ESCUELA DE DANZA
RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO
¡Eh, toro! “Una porta gayola a la segorbina”

La cosa tiene su miga. Mucha. Cuando todavía nos queda en el paladar ese regustillo que deja el aroma a fiesta y a toro.   Cuando la llegada del Otoño hace que me abrigue de recuerdos.   Ahora, cuando apenas ha pasado un mes desde que se echo el cierre en aquel inolvidable Domingo de toros, donde La Entrada de ese día pasará a escribirse en la historia de Segorbe con tintas de oro.   Ahora, cuando ya vamos contando, o descontando, según se mire, los días que faltan para volver a saborear en cuerpo y alma la esencia de esa semana taurina, nos refugiamos y nos reconfortamos arrullados en la comodidad de nuestros pensamientos.   En gratos recuerdos acompañados con imborrables fotos. Con videos. Tal vez, otros, como en mi caso, con apuntes y pequeños relatos de lo que en ella se vivió. Se sintió. Se mamó. Y, como siempre, en esa sensación, los pelos como escarpias. Ya saben.

Estando pues en estas, va y de pronto me pasan una fotografía. Como no podía ser de otra manera es de José Llop. El “Olivo”. Ya saben de él. Ese compañero de fatigas y aficiones. Ese carismático personaje multifuncional, polifacético y encantador que, cuando nos juntamos de vez en cuando, el tiempo se detiene y se sienta con nosotros a estrujar un buen vino.

La cuestión es que el señor, me pone la susodicha foto en los morros y me suelta: “Mira, ¿te gusta?”.   La cojo, me acomodo las gafas y la observo atónito.   Incrédulo.   Me muerdo el labio inferior y me quedo como sin habla. Trago saliva. Pero, como me conozco al amigo y, para que no se me suba el colega a la chepa, me digo para mis adentros: “¡Recristo!. ¡Vaya fotón!”.

A él le contesto sin dejar de mirar la foto mientras sorbo la saliva que me cae por la comisura de los labios con un simple: “¡Joder que buena!”. Tiempo tendré para halagarlo a él y a su foto.   Lo dejo pues sufrir un poco. Y la sigo mirando embabadico echándonos de cuando en cuando, ese disimulado guiño en busca de la profundidad de nuestras cómplices miradas.

La foto, oigan, es impresionante. De galardón. Para meterle una medalla en toda la pechera pero de estas que le llegan a la carne.   Pero no se lo voy a decir a él directamente que me lo conozco y se me viene para arriba. Me lo tengo que dosificar. Ambos somos de sangre caliente y de lágrima fácil. Sentimentales. Pasionales. Segorbinicos.   Y nos encanta ser así.   Por lo tanto, ya lo adularé en su momento.   Cabrocente que también es uno.

Seguimos en silencio ambos mirando la foto. Él me deja hacer. Mirar.   Inquieto. En la misma, los ojos se te van, sí o sí, directamente a un personaje. Y miren que hay gente en la foto de marras, ya que es una instantánea donde un toro en toda su belleza y bravura, altivo y poderoso, va a ser embolado. El personaje del que les hablo y que es el indiscutiblemente protagonista, otro segorbino, Moises Tenas Clemente.   “El Galleta” para que me entiendan.   El “Galle” para los amigos.   Lo veo y me digo: “Mira que es grande este tío”. Mientras estoy liado mirando la foto y con mis pensamientos, el “Olivo”, a mi lado, incomodo por mis silencios, tose para captar mi atención y me pregunta acerca del porqué, cada noche, en cada toro, Moises se adelanta a todo el gentío y se planta delante del toro citándolo. “¿No van a embolar el toro?. ¿Para que lo llama?. ¿Para que interrumpe su carrera?”.

Dejo por unos momentos de mirar la foto y giro la cara para ver de nuevo sus centelleantes ojos. Ante sus dudas me pongo en plan “Cosssio” segorbino y comienzo a darle todo tipo de detalles. “Atiendeme”, le digo: “En cierta ocasión, hace muchos años y subidos en las escaleras mientras embolaban un toro, un viejo aficionado segorbino que conoces bien, pues es Alfonso, padre de Alfonso y José Ramón Alandí, me susurro al oído: “El palo de Segorbe es el más duro de toda la Comunidad Valenciana”. Con esto, el hombre, no se referiría a que el palo fuera duro en si mismo, sino que hacía referencia a la dificultad que supone embolar un toro en dicho palo. En este palo, en esta plaza, en este, nuestro Segorbe.” Y lo cierto es que tiene toda la razón. La multitud de gente que espera ansiosa al toro. La distancia desde toriles hasta el palo de embolar. Más la añadida y fea costumbre de que ahora nadie estira de la cuerda, hacen muy, muy dificultosa la embolada en este palo. De ahí, aquello de “es el más duro…”.

