— Abanto, si naces un poco más tonto, te quedas pajarito en manos de la comadre. Abanto, La Romana dice que tienes la minga muy grande, pero que te desbravas mientras te la asea.

Abanto, que si esto. Abanto, que si lo otro.

Y un día, a Abanto — y a Evaristo también — se le hincharon los alborsos, tuvo un mal pensamiento y con la segur le abrió la cabeza a José Blasco Sanfélix. Como una sandía. Así se la abrió Abanto.

Pobre Abanto. Bernardo Sánchez Mayoral le dio garrote en el patio de la cárcel de Valencia el año de las lluvias torrenciales.

[ Testimonio recogido en la casa de Miguel Suesta Sospedra, quinto de Evaristo, durante el verano de 1998, dos meses antes de morir. De viejo, nos dijo su hija Amparo, cuando llamamos para dar el pésame].

Como si fuera ahora recuerdo aquel día. De entre los amargos que la vida me ha deparado, ninguno como el de la muerte de Evaristo.

La tarde anterior, Pedro el taxista nos trasladó a Valencia en su Pontiac negro. Cuando llegamos a la cárcel, nos instalaron en un banco de madera que había en mitad de una fría sala desnuda y allí estuvimos oyendo cómo el verdugo — el de Sevilla, que era un poco flojo de ánimo — ajustaba a martillazos los corbatines sobre un poste en mitad del patio.

Luego llovió. Llovió mucho. Durante toda la noche estuvo lloviendo. A las tres llamaron a la madre de Evaristo para que pudiera despedirse.

Yo la había acompañado porque éramos familia lejana y me daba mucha pena que estuviera sola en un trago tan amargo.

—Me lo van a matar, Manuel, me lo van a matar.

Además, Evaristo y yo habíamos hecho muchas migas desde que bajamos a cavar naranjos en la misma cuadrilla a Sagunto. El pueblo era célebre por sus cuadrilleros. En verdad, el pueblo en aquellos años no era más que un racimo de casas arrumbadas hacia Santa Bárbara, con callejas de tierra que se embarraban cada vez que desde el cielo se descolgaba un aguacero. Y el triste tañido de la campana de la muerte al romper el alba. El pueblo era el tañido de la muerte.

Más tarde, después de una insensata lucha contra el tiempo y la obcecación, a fuerza de barrenos y una pila de mutilados que fueron muriendo entre terribles dolores por las galerías que hubo que excavar, consiguieron reventar las entrañas de la tierra y hacer aflorar el agua, tan necesaria para que el pueblo no se nos muriera de miseria. De la mucha miseria que entonces había. Y con el agua comenzaron a llegar gentes de otras regiones a trabajar las nuevas tierras ganadas al secano. También llegaron los primeros señoritos, atraídos por el clima benigno y la calidad de sus aguas, y construyeron sus chalés en las afueras del pueblo, transformando los ejidos y pajares en suntuosas villas de recreo y esparcimiento; villas con el nombre de su dueña o imágenes de santos y vírgenes en azulejos de Manises adornando las fachadas. Los señoritos se reunían a jugar a julepe las tardes de agosto en el patio de la casa grande. A jugar a julepe y a meter mano a las mujeres más resueltas que trabajaban de criadas y niñeras.

Pero antes del agua, para los pobres, no quedaba otra cosa que las cuadrillas que bajaban a cavar naranjos a Sagunto. Y Evaristo y yo habíamos nacido pobres.

Un pedazo de pan era Evaristo. Demasiado bueno. Eso es lo que le perdió. Si hubiera enseñado los dientes de vez en cuando, no habría tenido que llegar a lo que llegó. Pero la vida viene como viene. Y no hay más huevos que aguantar. Cada uno, su cirio.

Al amanecer escampó. Se abrieron claros por la parte del mar y en el silencio metálico de la cárcel hubo presagios de muerte. Vinieron a buscarlo a su celda. No quiso tratos con el capellán.

Dies irae, dies illa

solvet saeclum in favilla

En el corredor que embocaba la puerta del patio, desde el que ya se veía al verdugo manipulando el garrote, se descompuso y empezó a cagarse en Dios y en todas las ventanas del Vaticano. Su madre se me abrazó, desmadejada, rota. Giró la cara cuando lo sentaron en la silleta.

—Me lo van a matar, Manuel, me lo van a matar.

Antes de morir, Evaristo miró a su madre con unos ojos de tristeza oceánica.

[ Reconstrucción novelada a partir del testimonio de Manuel Mínguez López, que acompañó a la madre de Evaristo el día de la ejecución de su hijo, a mediados de octubre del año mil novecientos cincuenta y siete].

Abanto

José Manuel López Blay.