©  Canónigos animalistas .-

En la imagen publicada recientemente en esta misma página, con el ciprés y los naranjos que crecían en el patio del claustro catedral, faltaban unos singulares protagonistas que durante muchos años defendían el conjunto eclesiástico contra la presencia de otros ejemplares no deseados, formando parte de la imagen tradicional representada por el entorno de las arcadas ojivales. Se trata de los gatos.

Muchos recordarán que había gran cantidad de gatos en el también llamado huerto del claustro. Tenían el privilegio de pasear, dormir, juguetear, subir a los árboles… en definitiva vivir como auténticos reyes en un entorno casi divino, con la única limitación de no interferir en la no menos apacible vida de los pequeños peces de colores que disfrutaban lo propio en las tranquilas y transparentes aguas de la amplia fuente central.

Y todo ante la permisibilidad y complacencia de los responsables del templo, los canónigos, que veían en los felinos a los auténticos defensores de los intereses catedralicios contra las temidas ratas.

Si. Los capitulares no sólo permitían la presencia de los gatos: les daban de comer, se ocupaban de su mantenimiento y hasta les daban cobijo, destinando un lugar para ellos en el interior de la propia sacristía. Hasta tal punto era importante la presencia de los gatos que en el siglo XVIII había una persona encargada de su sustento y cuidado. No era una cuestión baladí. En un momento de la historia, esa persona, cuyo cargo orgánico no se menciona si es que tuvo alguno, fue sustituido por el sacristán mayor y el precio que cobraban por dicho cometido, tanto el primero como el segundo, ascendía a 6 libras.

La importancia de dicha cantidad se revela cuando el sacristán menor cobraba lo mismo por su salario y sus funciones por cebar y cuidar de las tres lámparas del altar mayor, las cinco lámparas de los altares de Santo Tomás, la Virgen del Rosario, la Virgen del Carmen y las Capillas de la Comunión y de los Desamparados, recoger los regalos de cera y limpiar cada semana las gradas del presbiterio.

Es cierto que había otros recursos, porque donde los gatos no llegaban o no podían entrar, se colocaban cepos para los roedores, pero no se podrá negar que en cuanto a los gatos, los canónigos eran animalistas, tanto como los actuales.

Canónigos animalistas

Rafael Martín