© Cuaderno de rotación .-

Los sobrecitos de Toddy los comprábamos en Ultramarinos Casa Mínguez. A nuestro caudillo por una gracia de Dios —que, dicho con todos mis respetos, yo nunca se la vi— se le había ocurrido ceder la soberanía de una parte de nuestro territorio a los americanos, a cambio de que ellos nos mataran un poco el hambre con unas latas de queso rancio y amarillo y la leche en polvo que la señora Josefina preparaba en una marmita gigante, a la manera de los druidas celtas, y que luego nos traía a la escuela de la Era Honda a la hora del recreo. Pero la leche hacía grumos y a algunos se nos atragantaba en el garguero y nos daba arcadas. Así que con Toddy o nada intentábamos paliar el mal trago.

ESCUELA DE DANZA

El maestro, que era el jefe local de la Falange, nos arengaba para que aceptáramos la ingesta de aquel líquido segregado por las glándulas mamarias de mamíferos norteamericanos sin melindres. «Porque nuestro Caudillo quiere que España rejuvenezca totalmente y ha hecho llegar a las autoridades de todos los rincones de nuestra patria su deseo de que los niños españoles tomen y estimen este alimento». Y claro, si al salvador de nuestra patria, se le había antojado que debíamos beber leche americana para ser más fuertes y ágiles y afrontar así con entusiasmo nuestras tareas escolares, quiénes éramos nosotros para enmendarle la plana. «Además, debéis saber que esta leche viene de ultramar…». Como los productos de Casa Mínguez, pensaba yo, alejándome por unos instantes del hilo del discurso. «Con este gesto, que no debéis malinterpretar como limosna, Norteamérica abre los brazos a todos los pueblos del mundo, prestando su ayuda desinteresadamente con el único y exclusivo fin de que nos acordemos de ellos cuando estudiemos el mapa y cuando no lo hagamos». Y claro que nos hemos acordado. Más de lo que ellos podían suponer. A veces, pienso si ese polvo blanquito que fortalecía nuestros cuerpos y blanqueaba nuestros estómagos — como insistía nuestro maestro—, no hizo también un poco de costra en nuestros cerebros y consiguió hacer de nuestra generación una generación descreída que, por no creer, no ha creído ni en sí misma. Una generación que se preguntó muchas veces dónde estaba Dios, mientras cantaba canciones solemnes con voz aguardentosa. Una generación que maldijo el napalm de los americanos que arrancó a tiras la mitad de la piel del cuerpo de Kim Phuc en la carretera de Trang Bang, una aldea situada al norte de Saigón. Una generación que lloró en septiembre de 1973 cuando un general con nombre de payaso, financiado con los mismos dólares con los que se habían comprado el queso rancio y la leche en polvo, sembró de sangre y de infamia las amplias alamedas de Santiago, que estuvieron cerradas muchos años sin dejar pasar a las mujeres y a los hombres libres.

¡ Claro que nos hemos acordado muchas veces de ellos! ¡ Y de su leche, de su mala leche!

Cuaderno de rotación

José Manuel López Blay