Relatos para tardes de bochorno

Los jueves cenaban pronto para poder llegar a tiempo a la sesión nocturna del cine Astoria, que tenía las taquillas junto al Registro de la Propiedad, en la plaza del Caudillo de la cercana ciudad episcopal.

Desde el pueblo, bajaban cantando por el camino de las moreras, como un ejército entusiasta. En apenas media hora o un poco más estaban sentados en los bancos del gallinero, donde resultaba más fácil escapar de la linterna de Ambrosio, el acomodador, un mutilado de guerra gruñón que amenazaba con un nuevo Alzamiento Nacional cada vez que uno de ellos profería un improperio cuando una escena subía de temperatura o cuando hacían rodar las botellas de zarzaparrilla que compraban en el selecto ambigú del local.

Aquella noche se habían traído al cojo Aguilar, un mozo viejo con la cara picada de viruela, que solo mudaba el mal gesto ante los pechos prietos de las chicas de La Palanca, el prostíbulo que había a la salida de la ciudad por la carretera de Teruel o ante una buena película del oeste. Y aquella noche echaban una de las mejores.

Shane, un pistolero errante, llega a la granja de los Starrett y, a pesar de los reparos del principio, consigue ganarse el respeto de los humildes granjeros que tienen que vérselas con el malvado terrateniente Rufus Ryker y el desalmado sicario Wilson.

Alan Ladd y la gaseosaLa película ha comenzado hace veinte minutos.

Alan Ladd entra en el bar :

— Camarero, una gaseosa.

Los jugadores de la partida de póquer se mofan de un vaquero con gustos tan poco ortodoxos. Se masca la tragedia, pero Shane no entra al trapo, para desesperación del cojo Aguilar, al que ya se le han alterado los pulsos y los impulsos, porque se mete mucho en las películas.

A la media hora, Alan Ladd vuelve al bar para dar gusto al mozo viejo.

— ¡ Vaya, mirad quién tenemos aquí!…El que se emborracha con gaseosa.

Al cojo Aguilar la sangre empieza a hervirle, se remueve en el asiento, empujando a los jóvenes que están a su lado.

— ¡ Se ve que no tienes buen oído, destripaterrones!

El asunto pinta mal; pero que muy mal.

– Mira, campesino, es mejor que vayas con las mujeres y los niños. Así estarás a salvo.

Está poniendo las cosas muy difíciles. Que uno es muy bueno; pero no tonto.

— ¡ No siga por ese camino ! – le contesta lacónico, Alan Ladd, mirándole fijamente a los ojos.

Pero que si quieres arroz, Catalina.

— ¡ He dicho que te largues! ¿ No has oído?… Aquí al bar no vienen a beber más que los hombres.

¡ Hasta aquí llegó la riada!

Después de tirarle los dos güisquis sobre la pechera , Shane le conecta un derechazo a Chris Calloway que sale rodando hasta la tienda por una puerta batiente. 

Hay un silencio catártico en la sala.

— ¡ No querías gaseosa! — El cojo Aguilar se liberó de los nervios que le atenazaban la boca del estómago.

Él se liberó. Y la película acabó ahí, en medio de una carcajada que fue contagiándose por el patio de butacas hasta que se dieron las luces y el dueño del local, don Bruno, un coronel  laureado por su arrojo en la batalla del Ebro, pistola en mano, les conminó a abandonar el cine.

— Por cosas así  tuvimos que hacer la escabechina que hicimos. ¡ Arriba España¡ Viva España! ¡ Viva Franco!

Nunca supo el cojo Aguilar cómo acababa Raíces profundas.

Alan Ladd y la gaseosa

Jose M. López Blay.