No tuve el gusto de conocer a Elena Aub Barjau. No he tenido nunca la oportunidad de poder comentar con ella algún episodio de la vida de su padre, en cuya obra, necesaria y de una vigencia sorprendente, ando sumergido desde que me instalé en la comarca. Por lo que me ha ido llegado estos días en las no pocas necrológicas que le han dedicado diarios de todo pelaje tras su fallecimiento, la vida de Elena parece tan apasionante como la del autor que siempre se consideró valenciano por haber sido bachiller en Valencia.

Elena, la mediana de las tres hijas de Max Aub había nacido en la ribera del Turia en 1931, donde se asentó la familia, pero la victoria franquista en la guerra civil y las firmes convicciones políticas de su padre, que ya había llegado a España obligado por la Primera Guerra Mundial, empujaron al escritor a tomar el camino del exilio “para no callar lo que vi”, que más tarde seguirían su mujer e hijas. De esta manera se reproducía en Elena y sus hermanas, la diáspora de Max, que por la ciudadanía alemana de su padre tuvo que escapar de Francia en 1914. Como tantos artistas e intelectuales “manchados” en la defensa de la República, los Aub-Barjau tuvieron que buscarse la vida en México para poder asegurarse la dignidad y el futuro porque no encajaban en la España que se había impuesto por las armas y que tan lejos quedaba de las convicciones del escritor. Fue en el exilio (Francia, Argelia, México) donde el autor de uno de los testimonios más lúcidos sobre la guerra civil española, las novelas de la serie “El laberinto mágico”, escribió la parte más sustanciosa de su obra.

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO

 

Instalado finalmente en México D.F., Aub coincidió y estrechó lazos con otros ilustres exiliados, entre ellos Buñuel, León Felipe, Cernuda o el artista Josep Renau, al que ya había conocido en Valencia. Fruto de aquellas amistades forjadas en las remotas tertulias del destierro, lejos del Mediterráneo y del Palancia brotó el último proyecto de Aub: “Luis Buñuel, Novela” (Cuadernos del Vigía, 2013) biografía que juntaba a dos genios del XX español, dos repudiados del franquismo, que finalmente vio la luz como había concebido el escritor por la implicación de Elena Aub en la difusión de la obra de su padre.

Dejando a un lado su filiación, pero sin salirse de esa labor de recuperación y reivindicación de la figura del exiliado, Elena Aub Barjau, junto a su marido, el también español (también escritor y exiliado) Federico Álvarez Arregui, formó parte del Movimiento Español 59 y trabajó en la elaboración del gran archivo de la palabra en el exilio que es la Historia Oral de los Refugiados en México, en el seno del Instituto Nacional de Antropología e Historia del país.

Su labor como embajadora de la obra de Max Aub, la trajo hasta Segorbe para confiar el valiosísimo legado del escritor al municipio en una afortunada iniciativa que impulsara el alcalde González Sanchis y que cristalizaría años después en la creación de la Fundación Max Aub, que ella misma presidió hasta el año 2012, cuando su hija Teresa Álvarez Aub le tomó el relevo. Actualmente la fundación, que continúa auspiciada entre otros por el ayuntamiento segorbino, sigue gozando de buena salud, y es una de las pocas difusoras de cultura con las que cuenta la comarca. Sin ir más lejos, a día de hoy sigue pendiente el fallo de su prestigioso concurso anual de relatos, por los motivos de siempre desde hace dos meses.

No vi nunca en persona a Elena Aub, pero en las fotografías que el buscador nos regala es fácil concluir que fue hermosa y que tenía una mirada inteligente (Renau se valió de su rostro para alguna de sus composiciones). Indudablemente poseía esa clase que no tiene nada que ver con la cartera. La que, supongo, le ayudó a soportar panegíricos a toro pasado dedicados a su padre desde uno y otro bando (en la gala de fundación de la Fundación le tocó escuchar el de Aznar, entonces presidente del gobierno) en las ocasiones en las que el poder ha tratado de apropiarse de su exótico apellido. En mi juventud pensaba que “Max Aub” era un seudónimo, otros pensaron que “Aub” era un error tipográfico. Encabezo este texto solo con esas tres letras. Sin duda ella, Elena, es la culpable de que hoy muy pocos crean que esa palabra es una errata.

Héctor Hugo Navarro – Fotomontaje: José Renau