“Doña   Manolita   Belis”

         Permítanme que le calce un “doña” delante de su nombre. Se lo ha ganado a pulso. A pecho. Con un par. Por derecho. Por ser como es. Y para mi es nada más y nada menos que, “doña e ilustre”.   No es que yo lo diga. Lo dicen sus actos silenciosamente sonoros. Lo dice ese bum-bum que le sale del pecho y que no hace mucho le dieron un par de acertados remiendos. Lo dice, su mirada. Noble.

En la historia de la humanidad han habido personajes ilustres que, por una cuestión u otra, aún sin dar sus nombres a calles o avenidas, sin monumentos ni en parques ni glorietas, sin placas honoríficas ni homenajes, sin una simple nota histórica que los recuerde, permanecen y permanecerán por siempre en la memoria de pasadas, presentes y futuras generaciones.   Nuestra Manolita, nuestra querida Manolita Belis, ya ha grabado en la historia de Segorbe su nombre en letras mayusculas.   Grandes y bien trazadas.   Para que se vean bien.   Un grabado que sin darse cuenta, sin querer, ha ido esculpiendo en los corazones de todos los segorbinos. De su gente.   De su pueblo. De sus tradiciones y cultura.   De sus bolillos. De su fiesta y de su Entrada de Toros y Caballos.   De su Segorbe.

ESCUELA DE DANZA
Ojalá, y a ser posible que sea pronto, algún día paguemos todos, caro y con creces, el precio de nuestra personalidad dando la bienvenida a todo lo que ello acarrea.   Y acarrea mucho. Entonces, un enorme carro cargado de dicha le llegará a esta mujer que, mientras tanto, vamos echándole capazos y capazos de cariño a ese carro que no se detiene nunca y que le llega tan y tan cargado. Cumplido y “colmadico”. Merecido.

Siempre he pensado que esta mujer esta hecha de cristal. Transparente. Con una pizca de agua. Limpia. Con cuarta y media de magia. De la de varita. Y con todo este “mezcladiso” va día a día revoloteando por el pueblo metida y embaucada en sus quehaceres.   Sé de buena tinta, -mejor que ésta que emborrona el papel con mis letras- que va de visitas a las casas de enfermos, de mayores e impedidos. Acompañada siempre por un “frente de juventudes” como yo les llamo, en el cual, también es participe mi madre. Un “frente” donde no hay nada en ellas ni de frente, porque no hay que tener mucha frente para sus edades ir a cuidar a nadie, sino que las cuiden a ellas, ni de “juventudes”, pues la suma de la media de este quinteto andará rayando ya los cuatro siglos. Así pues y asiduamente, cada tarde hacen la ronda. Y a estas gentes, que impacientes las esperan, les iluminan el rostro por unos momentos entre besos y arrumacos, entre cosas que les leen y otras que les cantan. Entre estampas de santos y hojas dominicales.   Yo siempre pienso, -con cierta malicia de cariño y que a su vez les pregunto de vez en cuando-, que si van por el tema del café con leche y las pastas que les ofrecen, pero me dicen que no. “No. En serio”, me insisten. Que no van por la merienda. Al final acabo por creérmelo. Y pienso lo malpensado y retorcido que soy con una sonrisa de malicia que pinta a carcajada. Y les suelto, “Ya imagino, señoras. Ya imagino. Faltaría más”.   Son muy majas ellas.

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO
ESCUELA DE DANZA

Dentro de sus muchos títulos y cargos, Manolita es persona diestra, fina y entendida en preparar altares y otros menesteres y entresijos de temas de misa e iglesias. Tiene y mantiene título de “pasadora” de bandeja, “de la de pedir”, en todos los oficios y que, en esas raras ocasiones en las que no me puedo escapar de asistir a alguna de ellas, cuando pasa con la bandeja y me hago el distraído y hago como que no la veo, me la pega en todos los morros y hace que me rasque el bolsillo en busca de algunas monedas que, con cierto remoloneo dejo caer. Mientras tanto, ella, toda picara, con esos ojillos vivos me mete una mueca sonriente.

