[useful_banner_manager banners=30 count=1]Cuando en nuestra comarca se introduce el otoño, no resulta tan hiriente porque seguimos disfrutando de esas fiestas patronales que te alargan un verano ya caduco. Pero el otoño a veces hiere. La melancolía de la estación -esa pátina amarillenta que te hace resurgir recuerdos pasados- a mi me ha llevado a una tienda pequeña en la calle Valencia donde junto al coloso financiero de la ciudad, el omnipresente Banco Español de Crédito, surgió una especie de Bazar local. Allí se podían regatear los precios de figurillas de cerámica, juguetes, pero sobre todo bolsos, cestas…

Cuando la Cooperativa Agrícola no había aprendido todavía a mercadear enseres del campo, las canastas, paneras y cestas de mimbre o caña tan necesarias en la recolección, se podían adquirir en esta tienda. Me resultaba curioso comprobar como las parejas de novios de Castellnovo acudían allí cada año para que la deseada novia eligiese su capazo o cesto -creo recordar que era en época cercana a la pascua- y el rural pero galante chico contento pagaba el regalo, lo que me hacía reflexionar sobre que los noviazgos no resultaban baratos porque también veía que costeaban entradas de cine, baile, refrescos…

Cerró la tienda

Camino del Palancia. Foto: José Plasencia.

No dejaré de sorprenderme al recordar que un día, cuando ya estudiaba en Valencia y pasaba casi a diario por el edificio que se levantaba urgentemente en Pintor Sorolla para convertirse en el primer Corte Inglés de la capital, me asombré al ver como unos agentes de aquella empresa se acercaban a Segorbe y le proponían a Vicentina -la mujer que regentaba aquel diminuto bazar- el marcharse a la ciudad del Turia para dirigir una sección que todavía no había sido inaugurada. Rechazó con total naturalidad aquella codiciada oferta de trabajo, sonriendo, al tiempo que confirmaba su deseo de no salir de las orillas del Palancia donde se encontraba todo lo que para ella era importante, donde quería repartir su inacabable cariño con las personas de su entorno. Y así continuó los años siguientes vendiendo carteras, bolsos, cestos, bastones, mientras aconsejaba a una u otra clienta las ventajas sobre el producto que les hacía dudar, al tiempo que compartían animadas las nuevas noticias o chismes que la localidad había generado.

Con los zarpazos de otros otoños, aquel enorme banco vecino fue menguando su influencia económica y transformándose; surgió al lado un todo a cien y la cestería también cerró sus puertas aunque los mimbres que la crearon han seguido existiendo hasta este otoño. En estos días, las hojas caídas han tapado definitivamente los latidos de aquella diminuta tienda, pero nunca ocultarán mi cariño.

Cerró la tienda

Manuel Vte Martínez.