El abuelo de Manuel Rodríguez era propietario de un ultramarinos en la calle de San Roque, un próspero comercio que controló hasta su muerte con mucha dedicación y cierta dosis de picardía en los pesos y medidas. Otros habrían dicho, llanamente, que durante toda su vida fue un estafador comedido; pero a mí no me gusta cargar contra los muertos.

Todas las noches, después de bajar la persiana metálica, ordenaba minuciosamente los fiambres y salazones, recomponía el muestrario de productos del escaparate con minúsculos movimientos que a él le parecía que tenían su efecto benéfico sobre las ventas, comprobaba si el desajuste del peso permitía una sisa no comprometedora ante una imprevista visita de los de la Fiscalía de Tasas, hacía el arqueo en un cuaderno mugriento de tapas de cartón, ayudado por un lápiz de carpintero; y, luego, ceremonialmente, enrollaba el fajo de billetes con una goma elástica y subía al piso en el que compartía techo con Asunción Igual desde hacía cincuenta y seis años. 

El señor Alfredo – así le gustaba que le llamara la clientela – se levantó un domingo al alba, cuando ya rondaba los ochenta, y se vistió con su mejor traje. A las siete, oyó misa y comulgó. Luego encargó a su mujer que mandara recado a sus tres hijos.

 Mientras los esperaba, bajó a la tienda y paseó su mirada acuosa y cansada por los estantes y mostradores en los que tanta vida había dejado. Cuando llegaron, fue despidiéndose de cada uno de ellos sin estridencia, ante el asombro y las protestas de quienes no entendían qué estaba pasando. Finalmente, besó a su mujer y sólo entonces una lágrima resbaló por sus mejillas apergaminadas.

— Voy a acostarme. Cerrad las ventanas y prepararlo todo para el entierro. 

A la mañana siguiente, mientras el lamento de la campana rasgaba el amanecer, la madre de Manuel Rodríguez le dijo que ese día no iba a ir a la escuela, porque su abuelo  había muerto. Después de lavarlo en la pila grande de la entrada, le puso unos pantalones grises y un jersey negro, le roció el pelo con brillantina, lo peinó con raya recta y le asperjó agua de colonia como el día de la Patrona. Luego lo llevó a que viera a su abuelo de cuerpo presente. Ese fue el primer contacto de Manuel Rodríguez con la muerte.

El segundo fue el día que enterraron al cacique don Arturo Alcalá. Manuel Rodríguez y sus amigos bajaron hasta el sifón que había a la salida del pueblo, justo donde arrancaban el camino de las moreras y el del cementerio; porque allí el cura – acompañado del sacristán y dos monaguillos – despedía el duelo, después de haber acabado los latines y haber llenado todo el pueblo de olor a incienso, que según le decía su abuelo usaban para disfrazar el olor de la muerte. Pero si bajaron al sifón no era con ánimo de aprender liturgia, sino porque allí volvían a abrir la caja y se les veía la cara a los muertos, con un pañuelo atado como si les dolieran las muelas.

Y después siguieron al cortejo hasta las puertas del cementerio, para ver a Evaristo, un chalado borrachín al que se le había secado la mollera por un mal de amores, según contaban en el pueblo. Y en vez de clavarle, como era costumbre en el pueblo en esos casos,  veinticuatro navajazos a la novia que lo había engañado, le dio por volverse loco y se pasaba el día entre el camino del cementerio, ayudando a Fermín el enterrador a sellar los nichos, y el camino de las moreras, que recorría frenéticamente como si anduviera perseguido por el mismísimo Lucifer.

El abuelo de Manuel

José Manuel López Blay.