La sed es como una llamada del cuerpo a humedecer la lengua y sus peligrosas -a veces peligrasas- palabras. Si soy el inductor, no lo sé, pero durante muchos paseos vespertinos la sequedad, me lleva en ocasiones de manera automática, como un imán atrae los hierros, hasta nuestro delicioso entorno de Los 50 Caños.

Una rareza es un sombrero que nos ponemos las personas para convertir cualquier costumbre en un momento con chispa. Mi rareza consiste en pensar que acercándome a beber bajo el escudo de la provincia de Segovia voy a saborear agua transportada por su romano acueducto o si me atrevo con el chorro de Teruel encontraré el frescor de los Montes Universales… Son tontadas con las que inyecto un sabor especial al trago.

Una tarde de la penúltima semana, ya regresaba de callejear por la tranquilidad de Cárrica y esa nube inconsciente que me dirige, ese otro yo, decidió beber en los cincuenta, la misma agua que bebí con mis nietos, hacía unos días, por Barcelona provincia.

Estaba utilizando la palma de la mano para secarme los labios cuando sentí un trasiego a mi lado: una señora más joven que yo pero ya señora y rubia, estaba frotando el escudo de Cáceres con su desinfectante de manos y un trapo, consiguiendo un brillo de recién estrenado que ya quisiera alcanzar toda la magia del aladín de los metales…

Esas oportunidades no se me escapan y por ello, con la lengua bien humedecida, aun sin haberme compuesto con la mascarilla, le aventuré:

-¡No me lo puedo creer! ¡La ha mandado el presidente extremeño a que limpie sus escudos para que no los ataque el virus!

Una jovenzuela se habría marchado sin dejar de mirarme, retrocediendo, sin captar matices fónicos, tan solo temiendo que fuese un pirao de los peores, de los más piraos… Sin embargo la edad proporciona un poco de tranquilidad a las relaciones sociales, por eso, la simpática mujer -supongo cacereña- me aclaró con un acento algo oscurecido :

-¡Qué va! ¡Qué va! El de Badajoz que se lo soben ellos… -y continuó raspando por los huecos aun poco lucidores.

Quise seguir indagando, alejándome algo, y bien enmascarillado, insistí provocando:

-Ya ha conseguido que sea el más brillante de los cincuenta que hay. Tendrá que recoger el premio, cuando se conceda.

Sin dejar su tarea, me dio más datos orgullosos:

-Que sepa que es la segunda vez que lo limpio, porque yo vivo en Valencia y ya estuve comiendo aquí hace unos años.

No sé si me puse borde o es que me sentía rastreador de virus deseando rellenar el cuestionario, porque le propuse:

-Ah, pues si es valenciana, seguro que después dara luz al de Valencia… ¿verdad?

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO

Se giró para responderme, creo que daba por terminada su limpieza, juraría que bajo la tela sonrió, sé seguro que movió un brazo hacia el escudo citado, confirmando:

-Ese siempre lo tienen limpio ustedes…

Y se marchó. Me quedé sentado en los bancos de cemento, mojando la espalda con el rumor del río y viendo que aquellos escudos provinciales recibían en ocasiones visitantes a los que les despertaban emociones y se apiadaban de su herrumbre hasta traerlos al presente.

Trencé la idea de que el amor a la terreta es un sentimiento -como todos los amores- tan irracional como cruzar el espacio para abrazar al sol.  El de Cáceres sí, el de Badajoz para ellos... Es como una religión universal -te confirma en tu grupo rechazando al resto- y se matiza en ámbitos geográficos: localismos, comarcalismos, nacionalismos… Es un amor, que si su fiebre no toma niveles patológicos, si lo vas dosificando en pequeñas pizcas, te hace sentirte feliz pisando el suelo en que vives.

Y descubrí también que en Segorbe tenemos un curioso termómetro, no de mercurio, sin rayos láser, nuestra fuente sabe medir este cariño de una manera simpática y anecdótica, con brillos o cardenillos.

Por cierto, me atrevería a indicar que el de Castellón está cubierto por un olvido despreocupado… No, no, no creo que esté así desde que se llevaron medio obispado, porque los espíritus saciados con este agua sabemos perdonar.

A ver si la próxima vez traigo una bayeta…

Manuel Vicente Martínez – Foto:José Plasencia