Tal vez sea el verano el mejor momento para asistir a propuestas culturales “de interior”. Una de las formas más agradables de completar estas largas tardes, de dar continuidad a la paz de la insustituible siesta, es perderse por pinacotecas y museos; disfrutar la tregua que estos lugares ofrecen al calor y al ruido y, recompuestos por el aire acondicionado o por la nobleza de sus muros, ir al encuentro con la obra de arte como quien va visitar a alguien muy querido.

En este verano de reivindicación de pequeños placeres y viajes interiores (en ambos sentidos: hacia dentro y no muy lejos) el engranaje de las concejalías culturales de los municipios del Alto Palancia deben de echar humo. A los eventos aplazados desde marzo, se suman ahora las nutridas programaciones estivales que cada año entretienen al personal residente y al vacacional, que además deben ajustarse a las medidas establecidas para la prevención de contagios. Será el momento de comprobar si otro verano es posible (y divertido) sin toros ni discotecas móviles. Desde que se produjera el levantamiento del estado de alarma, hemos asistido o asistiremos a presentaciones de libros, conciertos musicales de toda clase, teatro de improvisación, proyecciones cinematográficas; por supuesto, a exposiciones.

Me había propuesto asistir a tres de estas citas a la sombra, una permanente y dos temporales. La primera resultó fallida, pues el Museo Municipal de Arqueología y Etnología de Segorbe, a pesar de lo anunciado semanas atrás permanece cerrado hasta nuevo aviso. No debería ser por falta de personal, ya que el propio consistorio convocó el año pasado oposiciones directas a cubrir varios puestos de trabajo en espacios culturales, a pesar de sus planes de entregar la gestión de los mismos a manos de una empresa privada. Algo que no se acaba de comprender.

La exposición “Picasso. Le tricorne” que se había inaugurado el pasado febrero era en principio la que más expectativas me había generado y aproveché su reapertura para visitarla y pasar un rato higiénico y agradable. A pesar de que la obra del malagueño me deja un poco frío (me emociona el Guernica, pero por otros motivos) la exposición comisariada por Juan Carrete para la Fundación Bancaja ofrece la excepcional oportunidad de contemplar de cerca su trabajo. Por los diferentes pisos de la casa Garcerán se reparte la curiosa colección compuesta por los bocetos que el pintor realizó para el vestuario y escenografía del ballet Le Tricorne, inspirada en la obra teatral “El sombrero de tres picos” de Pedro Antonio de Alarcón. El ballet, que se estrenó en Londres en 1919, contaba con la música del otro genio español del momento, el compositor Manuel de Falla. Las 32 reproducciones que componen el libro con los bocetos que fuera editado en París en 1920 permanecerán colgadas en las paredes de la Casa Garcerán hasta el 30 de agosto. Como cabe esperar, a pesar de traer el nombre-marca Picasso, es un trabajo limitado, un encargo al servicio de otras artes, pero que no impide disfrutar brevemente del sello del pintor.

La otra exposición destacada estos días es “La escuela en blanco y negro” y se exhibe en la sala Manolo Valdés de Altura. En este caso su inauguración, prevista para la pasada primavera, tuvo que demorarse hasta el 10 de julio y cerrará sus puertas también el 30 de agosto. Personalmente conocía el trabajo de recuperación de la memoria colectiva a partir de la fotografía que lleva haciendo el investigador y cronista oficial de Altura José Manuel López Blay, coordinador junto a Trini Carot de la exposición, pero advierto que lo expuesto es bastante más que un puñado de sugerentes imágenes. Como si en este caso el inevitable hidroalcohol fuera un ungüento mágico, después de pringar manos, el visitante se adentra en un viaje en el tiempo hasta un periodo de la historia del país 1900-1970 complicado y traumático, marcado por la descolonización, el analfabetismo y el atraso, la inestabilidad política, una guerra civil, una posguerra y una dictadura. La verosimilitud del montaje se ha conseguido reuniendo mobiliario y atrezo de las diferentes etapas en las que se ha dividido la exposición, para que los más jóvenes puedan hacerse una fiel idea de una aula de una escuela de provincias: pupitres de diferentes épocas y formatos, mapas temáticos, modelos anatómicos, cartelería propagandística… Los docentes actuales dejarán escapar más de una sonrisa (o una lagrimica) al leer, por ejemplo, el que recoge las normas que debe cumplir en el aula “el niño bien educado”.

 

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA

Llama la atención también el buen estado que presentan algunos documentos oficiales de las diferentes administraciones, y sobre todo, la escritura pulcra de las niñas y niños alturanos, como la que se exhibe en los cuadernos de rotación, una especie de libro de actas de la clase que servía al inspector del régimen para comprobar el grado de observancia religiosa y patriótica del maestro. Tal vez uno de los hallazgos más sobrecogedores de la colección sea el texto que firma la niña María Muñoz. Es una típica redacción de fin de curso, en la que con cuidadosa letra (y con las tildes en su sitio) se despedía de las clases y volcaba sus planes en unas próximas vacaciones de verano, parte de las cuales consistían en ayudar a su madre en las labores cotidianas. Lo curioso del documento lo encontramos en la fecha, junto a su firma de lazo. María escribe sus inquietudes un 14 de julio de 1936, a solo cuatro días de que estalle la guerra. ¿Estará viva María? ¿Sobrevivió a esos años en blanco y negro? ¿La ha respetado Covid?Las fotografías son el eje de la exposición y no defraudan. Instantes de un acto, el de retratarse, nada habitual entonces, sobre todo en las primeras etapas donde es común el asombro y la rigidez en la pose de los jóvenes estudiantes. Testimonios también del hambre de la guerra y de la posguerra, del pelo al rape en esos niños escuálidos con caras de viejo prematuro y pantalones remendados; la clase social delatándose en el calzado, mucha alpargata de esparto y alguna tara sin remedio. Las niñas, de mejor ver, al menos el pelo crecido, aunque uniforme (siempre el mismo corte de raya al lado y melenita) igual que la maestra, tal vez depurada esta (obligada a demostrar su compromiso con la nueva escuela nacional, tan lejos de la laica republicana). Más tarde, más cerca, asistimos a vivencias cotidianas en la escuela tardofranquista: los maestros se retratan más relajados, con pose existencialista: cigarrillos y botella de coñac en algún claustro festivo. Es la última etapa, con la dictadura rendida ya al turismo y al cambio cosmético.

Para los vecinos de Altura, por supuesto, el viaje en el tiempo tiene el aliciente mayor de la posibilidad del encuentro con uno mismo o con familiares ya ausentes, tal vez con amores fallidos, con compañeras de juegos y maestros que cambiaron destinos. Incluso se ofrece la posibilidad de fotografiarse sentados al pupitre como un alumno o alumna de la época. Más allá de una exposición sobre el siempre interesante y elocuente mundo de la escuela, “La escuela en B/N” es una experiencia que no deben perderse quienes tengan la posibilidad de acercarse a Altura este verano. Para que no haya excusas, el horario: Viernes, sábados y domingos de 19 a 21 horas.

Héctor Hugo Navarro