Pues si, es esa cálida sonrisa que me ofrece siempre que me ve por la calle y me paro a “charrar” un ratico con ella y, como siempre, tras los dos besicos de turno, me da un pellizco en la mejilla y me dice: “Berbisico, Berbisico…”   Y a mi, oigan, que quieren que les diga, se me cae la baba como un crío de mantillas.   Vamos, toda la pechera perdidica… Y cojo, y con picardía y un poquico de sorna va y le pregunto, -sobre todo por estas fechas-, por la ración diaria que se mete de “pictolines” para afinar las cuerdas vocales, ya que las ondas de radio la esperan con impaciencia para narrar, de nuevo, un año más, la difícil y casi imposible tarea de hablarle al micro sobre un marco tan inexplicable como lo es la Entrada de Toros y Caballos.   Ese lanzar al viento mediante las ondas el ya famoso y mágico guión:   “Yan han tirado el cohete. Y la gente da salticos… ¡Ya bajan!, ¡Ya bajan!… ¡Los toros en el medio de la calle Colón y los caballos los han recogido bien…!. ¡Ya pasan frente al monumento de La Entrada…!. ¡Ya han pasado!… ¡Que bonica que ha sido…!”.   Magistral. Sublime, me digo cuando me quito el auricular de la oreja y apago la radio. Que mujer.   Que segorbina…

Y fue en uno de estos encuentros callejeros cuando en cierta ocasión le pedí que me cantara, así, en el medio de la calle, esa que todos cantamos en el día de la romería de la Virgen de La Esperanza, y yo, hábil y presto me la grabo en el móvil mientras a ella se le hinchaban las venas de cuello entonando la famosa canción. Le di las gracias, un achuchón y par de besicos. Y con esta en mi poder la puse como melodía de tono en el teléfono para cuando este sonara en las llamadas. Resultaba cuanto ni menos muy “segorbino” esa cancioncilla cada vez que llamaban. Hasta aquí, todo bien. Pero fue en la larga y eterna fila de cola en la caja de un banco cuando estando en el medio de la fila alguien me llamo y sonó estruendosa la voz de Manolita con su canción. Por pronto que quise sacarme el móvil del bolsillo y ante los ojos atónitos de aquella cola, para mi sorpresa y cierto rubor, la fila entera se me agarro rompiendo el silencio y entonando todos al unísono:   “Seeegorbiiiiinos, corred jubilooooososssss, a la cumbreeee de excelsa colinaaaa, todo su tronoooo, la Virgen divinaaaa…”     Ya solo nos faltaba el pañuelico verde de romeros atado al cuello y la estampa pegada al pecho…   Que imagen. Que cuadro. ¡Recristo!.   Cuando días después se lo conté a Manolita me dijo:   “Ahora pues te canto los Gozos de la Cueva Santa y te los pones también”. Lo juro. Palabrita de Niño Jesús.

En cierta ocasión le regalé una foto donde me posaba vestida de época en la feria medieval.   Una foto con su marquico y todo. Apuntico para colgar. Y creo que hasta el clavo. Detrás de la foto le escribí unas letras. No recuerdo la totalidad del texto, pero si una frase:   “Siempre será la Reina de todas las Reinas de Segorbe…”   Por esto mismo, no descarto ni pierdo la esperanza de verla algún año de Reina de las Fiestas. Me da igual que sea de las mayores que de las infantiles.   Lo haría igual de bien.   Creo que es lo único que ya le falta.   Creo que es algo que ya merece.   ¿Descabezado…?.   ¿No ha sido ya de la Comisión de Toros junto a una veintena de recios mozos segorbinos?.   ¿Quien te dice que este año no le corta una cuerda a un toro embolado y lo saca del rabo Don Federico?.   Tiempo al tiempo…

Manolita Belis, la reina del pueblo. Un bonito detalle suyo ese de existir…

Toni Berbís Fenollosa – Imagen: Jorge Laffarga