“MANOLO RODRIGUEZ” “Arte en sus manos”

“Ese escultor de por aquí”

Hay personas que simplemente por “ser” y “estar”, te alegran el día, e incluso, muchas veces la vida.

Hay personas repletas de honestidad, humildad, generosidad, empatía y, en ocasiones, repletas de arte.

Hay personas que son infinitas. Por su legado. Por su huella.

Hay personas como Manolo Rodríguez. Ese escultor de por aquí.

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO
Permítanme que le cuente como conocí a Manolo. A Manolo Rodríguez. O mejor dicho, como lo conocí a través de us obra.  Pues a él, personalmente aún tardé algunos años en poder estrecharle la mano.  Fue un apretón de esos que te lo dicen todo.  Fue esa agradable sensación del calor que desprende la piel de un artista.  Pero como les digo, primero conocí su obra y cómo la primera impresión es la que cuenta, a partir de aquel preciso y precioso momento ya lo consideré, entre otras cosas, -aparte de artista-, un amigo, un vecino, uno de casa, uno de por aquí. Y de aquí cerca, concretamente de Navajas.

Me cuentan que su padre se llamaba Manuel, y su madre Teresa y que ambos, él en el oficio de jardinero y ella en el de cocinera, ejercían juntos en un chalet de la localidad.  Un chalet donde todo comenzó. Nada como un buen jardín para empastrarse con el barro. Sus primeros pegotes. Sus primeras figuras. Un lugar idóneo donde dejar volar la imaginación con sus dibujos.

Dice que fue allí donde cierto día se encontró de pronto frente a un bolo de barro y moldeó el busto de una chica imaginativa que lo tuvo en vela hasta las cinco de la madrugada. Yo creo que al acabar aquel busto fue cómo nació el artista.

Como digo pues, conocí antes al artista que a la persona. 

Corría el año 1981. Se rumoreaba que se iba colocar una estatua en la Plaza del Obispo Ahedo dedicado a la Entrada de Toros y Caballos.  Una escultura nueva en la ciudad, con la alegoría centrada en la Entrada.

Así pues, llegó el ansiado día de la inauguración del monumento.  El gentío era impresionante. No cabía una aguja en aquella plaza.  Con una carcasa de por medio y con las autoridades, reina de las fiestas, damas y banda de música incluida, y doy por hecho que el autor de la obra se encontraba por allí, se ordenó el alzamiento de la lona que cubría la lona y dejó a la vista todo el grandioso monumento con los chorros de varios focos de luz y que parecieron de pronto dar vida a la figura del jinete en esa actitud de domino de un caballo con la cabeza alzada, en tensión, con ese arranque de galope, flanqueado por dos preciosos toros que miran a izquierda y derecha esperando que caballo y jinete los guíe en ese cometido, en esa acción, en ese hecho en esa mágica Entrada de Toros y Caballos de Segorbe.

El clamor de admiración duro varios segundos, tras este clamor, dos eternos segundos de un silencio sepulcral inundaron la plaza. Dos eternos segundos que fueron el preludio de un atronador y caluroso aplauso y de gritos de admiración y júbilo que se alargaron durante varios minutos.

Han pasado cuarenta años de almanaque y yo, oigan, estuve presente en aquella inauguración. Todo un orgullo. Todo un placer.

Y así fue como conocí a Manolo Rodriguez. A ese escultor de por aquí.  A escultor de Navajas. A ese navajero. A través de su obra. A través de un monumento que es actualmente la llave de presentación de nuestra ciudad.

Hablar de Manolo Rodríguez entraña de sabiduría y dotes de hábil y justa pluma. Cuestión esta última en la que voy dando bandazos.  Pero para hablar y escribir sobre Manolo Rodriguez y centrarse en su currículum, en su biografía, en su trabajo, en su obra, requiere de horas y no estoy aquí y ahora para enaltecer sus méritos, los premios y galardones que a pulso de muñeca, cincel, corazón y alma arrastra consigo.  Mi cometido aquí es para hablarles de él como ese artista qué, en algún momento, al plantar alguna de sus obras, ha hecho que me estremeciera.

Estoy aquí para transmitir la pasión que desprende en cada una de sus obras.  En esa poesía permanente que ora su escultura desde que la masa de barro se doblega y humilla mediante hábiles dedos y, con la precisión de un cirujano le práctica a base de cincel, una cesárea donde nacerá esa criatura, esa imagen sin fecha de caducidad.  Ese rostro que nos presenta bien sea al azar e imaginario, cómo pudiera ser María de Luna, el jinete en su montura o el labrador sobre el calicanto.  O bien, clonar fielmente el rostro de Manolo Montoliú, querido torero comarcal que te recibe en su pose natural de torero de plata en la misma puerta de la plaza de toros de Valencia, o tal vez, del torero valenciano Enrique Ponce en su ciudad natal de Chiva.

No obstante, para aquellos más prácticos, para los que se quieran deleitar con lo que de las manos de este artista ha llegado a salir, no tiene más que darse una vuelta por Segorbe que es, sin duda alguna, donde su obra más se deja ver. Donde, por suerte, tenemos el placer de disfrutar.  Esa magistral escultura del Obispo Luís Amigó en las mismas puerta de la catedral. El hermoso busto de nuestra querida reina María de Luna en la Plaza de las Monjas.  La reconocidísima escultura al Labrador situada en la rotonda que nos guía hacía la fuente de los Cincuenta Caños.

También disfrutamos, como no, de la Ninfa en una de las rotondas de la Avenida España. Una obra encantadora y entrañable de extrema belleza que iguala en condiciones a esa famosa escultura dedicada a “El Salto de la Novia”.   Llave de identidad ubicada en ese, su pueblo natal de Navajas.

Hay una obra que le tengo un especial cariño. Es la del inconfundible rostro de Max Aub, ubicada en su propia fundación segorbina. Por dos motivos. El primero por aquello que es de otro artista, de hecho, a Manolo, cómo de todos es sabido, se reconoce por ser “el escultor de artistas”. Y segundo, porque al igual que dijo Max Aub, aquello de que “lo escrito permanece”, a la obra de Manolo Rodríguez se le puede aplicar esta misma afirmación: “Lo esculpido permanece”.  Inalterable. Imperecedero. Eterno.

Para enumerar todos y cada uno de estos trabajos, obras, premios, condecoraciones de este escultor, mejor se meten en las redes y con que me pongan Manolo Rodriguez, se encontrarán con todo un cuantioso y amplio legado de trabajos y méritos.  A aquellos más prácticos, sensibles y enamorados de la literatura, disfruten del libro que hoy aquí se presenta: “Manolo Rodríguez  – Arte en sus manos”, donde les puedo asegurar que tendrán para un largo rato de lectura que a buen seguro gratamente les sorprenderá y agradará.

Acaricien y deléitense con cada una de sus páginas. Mantengan el pulso firme en cada hoja mientras la saborean. Y, mientras disfrutan de ellas, pónganse un momento en su lugar.  Empaticen.  Pónganse su bata de trabajo. Cojan y jugueteen con un cincel. Se metan un par de trapos en la cintura.  Se me arremanguen las mangas y olvídense si llevan barro entre las uñas y, quizá, lleguen a sentir la pasión de un maestro del barro. Un maestro llamado Manolo Rodriguez. Ese, nuestro escultor de por aquí.

Toni Berbís Fenollosa -Foto:José Plasencia