Bío /grafía

Vivíamos en un piso soleado al principio de la calle san Gregorio. Era una vivienda alegre que se llenaba por las tardes de personajes estrafalarios, brillantes o, simplemente, sin un duro en los bolsillos con el que acabar el día. Miguel Ángel los recogía en la barra del Bar Gravina al primer amago de suicidio, después de que Alfonso, camarero y señor de horca y cuchillo del establecimiento, les negara una cerveza o cualquier otra cosa que meterse en el cuerpo. Por el sofá que teníamos en el salón desfilaron desertores, harekrishnas, filósofos, charlatanes, picapleitos, visionarios, alborotadores…

En la primavera, las estancias se perfumaban con la flor del naranjo y la vida estallaba, como estallan las tormentas.

Vestida del color de mis deseos

como mi pensamiento vas desnuda,

voy por tus ojos como por el agua,

los tigres beben sueño de esos ojos,

el colibrí se quema en esas llamas,

voy por tu frente como por la luna,

como la nube por tu pensamiento,

voy por tu vientre como por tus sueños.

Bío /grafíaLeía como un poseso textos de factura muy diversa, sin cuaderno de bitácora. Textos que me siguen alumbrando y de los que todavía escucho ecos en la sangre y en los mismos pulsos. Foucault. Wittgenstein. Espinosa. Sacristán. Freire. Marcuse. Blas de Otero.

Fue un tiempo esplendoroso, pletórico de azahar y amaneceres. En aquellos días de café amargo y cajetillas de Ducados, anhelé ser Arquímedes de Siracusa. Reconozco que fue un exceso verbal. Desafié al mundo. «Que alguien encuentre la palanca prodigiosa; yo me encargaré de mover el firmamento y sus constelaciones», dije. Pero, por fortuna, a mí también me fue negado el hallazgo. Como al sabio griego.

Demasiado párvulo para arrancar adoquines en las calles de París o correr delante de los malditos hombres de gris en la glorieta de Atocha. Demasiado cobarde para transitar caminos infrecuentes. Demasiados pecados sobre mi conciencia. Demasiados. Y, sin embargo, ¡tan pocos realmente cometidos!

La vergüenza me hizo desistir del empeño de cambiar el mundo. Pero el orgullo me impidió hacerlo público. Así que decidí atrincherarme detrás de las palabras. Cartografié un territorio inexpugnable. Fueron años de heterodoxia verbal y de beatería en los actos. Visité las páginas del escándalo, pero nunca escandalicé a nadie. Bajé a los infiernos como bajan los turistas, sin vender el alma al diablo. A los palacios subí, pero respeté la propiedad privada de las alcobas. Palabras. Solo palabras. Un mediocre hacedor de palabras.

Mientras tanto, el siniestro general se nos murió entubado en su cama y nos dejó sin discurso. En el principio nos había robado la hacienda, la casa, el caballo y la pistola…Ahora se llevaba también la voz antigua de la tierra. No se cumplió ningún augurio esplendoroso. Nos quedamos varados en la playa, sin saber qué hacer con nuestros textos sagrados. Hubo lágrimas y melancolía. Pero los vencidos no encontraron su dignidad.

Escuché una canción estremecedora que me salvó de las iguanas que muerden los corazones de los hombres que no sueñan…

…Tenim a penes

el que tenim i prou: l’espai d’història

concreta que ens pertoca, i un minúscul

territori per viure-la.

Algunos, ni eso. Ni Dios, ni Amo. Ni Patria siquiera.

Bío /grafía

José Manuel López Blay