ESCUELA DE DANZA
Tras todas estas pertinentes explicaciones a mi interlocutor, sigo dándomelas de entendido por las experiencias que llevo a la espalda y continuo tirando de verborrea.   El Moises, -le sigo contando al “Olivo”-, en sus funciones y como parte de la cuadrilla de emboladores, acomete voluntariamente en la difícil tarea de recibir al toro, digamos en plan de a porta gayola. Ya saben, en la terminología taurina se denomina porta gayola al lance en el que el torero espera toro de rodillas enfrente de la puerta de toriles, antes de que el animal salga al ruedo, y cuando se produce la embestida, la burla mediante el pase de capa conocido como larga cambiada afarolada, en el cual el capote sujeto únicamente con una mano, se sitúa por encima del diestro, dirigiendo la parte del envés hacia el toro, el cual sale del encuentro por el lado contrario a la mano con la que el torero sujeta la capa. Esta suerte es muy espectacular, pero también peligrosa, pues el animal puede salir deslumbrado a la plaza y arrollar o cornear al torero sin obedecer al engaño. Se ejecuta también en el rejoneo o toreo a caballo, cuando el jinete sobre el caballo, espera al toro delante de los chiqueros y escapa de la embestida mediante un quiebro. El término procede del portugués porta que significa puerta y gaiola que es chiquero o jaula. Literalmente significa, por lo tanto, puerta de chiquero.

Pero en el caso que nos concierne, en el caso de Moises, no lleva capote alguno, ni se ha de poner de rodillas, y a veces un simple cartón en las manos, como también haría y hace cuando toca, José Ramón Alandí, o bien su hermano Alfonso, y sale a pecho descubierto y los brazos alzados en ese preciso instante en que el toro sale de toriles, en ese dificultoso momento antes que se encuentre con el tirón de la cuerda en el palo y, solo delante del toro, al grito de: “¡Eh, toro!”, empujado por una sobrada osadía y valor, en ese arriesgado quite, pretende que el toro “haga por él” para así, los pocos que tiran de la cuerda, le ganen todos los metros posibles para que el animal llegue “limpio” al palo. Es decir, sin que le de tiempo a llegar al tumulto de gente y, sobre todo, sin darle la posibilidad de que comience a dar vueltas al palo con la cuerda dificultando enormemente la embolada, dejando así pues que, sus compañeros emboladores, se presten rápidos a colocar las bolas, ese collar con sus cascarles y campanillas, poniendo a punto de caramelo al toro en espera del fuego, al del cuchillo y al rabero que fuertemente se afianza con él.

En resumidas cuentas, lo del Moises no es un trabajo vistoso, de hecho, todo el mundo se fija en el toro y en sus acciones. Es un acto valeroso. Arriesgado y poco valorado. En algunos casos, siempre hay alguien que dice: “¿Pero ese tío que hace?”. Pues hace la faena que nadie quiere o se atreve hacer. Más que un pastelico es toda una “galleta” muy dulce para alguien que ama esto y el Moises está muy enamorado de ello. Mucho.

En cierta ocasión oí que el cielo tiene miedo de la noche. En estas noches, no hay miedos que valgan por muy de noche que sea. Ante la oscuridad de la misma, pues las luces del fuego de las bolas. Y, para el que todavía no lo tenga claro, la impresionante fotografía del “Olivo”. Y para el que no conozca el valor, que se fije bien en el Moises y en su porta gayola segorbina.

Una vuelta al ruedo a hombros para todos aquellos que pasan desapercibidos pero que luego salen los primeros en la foto. Dos orejas y rabo para él que inmortalizó el momento. Vaya par de pájaros. Muchos años que nos duren deleitándonos de estas maneras. Ambos.

Toni Berbís Fenollosa – Foto: José Llop Tejadillos

RANDURIAS