Si lo hubiera aprendido en mi infancia, lo habría agradecido: todo muta, todo cambia, nada permanece estático e inalterable aunque en ocasiones así nos lo parezca a nuestros imperfectos sentidos. Ese cambio tan continuo como perpetuo, creo yo, es la higiene que tiene el universo para despertarse cada mañana sin el cáncer de la mediocridad…

Nuestras magníficas masías, antaño centros intensivos de producción agraria comarcal cimentadas en el infinito sudor, han devenido en exquisitas casas rurales donde cualquiera se cobija para expulsar neuras estresantes y para asimilar como puede ser un paraíso aquí sin esperar a ese más allá que no vemos ni comprendemos.

Bolumar hacía Taiwan

Taiwaneses interesados en la obra de Bolumar. Foto:M.V.Martínez

Cuando eramos niños, me sentía como un diminuto ente individual y cuando deseaba impacientemente entender las normas sociales los adultos sólo me ofrecían dos alternativas: en cada sitio tenia que decir una cosa diferente o la inmarchitable -no me gusta la palabra inmarcesible- frase que te recordaba: los niños oyen, miran y callan.

Ahora ya sé que todo evoluciona, es cierto y debemos agradecer a los psicólogos, que esos diminutos entes individuales actuales, naveguen en la espontaneidad del ordeno y mando, del primero yo y luego para mí, hasta el día que se les desgasta la mochila llena de ego con la que todos nacemos… Bueno, no me alargo con lo que indican los psicólogos sobre los adolescentes…

El caso es que todo cambía. Y si en la edad media debíamos ir al extremo oriente a buscar las especias más exóticas y codiciadas para disfrutar del clavo, la canela o el incienso, ahora han llegado a nuestra provincia una especie de magnates taiwaneses que se están llevando en caravanas aéreas las telas coloristas de uno de nuestros pintores más consolidados: Bolumar.

Algunas de las obras compradas. Foto:M.V.Martínez.

Algunas de las obras compradas. Foto:M.V.Martínez.

Enamorados de la cromática linea compositiva, de sus formas femeninas reinventadas y de esa atracción indefinible que te permite comprender si estás ante algo único y codiciado, esos orientales bajitos y delgados, de ojos y dólares achinados llegaron hace ya más de un año y como marco polos pero con una ruta a la inversa, se llevaron un camello volador con un importante lote de cuadros del autor carricano y en este otoño mediterráneo han retornado para conseguir otra veintena de sus telas con el admirable objetivo de incorporarlas a sus colecciones particulares, despachos, salones o templos de los negocios llamados oficinas.

En realidad fue el el doctor Chris Chang, taiwanés que llegó a Castellón hace dos años para asistir a un congreso internacional de odontólogos, quién al descubrir a nuestro pintor, en un momento inicial le pidió que elaborase la portada de un libro que iba a editar y posteriormente ha ido comprando para su país las telas más arriba citadas.

No será extraño que la próxima vez que me monte un viaje de los de Taiwan- Bombay, eso sí, ya desde ese novísimo aeropuerto provincial, vea en el hall del seis estrellas esas figuras inconfundibles que ha creado nuestro pintor y me reafirme en que las naranjas ya no son de la China.

Bolumar hacía Taiwan

Manuel Vte. Martínez.