“De las Toscas al cielo”

Con estos ardores que me suben por la pechera y las chorreras que me bajan por la frente de tanto sudor con este calor pegajoso y pringoso, brota un destello de cogerme el camino entrepiernas y arrearme al río, concretamente al pocico de Las Toscas y dejarme allí caer, porque ganas de tirarme tampoco tengo muchas.  Allí, en las refrescantes aguas del Palancia.  Entre sus juncos.  Entre madrijas y barbos.  Entre mosquitos y tábanos.  Pisando barro, tarquín y guijarros.  Buscando de paso, alguna pirita, si es que aún las hubiera, en aquella particular mina de piritas que tanto y tanto nos encantaba.   Ha llovido un tanto desde entonces.   Varias veces.  Quizá demasiadas para mi gusto. 

Por aquel lejano entonces que menciono, éramos unos cabroncetes de mucho cuidao.  Ese tipo de cabroncete que, inconsciente, infantil, impertinente y apretado por ciertas circunstancias, las cuales te obligaban a actuar con la naturalidad del que nunca ha roto un plato y del que todo está bien porque así era y así había sido siempre.  No había otra.  Cójanlo por donde quieran.

RODOLFO Y VENTURA
ESCUELA DE DANZA
JOYERIA ROYO

Eramos unos críos de bolsillos agujereados sin una perra encima y que  campábamos a nuestras anchas por el ancho y largo del pueblo.  Un pueblo que sus calles, plazas, fuentes y lavaderos se nos quedaban pequeños.   Lo del calificativo de cabroncetes me viene al pelo porque lo digo con esa nostalgia y cariño con el que pasas las páginas de la historia.  De tú historia.  Y en vista de lo visto, tras echar esa mirada atrás, el apelativo es más que justificado.  Y me encanta.  Y como el burro va delante para que no se espante, yo el primero, oigan.   Luego,  todo aquel que se quiera apuntar y que por cierto, éramos muchos, que se vayan cogiendo al carro.

Corríamos “la seca, la meca y la merendola”.  Algo así se decía.   Ya me entienden.   Desde la Balsa del Chopo, hasta la acequia de La Esperanza, bajando por el Salto de la Novia, el río, hasta el pocico del Morón.  A marchas forzadas hasta el pocico de Los Gitanos.  Al volver pasábamos por la fuente de La Teja, el pocico de las Toscas para acabar en los Cincuenta Caños.  Todo a pata.  Chano-chano.   Una especie de parque acuático más temático y original del que jamás pueda llegar a existir.   Un circuito de aguas de la época.  Único.  Emblemático.  Mágico. 

Con ese bañador apretado que te calzabas en junio al terminar las clases y te quitabas para volver a ellas, o quizá, la semana de toros.   Con esa camiseta de tirantes, tipo Imperio, con todos sus agujericos.  Con aquellas sandalias de goma blancas o de color carne.  Podías elegir.  Muy majas, sobre todo cuando corrías con los pies mojados y se te salían los dedos por los agujeros.  O bien cuando en los guijarros del río se te metían por las plantas de los pies y te acordabas de todo el santoral.  A todo esto, te metías hasta las cejas la infame gorra verde con visera de plástico con el eslogan de Caja Rural y ya estabas arreglado para todo el verano.  Ni para dormir te quitabas el bañador.  O la camiseta Imperio.

Así pues, te pasabas el día en remojo.  Si no te estabas tirando como un poseso en la Balsa del Chopo, lo hacías en el Morón, o levantando piedras sigilosamente en busca de cangrejos.  O bien, haciendo barcos de juncos que veías partir con la corriente.  O quizá, cogiendo barbos a mano en cualquier recodo del río. También, y aquí es donde se acentúa fuertemente lo de cabroncetes, con sigilo, premeditación y toda la poca vergüenza del mundo, les tirábamos piedras a las cuatro mujeres que en traje de baño eran fieles en sus baños de agua y sol en el pocico de Las Toscas y que, permítanme que omita sus nombres por aquello del respeto presente y de paso, de un fiel arrepentimiento fiel y sincero.  Cabroncetes retorcidos que a falta de otras faenas molestábamos a base de piedra a aquellas pobres señoras para hacernos dueños y señores del lugar.  Pedazo de pájaros.  Críos de los cojones.  Lastima vara.  Pero bueno… 

Todo esto de pronto cambió.  El recorrido acuático me refiero.  Un buen día, así de pronto y de sopetón la noticia de la inauguración de la Piscina Municipal de Segorbe corrió como la pólvora y, entre nosotros comenzó a hervirnos las neuronas con el impulso y frenesí de estrenar piscina y, por la parte que me toca, a un paso de casa.  Vamos, que la hicieron pensando en mí.  Un lujo.  Un placer.  De Las Toscas al cielo.

Como era lógico el día de la inauguración nos quedamos todos con las ganas de entrar.  Allí amorrados en la puerta mientras que, todo el consistorio y demás personalidades daban el visto bueno a las instalaciones y tiraban de un cordelico donde se destapaba una placa que perdurará en recuerdo del evento.  Segorbe ya tenía piscina municipal.

Al día siguiente y con un par de horas de antelación, allí estábamos formados en la puerta para hacer nuestras aquellas magnificas instalaciones.  Ya sin sandalias de goma. Y sin la camiseta Imperio.  Por supuesto sin la gorra de la Caja Rural y, como novedad, todos con toalla.  También surgió otra novedad, había que ir con perras en el bolsillo si querías mojarte.  De ahí la expresión:   “Mojate y paga”. En este caso viceversa.  Esta cuestión frenó un poco el remojo diario.  El como, el donde, el cuando y hasta la hora por donde podíamos colarnos, eso, eso lo dejo para otro momento.  La cuestión era que no había calderilla para cada día.   En la taquilla, sentada bajo una sombrilla, la buena de Manolita nos exigía el pago de la entrada casi siempre.  Casi siempre.  Y las horas dentro de aquella instalación de aguas transparentes, trampolín, con vestuarios, con un bar donde comprarte un flash o un Colajet, pasaban con demasiada celeridad para nosotros.   Pero lo importante era lo que en ese momento teníamos a nuestra merced y a merced y disfrute de todo segorbino y vecinos de otros pueblos de la comarca.  Aquello supuso un antes y un después.   Aquella piscina fue la tijera que corto el blanco y negro de toda una época y lo pintó todo de colores.   Como las teles, vamos. 

ESCUELA DE DANZA

Hoy, y con estos calores, hecho de menos aquella piscina, la antigua, la de antes, la de al lado de mi casa.   Unos rumores me susurran que se prepara la construcción de una nueva piscina, como la de antes.  No sé.  Ojalá.  Que así sea.

Mientras tanto siempre nos quedaran Las Toscas y el eco de aquellas buenas mujeres acordándose de nuestras madres mientras las salpicábamos con piedras.  Malditos cabroncetes.  Malditos.

Toni Berbís Fenollosa – Desde mi atalaya