Foto y texto: Toni Berbís Fenollosa

En mi segunda visita a Pompeya me di cuenta y me recree más de la cuenta en uno de los muchos bares qué, los arqueólogos, fueron sacando a la luz en las excavaciones que durante décadas se están realizando y se van a realizar en aquella ciudad enterrada por los vómitos de Vesubio.

La distribución de las barras o mostradores, los adornos y frescos en las paredes, los habitáculos y expositores de los diferentes comestibles, jarras y ánforas que portaban sus mejores vinos y licores, hacen que te transportes a aquella época de ahora hace casi dos mil años y darte cuenta de lo poco que han variado este tipo de establecimiento hasta el día de hoy.  Bares. Que lugares…

Hizo falta una hecatombe como lo fue la erupción del volcán para que en horas, una ciudad como Pompeya, con sus más de quince mil habitantes, desaparecieran todos  ellos junto a estos bares y casas de comida llevándose a si mismo al resto de la ciudad cubriéndola  y haciéndola desaparecer prácticamente hasta nuestros días.

Dejando atrás Pompeya y ahora, y a día de hoy, y tras meses de lucha y atrapados bajo una pandemia que está diezmando a la población mundial, y donde se han ido tomando todo tipo de medidas de seguridad, con confinamientos, llevando todo el mundo mascarillas, geles, lavado de manos, distanciamiento, pruebas y más pruebas, la deseada y ansiada vacuna para frenar esta lacra, llegan días donde los positivos de contagio del virus, siguen y siguen aumentando.  Seres queridos que se marchan solos y en silencio.  Dolor y pesadumbre.  Incertidumbre y miedo.

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO
Ante esta situación los gobiernos toman medidas drásticas.  Estados de alarma.  Y por supuesto cierre de bares y restaurantes.

No voy a cuestionar este tipo de medidas que se toman y se puedan llegar a tomar porque la salud de muchísimas personas está en juego, pero si voy a romper una lanza en defensa de este tipo de locales donde he visto de primera mano como el camarero de turno, antes de que me sentase en la mesa indicada para tomarme un café, limpiaba con un esmero extremo la superficie de la mesa en cuestión, la silla donde iba a dejar caer mis posaderas e incluso las otras tres sillas que, por supuesto nadie iba a ocupar en esa ocasión.

La mesa en cuestión estaba en la terraza. Al aire libre. Como la mayoría de bares en la actualidad.  La mesa ocupada más próxima a la mía estaba a más de dos metros.   En ella, una pareja de conocidos le daban con saña a un copioso almuerzo.   La mascarilla les colgaba a cada uno de la oreja y que, tras devorar el bocadillo y en espera del café, se la pusieron mientras conversaban.  Como debe de ser.  El camarero en cuestión, me calzó en la mesa en la que me senté, -siguiendo sus indicaciones-, un par de manteles blancos de esos de papel y me trajo el café.    Me fije que portaba mascarilla, guantes de látex y delantal, detalle este último que ya iba echando yo de menos en estos profesionales durante los últimos tiempos, mas que nada por el caché y la categoría que les dan.

La cuestión es qué, al terminar el café y pagar,  me di en las manos un chorro de gel de los varios dispensadores que allí habían ubicados.  El camarero se despidió de mi y, presto y ataviado con bayetas, trapos, botellas con productos de desinfección, fue a la mesa que había ocupado y le arreó de nuevo un pasón de miedo a la silla donde había estado degustando el café, así como a las otras tres sillas donde nadie había dejado caer el culo.    Arrugó los dos manteles de papel que metió en una bolsa de basura y pulverizó la mesa dandole a la bayeta con ganas y empeño.    En ese mismo momento pensé y sentí que no había estado más libre de posible contagio que en cualquier otro lugar.  Bares, que lugares…    Ni tan siquiera en los asientos de los bancos de la sala de espera del hospital, donde si bien están delimitados y separados, te sientas donde el primero que levanta el culo sin que nadie le pase ni un trapico húmedo.  Y les estoy hablando de un hospital.

Así pues, con todo esto que está cayendo, con lo que puede que esté por caer, confío y espero que estas condiciones se vayan aplicando en la medida que corresponda a todos los sectores, sean o no sean esenciales.  Vitales o menos vitales.  Que el gran sacrificio de los dueños de bares y restaurantes sirva de ejemplo hacía otros sectores qué, aunque también se están viendo sacrificados y castigados por todas estás medidas, sirva todo este esfuerzo para paliar con este virus, con esta pandemia y con toda esta puta mierda que nos ha caído.  Por el bien propio, pero sobre todo, por el bien ajeno.

Mucha fuerza a todos. Volveremos a vernos en los bares.  Y si hiciera falta, invito yo…