Resultaré bastante cursi admitiendo que hay noches deliciosas en las que mirando al cielo puedo ver la Luna y creo entender sus fases. Para asegurarme siempre acudo a recordar el ingenioso proceso argumental-deductivo que me enseñaron. Nos advertían que, para conocerla, debíamos saber que la luna era mentirosa. Si soy sincero -y quiero serlo, además de cursi- pido disculpas a las lectoras por mentarla, la frase que aprendíamos en verdad era: “Hay que saber que la luna es mentirosa, como las mujeres”. A continuación nos añadían que si veíamos al satélite con forma de C (creciente), como nos engañaba, en realidad estaba decreciendo. Y viceversa, cuando su forma era similar a la D (decreciente) iba camino de ser una espléndida luna llena.

Tengo que superar una vergüenza enmascarada para reconocer en público que este aprendizaje lo tuve, en aquellos denostados campamentos infantiles que la OJE, tan franquista ella, organizaba para niños y adolescentes en los veranos de los años sesenta, cuando te ganabas el título de proel acampador y aprendías a mirar tu entorno natural con otros ojos. Pero asumo aquellos uniformes y canciones tendenciosas y aquellos días fantásticos, disculpándome interior y exteriormente, con el descargo de que todos somos un producto de nuestro tiempo, de nuestras circunstancias, engaños y desengaños y sobre esos avatares hemos de cimentarnos y aspirar a ser nosotros mismos.

Con la luna por Segorbe

Acera sin urbanizar. Foto. José Plasencia.

Aún no sé bien porqué, o quizás sí, quizás por los engaños o por las circunstancias que debe encerrar, esta hilación expuesta sobre la Luna, me acudió hace unos días cuando en una de mis rutinas favoritas, con mi deportiva bolsa acudía a echar unos largos de piscina a nuestro complejo acuático y pasé por la acera de enfrente a la residencia de ancianos. Todo aquel/aquella que tiene de mi talla -muy normalita- hacia arriba, en ese punto mentado, necesita hacer una reverencia para circular porque allí, allí mismo, en medio de un entorno urbanizado desde hace tanto tiempo que mi memoria ya no le pone fecha, con sus calles bien acabadas y dedicadas a personajes casi insignes, hay una parcela que debe cotizar todavía con el IBI de rústica, y para confirmarlo ofrece todavía su ribazo de tierra agrícola, saltándose alegremente la línea de edificación con su rosal silvestre, tan lozano que las ramas caen sobre la acera; y sus hiérbajos múltiples remedan a una pantalla vegetal que te acerca al rústico agro segorbino… No deja de ser un curioso punto ciudadano.

Uno, que aún le queda el vicio consolidado de pensar, intenta resolver ese crucigrama urbano remitiéndose al juego de la lógica y analizando sus supuestas causas: ¿No estará cerrada y acabada la urbanización de esta zona? pero lo rechazas al ver alrededor calles y casas hasta el infinito; ¿existió un error de diseño que todavía no se ha sabido canalizar? pudo subsanarse después, me respondo; ¿quizás hayan cedido los propietarios ya tanto terreno cuando se urbanizó que les correspondía legalmente reservarse ese trozo más? Pero, intento justificarlo, esas circunstancias se suelen compensar económicamente por el conjunto de afectados o beneficiados; ¿será que han tenido demasiada influencia sus dueños sobre todos los ediles anteriores? no conozco a los dueños, pero sé que, en su momento, se abrió una calle por el huerto de importantes segorbinos…

¿Para qué me abro las puertas si al instante me las cierro…? Los que hayan tenido la paciencia de leerme hasta aquí, seguramente ya tendrán ganas de ver el lugar aludido y no dejarán de coincidir conmigo que así, a simple vista, es un dilema más complicado que ese que plantean de la Santísima Trinidad, para mí ya resuelto desde que una empresa puso a la venta la solución mágica del 3 en 1 y nos demostró que era posible cualquier trío si los componentes estaban bien avenidos.

Bueno, asumiendo un limitado intelecto, me conformaré con ver alguna que otra vez la luna engañosa de este verano caluroso y asumir como llegué a ser ¡qué vergüenza enmascarada! proel acampador… Por favor… ¡olvídenlo!

Con la luna por Segorbe

Manuel Vte Martínez.