© Cuaderno de rotación 4 .-

El vicario era una cura joven, rollizo y campechano. Jugaba al guiñote con los abuelos del pueblo en el bar de la Plaza Mayor. Se llamaba don Gabriel. Había llegado desde una aldea pequeña de las montañas y se le notaba contento con su suerte, porque aquí había muchachos con los que podía dar patadas a un balón de reglamento en el campo del camino de las moreras y una tartana que lo acercaba al apeadero para coger el tren que paraba en el Estación Central de Aragón. Y en septiembre el aire se llenaba con la música de las verbenas y el barullo de las vaquillas. Y, sobre todo, había cohetes borrachos en las Cuatro Esquinas que él lanzaba y esquivaba, protegido por una sotana vieja. Pero ahora era noviembre. Y llovía de forma inclemente. Aquella tarde se acercó a la escuela para tantear cuántos niños estábamos maduros para recibir el Pan de Ángeles.

-¿ Cómo son los ojos de la Virgen?

Hubo un silencio espeso. Miradas de desconcierto. Lluvia monótona tras los cristales, aunque entonces ninguno habíamos oído hablar de don Antonio Machado.

– Misericordiosos. Son sus ojos misericordiosos. Los ojos de la Virgen son misericordiosos.

Estas cosas se las sabía Jorge con apenas seis años. Así que no hubo duda. Jorge tomaría la comunión a finales de mayo, aunque fuera un poco tierno. Y, además, leería en público la ofrenda colectiva.

– Llegará a ser un buen obispo -dijo don Gabriel, muy serio, cuando fue a hablar con su madre.

“Gestas y Dimas fueron los dos delincuentes galileos que crucificaron en el Gólgota junto a Jesús, Rey de los Judíos. Los asesinos de Viriato fueron Ditalcos, Audax y Minuros. Las espadas del Cid se llamaban Tizón y Colada y el caballo de Alejandro Magno, Bucéfalo”. Esas cosas y otras se las sabía Jorge. Estaban todas escritas en un libro gordo que su abuela bajaba de la estantería cada tarde que iba a merendar a su casa una rebanada de pan con aceite y sal. Se las sabía y las soltaba de sopetón, pero sin vanidad

ESCUELA DE DANZA
Que en 2005 recordara cuál era el disco que caía sobre el plato de la máquina de discos del Parque Municipal cuando echabas una moneda y pulsabas X3 no era un despropósito. Aunque hubieran pasado 30 años. Por eso Víctor, cuando le oye decir que la X3 era Everybody’s Talkin’ de Harry Nilsson, se burla con la boca pequeña, porque no sabe si lo que busca es que se nos airee la cabeza del olor a la muerte o es que el muy cabrón lo recuerda de verdad. Eso nos lo ha dicho en el camino de vuelta del cementerio, a la hora del ángelus, mientras la campana de la muerte llora. Llueve. Acabamos de enterrar a Sebastián y llueve. Una lluvia finísima nos acompaña. Lluvia y lágrimas. Silencio. No ha habido palabras grandilocuentes cuando encajaban el ataúd en el nicho. Nunca fuimos gente de palabras arrogantes ni de frases lapidarias, de esas que se escriben o se piensan para ser dichas en estas ocasiones solemnes. Al llegar al parque, Paco ha roto el silencio. Paco siempre rompió los grávidos silencios que hubo en nuestras vidas.

-¿Nos tomamos una copa o nos despedimos ya hasta el próximo entierro?

De pronto, arrecia la lluvia Apuramos el paso. Corremos hacia el bar lo que nos permite el viejo cascarón. Y aun así llegamos mojados. Divertidos. Como si la lluvia se hubiera llevado por un momento la congoja por el amigo muerto. Nos acomodamos en una mesa desde la que vemos la piscina de aguas verdosas tras las inmensas cristaleras que se abren a la terraza donde colocaron la máquina de discos. La vieja máquina de discos.

Cuaderno de rotación 4

José Manuel López Blay