Estimadas personas lectoras:

Aprovecho la coyuntura de la publicación de mi último libro para dirigirles unas pocas palabras.

En primer lugar, disculparme por entrar así, sin llamar tan siquiera, y penetrar en su inestimable intimidad con la intención de publicitar mi último trabajo; en segundo lugar, agradecerles de antemano, que vayan a emplear algo del mayor tesoro que poseen, su tiempo, en leer las ocurrencias urdidas por mi imaginación y, en tercero, aconsejarles que lo hagan sin temor alguno, pues aunque este sea un libro de poemas, la poesía no es dañina ni dolorosa ni, tan siquiera, oscura o hermética, eso solo ocurre cuando nos enfrentamos a ella intentando retorcerla para exprimirle un significado, sin embargo, si la dejamos fluir con naturalidad y sin apremios, visionando las imágenes que nos ofrece, su sentido aflora por sí solo, por lo menos el que cada cual le da, pues la poesía no se agota en lo que ha querido decir quien la ha escrito, sino que va mucho más allá y tiene tantas versiones como lecturas realizadas. Sin embargo, he pensado que no estaría de más darles una pequeña guía para que puedan ustedes captar sin problemas cuáles han sido mis motivaciones para escribir estos versos…

Comenzaremos, pues, por el principio, el título, El pez en la pecera, y es que, sencillamente, pienso que los peces están diseñados para nacer en los océanos, en los lagos, en los ríos, y vivir sus procelosas vidas en sus hábitats naturales, a no ser que acaben como elementos decorativos encerrados en alguna urna de cristal. Claro que lo mismo podría decirse del resto de especies utilizadas como mascotas, entre las que incluiremos a los humanos.

Sí, han leído bien, he dicho humanos y es que los humanos nacemos en la Tierra para desarrollar nuestras turbulentas existencias diseminados por ella, sin embargo, y con más frecuencia que ellos, acabamos como esos bonitos peces de colores dentro de una pecera. Cierto que nuestra burbuja no es física, pero no deja de ser una linda pecera.

La cosa comienza en el mismo instante de nacer, cuando nuestros progenitores, con toda la buena intención de llevar a cabo los ritos acostumbrados en sus respectivas vasijas, ya nos van marcando límites al colgarnos un nombre, unos apellidos y una nacionalidad. A estas les seguirán, a medida que vayamos creciendo, las sucesivas paredes de la educación, las creencias, el idioma… Y a partir de cierta edad los vidrios crecerán en progresión geométrica: aficiones, tendencias, amistades, estatus, clases… incluso las parejas… Y así, otro individuo de una especie que surgió para coexistir con el resto de especies en armonía natural, se va encerrando, paulatinamente, en peceras más y más pequeñas, hasta que un día se da cuenta que vegeta dentro de una burbuja exclusiva, mientras el mundo está ahí afuera.

Puede que el destino de toda persona sea la soledad, esa soledad que no tienen nada que ver con la cantidad de gente que nos rodee, si no con la capacidad de empatía que tengamos con esas personas, algo que cada día tiene mayor complicación, pues las diferencias se multiplican mientras que las coincidencias se desvanecen. Es lo que tiene vivir encerrados en nosotros mismos.

La eficacia de los grupos sociales para ir alienando a sus miembros es muy efectiva, sobre todo porque como no les resulta rentable educar para la convivencia, ya que ello conduciría a un razonamiento individualista, en ausencia de esa disciplina, se decretan leyes, normas y pecados, con sus correspondientes amenazas de penas, multas e infiernos, castigos todos ellos que difieren según sea confesional o no el Estado, y haciéndoles creer que el destino de los dirigidos depende de la magnanimidad de los dirigentes.

Y aquí estamos, cada cual buceando en nuestra propia pecera e imaginándonos el universo según el relato oficial y debatiéndonos entre el deseo de cometer los pecados incitantes y tentadores o la obligación de cultivar las severas, adustas y estrictas virtudes, cargando por ello con un peso en la conciencia que nos imposibilita para levantar la cabeza.

Y de eso va El pez en la pecera, un poemario donde aparecen los pecados, las virtudes y otras nimiedades propias de la condición humana, intentando reflejar mis opiniones con la justa sinceridad, aunque sobre esto hablo en el Prólogo, así que mejor lo leen ustedes en él.

Atentamente:

Antonio Cruzans Gonzalvo

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA