“Ni más perlas ensangrentadas. Ni más flores pisoteadas”

Por la mujer y por su día  

Aquellas mis queridas Damas”

Sobre Segorbe, desplomaba de buena mañana y con cierta quimera, un sol inclemente y justiciero.  Junio relamía la llegada del verano con la voracidad de un niño de pecho.  Mi madre me arrancó de la cama como cada día y procedió a su ritual.  Leche con galletas, zapatillas bien atadas, peinado con raya al lado y, mientras con una mano me tapaba los ojos, con la otra, le daba un par de apretones a la botella de plástico de colonia de la casa de la Tia Carmeta, firmando y rubricando así la misión de limpio y aseao.  Pero a mí, aquel día la camisíca no me llegaba al cuello.

Aquel día era un día de despedida y cierre. Evaluación y entrega de notas. Que Dios reparta suerte, me dije…  Con la cartera cargada de libros a la espalda partí calle abajo con la valentía y decisión de un torero que hace paseíllo por primera vez.  Las vecinas ya se habían apresurado bien temprano a refrescar la calle a pozalazos de agua y a regar los cientos de macetas que, en su plenitud floral,  se alineaban en los frontales de cada casa, de cada calle, de cada barrio…  La Tia Consuelo barría la paja y restos de estiércol que el caballo y carro de su hijo habían dejado cuando de mañanica salió a los bancales de la huerta de Agostina.   De todos los balcones colgaba ropa recién tendida.  Madrugadoras y espabiladas fueron las que aprovechando la fresca ya iban de vuelta del lavadero de hacer la colada. Ahora, sábanas blancas colgaban y bailaban dibujando sombras animadas en aquellas calles mojadas y empedradas.  Algunas de ellas las podía rozar con las puntas de mis dedos.  Todavía chorreaban. Olía a agua de jabón que se mezclaba con el aroma de los jazmines y geranios de las macetas. Olía a fresco, olía a petricor, olía a mi calle…

Un poco más abajo mis fosas nasales se abrían todavía más. Pan recién hecho. Mis arguelladas piernas me acercaban al horno de la calle del Romano y, aquello, aquello sí que era para detenerse un buen rato.  Bien valía una parada.

Entré como cada día con un sonoro ¡buenos días!, y varias parroquianas contestaron al unísono con otro, ¡buenos días bonico…!    

Aquel aroma, aquel calor de horno, aquellos panes y aquellos bollos, aquellas calabazas asadas, aquellos boniatos…

La Tia Carmen, la panadera,  me miraba con sus ojos negros aceituna, con su moño recogido y su delantal atado bajo el pecho, limpio como una patena, pero empolvado siempre por la harina como el húmedo culo de un bebé.   Una “pepa” y ya se la pagará luego mi madre cuando venga a por el pan…” Fiel a la tentación, le di bocado a la puntica, la guarde en la cartera y cogí de nuevo la calle entrepiernas y chano, chano, arree calle abajo.

Mientras tanto, y entre esas,  el campanario con sus tañidos me avisaba de los tres cuartos para las nueve. Había que apretar, pues Doña Mercedes, la maestra, tenía su paciencia -que era mucha- y no era cuestión de abusar.  Corrí y apreté el paso.  Todavía tenía un punto de parada y fonda obligatoria.

Había otra mujer que se interponía en mi camino diario que también me quitaba el sueño.  La Tia Pepa acababa de abrir su tienda. Aquel paraíso.  Ya lucían en la cristalera aquellos, mis queridos tebeos, y aquellas diminutas cajas llenas de chicles, bolsas de kikos, de pipas, y regaliz de la roja, y de la negra, y manzanas con caramelo, y…   Un minuto más, pensaba.  Un minuto más, mientras babeaba y se me salían los ojos de las cuencas mirando todas las portadas de los tebeos colgados con pinzas de un cordel.   La Tía Pepa me miraba y sonreía.   Yo también le sonreía.   Un “Que vas a llegar tarde”,  hacía que volviera a mi conciencia perdida.

De pronto, el dolor punzante de un pellizco en una de mis mejillas hizo que de reojo reconociera a Manuela, la hermana de Ramón el ciego.  Mientras ésta me retorcía mis carnes con una mano, con la otra, afianzaba el brazo de su hermano.  Aquel Ramón enorme, grande, con aquellos ojillos sin vida.  Con aquella sonrisa tan viva.  Con aquella mano que zigzagueaba su bastón blanco.  Con aquellas decenas de abanicos de cupones colgándole del pecho con los números de la suerte.  Esa voz profunda, honda y melancólica, “¡Para hoy señores, para hoy!. ¡Hay cupón de la Once…!”, se confundía con el aviso clásico, amenazante y característico de su hermana,  “ya se lo diré a tu madre”…  Los pellizcos en los mofletes de aquella mujer me horrorizaban.  Mientras, las manos tientas de Ramón, alborotaban mi raya en el pelo increpándome por la demora en mis obligaciones con la cita colegial.  Raudo, retomé de nuevo como alma que lleva el diablo el camino al Parque. Aquellos  “ya se lo diré a tu madre” era lo que un crío más temor tenía. Doy fe de ello. Doy fe.

Doña Mercedes ya había entonado el Padre Nuestro con aquella tonadilla musical con la que se aprende la tabla de multiplicar.  Por lo pronto, un servidor, ya se había perdido la formación tipo militar, el alinearse, el firmes y aquel canto infame que decía algo así como “De Isabel y Fernando el espíritu impera…”,  y no sé qué más, y que ya me contarás a santo de qué venía todo aquello de la formación y del canto.  La cuestión que aquel día me escapé. Por los pelos.

Así pues, tras tocar en la puerta y pedir permiso para entrar a en clase,  me apresuré en ocupar aquel pupitre carcomido, herido de marcas de iniciales y corazones a base de navaja y punta de compás. Manchado de la sangre azulona y ennegrecida de los antiguos tinteros de mis predecesores de aquel, mi trono escolar.   

Aquella querida maestra pasaba lista con la vista y con regla en mano a modo de batuta, estirando el cuello y mirando por encima de aquellas gafas qué tanto la caracterizaban. Ojeaba y daba cuenta de todos los chicos de la clase. Si, si, de los chicos,  pues las chicas estaban por desgracia y, por cosas de aquellos obtusos tiempos en otras clases adjuntas y,  a su vez  tan, tan lejanas.  Qué cosas. Qué maneras.

Por las ventanas abiertas entraba cierta mareta que apaciguaba la calina que iba en aumento a medida que avanzaba la mañana y los minutos daban buena cuenta a las clases…

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA
¡Al recreo!, ¡en orden…!  Ordenaba Doña Mercedes. Bueno, esto de en orden era algo que también se podía cuestionar. Una estampida de críos salíamos como posesos de las clases juntándonos con chicos de otros cursos. Un recinto cerrado. Un patio de prisión en toda regla. Un trozo de tierra con cuatro árboles, donde reinaba aquella hermosa palmera de la que masticábamos sus verdes dátiles que buenos retortijones de tripas luego nos daban, pero que bien aprovechábamos para escupir el hueso con saña, fuerza y maña para darnos, pero a dar de dar.

En aquel patio, yo daba buena cuenta de la “pepa” todavía crujiente de la panadería y me sentaba a la sombra de uno de aquellos árboles. Frente a mí, un inmenso muro. Pero inmenso. Y más para aquella, mi talla.  A veces, tan solo necesitamos un lugar donde no exista la palabra ojalá.  Pues aquel lugar tenía un saco de ellas, pero en ese momento solo pensaba en una.  Ojalá no existiera ese muro.  Esa maldita pared.  Despreciable, pintada con cal y mal hecha.   Un injusto y desleal tabique de al menos tres o cuatro metros me separaba de gritos, juegos, cantos y por qué no, de esas inocentes miradas de niño chico a ese sonrosado y hermoso rostro de guapa chica con flequillo y coletas.

Siempre odié aquel muro que me separaba del patio de las chicas.  Siempre odié aquellas formas. Podía entender que nos separaran en clase.  Quizá, podía.  Tal vez.  No sé…   Pero en el patio del recreo…  No había forma de verlas.  Aquello era inhumano. Cruel. Apenas, unas grietas en aquella miserable pared, te dejaban meter tú diminuta mano y pasarles en una bola de papel.  Ese tipo de declaraciones de amor que se tiene cuando uno ya se enamora en tercero o cuarto.  Quinto tal vez.  Cuando ellas te decían en plegada y pulcra hoja cuadriculada con letra temblorosa el nombre de la chica a la que gustabas, adornado de frágiles corazones garabateados con lápices de colores.  Acompañado en ocasiones por el pétalo de una flor…  Aquellas chicas.  Aquellas damas…

Al grito de “¡venga para adentro!”, volvíamos a clase para continuar la mañana. El calor se hacía a cada momento más y más sofocante. Por las ventanas abiertas las trazas de viento nos traían noticias que la Tia Vicenta “La Diabla”,  y su marido, el Tío Batiste, estaban afanados con las morcillas de pan. ¡Hummm…! Acabábamos de almorzar pero la boca se nos hacía agua por momentos.   Más de un día al salir de clase nos asomabamos a la puerta de la carnicería para ver aquellos manjares, atraídos por aquellos tentadores aromas tan familiares.  Tal vez, el Tío Batiste habría salido ya a cobrar la luz por las casas.  Y La Diabla,  -que para mi tenía poco de ello, pues era una de mis Damas-,  debería leer en nuestros ojos y caritas de chicos buenos, la palabra deseo, pues de vez en cuando salía de detrás de aquel mostrador arremangándose los manguitos de los brazos, y en el propio delantal nos traía unas cortadas de aquellas morcillas de pan… ¡Bocatto di cardinale…! Lo comíamos con recelo.  Como si nunca lo hubiéramos comido. Y ella, volvía a su trabajo pasando entre medio de su clientela entre risas y con aquella palabrería tan viva y dicharachera que tanto la caracterizaba…  “Hala, andarse ya con vuestras madres…”

El campanario pausadamente anunció con sus consecutivos doce clanes el medio día. Una radio, que supuse seria de la clase de Don Joaquin que daba segundo, anunciaba el Ángelus, y el eco de toda la clase de pequeños repitiéndolo al unísono llegaba hasta los de tercero y cuarto. Doña Mercedes comenzó a repartir las notas con una sonriente cara. Qué difícil era que aquella mujer pudiera suspender a alguien.  Mi cara también dibujó una pícara sonrisa de oreja a oreja al ver aquellas notas.  Me sentí feliz. No obstante, una retahíla de deberes para todo el verano se descolgaba de la pizarra y de mala gana tomábamos nota de ellos.

Antes de la hora de salida nos despidió un tanto deprisa y corriendo.  ¡Venga, que paséis buen verano…, portaros bien…!  Creo que siempre lo hacían adrede con el fin de que no coincidiéramos con la salida de las chicas, pues siempre y durante todo el curso ya sé las apañaban para qué, o bien nosotros o bien ellas, saliéramos antes o después.   Qué cosas, pensaba yo.  Pero siempre las esperábamos en la salida para mirarlas entre sonrisas, de reojo y con las mejillas sonrojadas.

En la aquella arenosa explanada del Parque ya nos esperaba como cada día aquel destartalado e improvisado carro donde la Tia Baselisa nos tentaba con sus tesoros.  El que mas o el que menos siempre llevamos unos céntimos o reales de peseta en el bolsillo que equivalía a una tira de regaliz de puro moro, o a un chicle de los de Bazoka, o bien para un trozo de coco.

Así pues, allí la teníamos día a día.  Pequeña y frágil. Con su cara labrada de arrugas y ojos hábiles ante manos de críos rapaces. Medías aún en verano y aquel, su desvencijado carro bajo un toldo que apenas sol tapaba.  De vez en cuando echaba un poco de agua de un cubo a los tramuzos y al coco para que no se secaran y espantar así las moscas. Que no eran pocas…

Rebusque por los bolsillos de aquellos pantalones cortos, herencia de mis primos y encontré un par de reales de peseta. Bien sirvieron para un par de tiras de regaliz que compartí con una niña, de las pocas que me atrevía hablar  y  que ese mismo día partía junto a su madre a pasar las vacaciones de verano en el pueblo de sus abuelos de Geldo. Sentí cierta envidia.  Y un poco de pena…

Con la regaliz en la boca y las notas a buen recaudo en la cartera colgada en la espalda me fui para casa. El calor era ya insufrible. Me eché un buen trago de agua en la fuente y me mojé el pelo.  Tome el camino de la Glorieta y al llegar a la Carrera, la Tia María la Panera, con su atuendo negro riguroso y su palangana llena de ropa apoyada en un costado, al verme, comenzó con aquel mismo sermón de siempre del que salí despavorido. “¡Que soy muy limpia, y muy honrá…!   

Aquella mujer siempre me causaba una mezcla extrañísima entre lástima y miedo. Entre cariño y temor.  Y yo pensaba mientras apretaba más en mi carrera, “todos los días lo mismo…”  Claro que era limpia, no salía del lavadero.  Y lo de honrá, pues no tenía muy claro por aquel entonces a que se quería referir, pero seguro que era algo bueno.  No me cabía duda alguna.  Aquella mujer, también era una de mis queridas damas…

Al comienzo de la rocha que me llevaba casa una fuerte tonadilla hizo que apretara a correr con energía… “¡Ale chicas que ya estoy aquí!, ¡que lo llevo todo fresco!”  Era la Tia Maruja la pescatera.  Allí estaba, con su pelo recogido por un vistoso pañuelo, el delantal, tijera y cuchillo colgados con una veta de la cintura, sus manguitos en los brazos donde el asa de los pozales llenos de pescado se le clavaban inclementes en sus carnes. Alrededor de ella, una docena de gatos trababan sus pies y maullaban con el rabo levantado reclamándole tripas de sardineta, mientras ella de vez en cuando les daba un puntapié…  Las mujeres salían por balcones y ventanas… “¡Maruja! ¿qué llevas…?”. Le preguntaban… “¡Todo bueno y fresco galana…!”, contestaba ella con fuerza y alegría.

Me encantaba acercarme a aquel rolde de mujeres que en un santiamén allí, en aquellas cuatro esquinas, se formaba.  En el centro, dominante la Tía Maruja, sudorosa, cansada, alegre, vivaracha, como buena pescatera…  Con aquel aroma a pescao paseao, con aquella gracia, con aquel oficio. A su alrededor todas las vecinas removiendo el pescado de sus cubos. Los gatos impertinentes. Las moscas, aún más… Yo expectante.

Ahora, desde el mullido sillón del recuerdo veo con cierta nostalgia a aquellas mujeres de mi niñez, a aquellas mis queridas damas.  Percibo la colonia de la Tia Carmeta, imagino el vaivén de la escoba mecida por la Tia Consuelo, añoro el aroma del horno de la Tia Carmen, releo de memoria los tebeos de la Tia Pepa, todavía siento la punzada de los pellizcos de la hermana de Ramón el ciego, se me dibuja la misma sonrisa picara de mi maestra Doña Mercedes al entregarme las notas, el corazón me palpita acelerado cuando pienso en los mensajes de amor que aquel maldito muro atravesó en busca de aquellas niñas que se enamoran en tercero, y en cuarto… La boca se me hace agua y siento masticar de nuevo aquellos trozos de morcillas de pan de la Tia Vicenta La Diabla, mi ángel, mi dama.   El sabor amargo de la regaliz mora de a real de peseta de la Baselisa bajo el toldo de su destartalado carromato.   Me estremezco con el lejano eco del monótono monólogo de la pobre María la Panera y sus cosas… Y los ojos se me humedecen e inundan en lágrimas, por aquella imagen grabada a fuego de las infames asas de los cubos llenos de pescado clavados en los antebrazos de la Tia Maruja la pescatera…  Calle arriba y calle abajo. Barrio tras barrio, con su tonadilla, con su curruca de gatos tras de sí, con su valía, con sus aires… Como ha cambiado todo.  Aquellas, mis mujeres de niño… Aquellas, mis Damas…  Ya  nada será igual. Por suerte.

“Ni más perlas ensangrentadas. Ni más flores pisoteadas”

Dedicado a “Aquellas mis queridas Damas”. Dedicado a la mujer.

Feliz día de la mujer.

 Toni Berbís Fenollosa