DON QUIJOTE EN SEGORBE

Estas navidades programadas tan poco sociables, acudió un rato mi amigo pintor a casa para darnos mutua fe de que nos seguimos apreciando por encima de las pestes. Al subir las escaleras se paró a mirar el cuadro que aparece en la foto y recordamos su nacimiento. Si la historia tiene bolsillos, guárdalo en el mejor”  me sugirió. Creo que le contesté algo parecido a “Está tan bien escondido que pocas personas lo conocen. Y tiene su crónica”. Con unos bigotes distintos a los que luce siempre -porque la mascarilla jugaba a deformarlos- se atrevió a retarme, espero que con ironía: “Pues ya va siendo hora de que te espabiles porque desearía que lo dieras a conocer adornado de esas tonterías que tú cuentas…”

Y es que, como todas las cosas, retiene su pequeña historia empolvada…     Os sitúo:

Estábamos disfrutando del año 1977 cuando yo intentaba que mis alumnos/as de Riudoms  entendieran que estaban desarrollando su imprescindible época de formación ante la vida y debían aprovecharla al límite.

Aunque en aquel lugar repleto de avellanos viví con mi iniciada familia unos deliciosos años -y ya estaba creado otro círculo de amistades que ha perdurado el resto de nuestra vida- algo irracional, unos calambres inexplicables ejercían como brújula imantada e inquieta que siempre nos marcaba el retorno a Segorbe.

Luis Bolumar ya era pintor, llevaba algunos años dispuesto a descubrir al planeta que toda mujer daba color al mundo y los colores se entusiasmaban creando las formas femeninas que surgían en su mente y acababan, como acaban, explotando sobre las telas.

En una de sus visitas a la encantadora villa catalana -donde nació Gaudí y donde ya nos aficionamos a las calçotadas- comencé a proponérselo: Me harías feliz si consiguiéramos cambiar la historia, si consiguiésemos que Don Quijote llegase a Segorbe y desfaciera algún entuerto de los suyos…Piensa, nosotros somos dos quijotes -de pluma y pincel-queriendo convertir la vida en arte…

Entendía sus negativas en esa y otras ocasiones que se lo fui proponiendo. Él temía mi insistencia  y yo lo arañaba recitando de memoria sus evasivas: No entra en tu temática ya lo sé, no sentirás las mismas emociones vale, pero no sería igual si me acercas a Dulcinea..

Aunque él no lo sabe, siempre ha sido un “fasilitario” -esperemos que tarde en descubrirlo- y eso ayudó a que, cuando le puse delante una tabla de tres metros, sacara sus pinceles y sus acrílicos, empezara a manchar su atrevida paleta y consiguiéramos dar fe de que Cervantes se equivocaba y Don Quijote sí estuvo en nuestra ciudad, atravesó sus murallas y en la calle Mayor quizá fue acogido en la Venta de los Sueños. No me atreví a insistirle para que incluyera al cometa Sancho… En otra ocasión…

Esta obra de arte, embarazada a base de insistencia y parida con brillantez -un gran lienzo en todos los sentidos- ya ha cumplido tantos años como mis hijos y cada vez que subo la escalera -allí está situada- don Quijote me mira, extrañado,  preguntándose adónde lo hemos traído o puede ser que me sugiera que le acerque algunas cerezas de la cesta que estoy subiendo.

Yo me paro muchas veces a disfrutar de su visión, todos sus tonos me reconfortan. En ocasiones he descubierto que me estaba sugiriendo releer los capítulos más sabios, aquellos que un Sancho engañado, imparte sabia justicia… Siempre le hago caso y en ellos me sumerjo.

Quiero tenerlo contento. No sabe mi Quijote, que cualquier día los llevo, a Rocinante y a él, a participar en la Entrada de Toros…

RODOLFO Y VENTURA