©  El achuchón de la enramada .-

Valió la pena madrugar aquella mañana que quise acudir a la enramada de las fiestas septembrinas. Sí, sí, porque al pasar por un garito de la calle Colón escuché una frase de una voz joven, pero casi adolescente – en estos tiempos la adolescencia no acaba hasta que pagamos completamente el piso- que afirmó: No quiero que me valores como voy, sino como soy.

Me giré de inmediato agradeciendo que una frase filosófica terminara de quitarme las telarañas que habían dejado los cubatas de la verbena anterior en mi cerebro. Vi al chaval joven y pensador tempranero, junto a una muchacha casi veinteañera, que casi lo tapaba al insistir en besuquearlo alrededor de las orejas -no sé si aceptando esa declaración de principios o ignorándola y dejándose llevar por una bendita carga hormonal y matinal- y juro que, aunque continué andando hacia mi esquina habitual para ver la cabalgata, me entraron unas ganas locas de acercarme al muchacho y desarrollar con él una conversación que jamás tendremos ya. Por eso, mientras entre fuertes empujones de competición, recogía los caramelos, pipas y otras chucherías que después regalé, continué pensando que aquella persona, arropada por unos valores -que cualquier asesor de imagen calificaría de trasnochados aunque yo mantengo grandes dudas sobre ello- debería ser el molde inicial del buen político: sincero, honesto profesional y ciudadano participativo, atractivo para el pueblo (en este caso para su amiga) deseoso de que el cargo no lo transforme como quiera el entorno del poder y con tal claridad de ideas que desee sobrevivir a dicho entorno…

ESCUELA DE DANZA

 

El achuchón de la enramada

Desfile de la Enramada. Fotos:J.Plasencia

En aquellas horas matinales -los imaginé sin haber dormido- pensé que si sabía diverger del achuchón insistente de su inquieta compañera, defendiendo el inexistente estilo textil y el horrible peinado de su tribu urbana, también sabría afrontar las enormes dificultades que esa actitud ante la vida le iría presentando. Deduje que si se aventuraba a introducirse en una hipotética vida pública se atrevería a reconocer en público las cosas buenas realizadas por sus oponentes, aportaría un lenguaje nuevo y diferente del que aparece en el manual del político de pesebre, dejaría los fáciles argumentos demagógicos en cualquier rincón de la sede y no admitiría quedarse callado ante los disparates internos del partido,

¡Qué generosa fue la enramada conmigo! Me quedé con ganas de verle la cara, pero lo impedía su pareja, a la que imagino con la testosterona adolescentemente descontrolada, asediándolo con caricias femeninas y algo de culpabilidad, pretendíendo borrar con sus caricias, el inconveniente que le había dicho a su chico anteriormente a que yo escuchase la frase que definitivamente me despertó.

Creo que con el paso de los días y las imágenes en el recuerdo, aflora una sinceridad de tintero y admito y reconozco que, aunque me impactaron esas iluminadas palabras que dan origen al artículo, hoy tengo que aceptar que, en realidad, también me quedé con ganas de recuperar las sensaciones producidas en la explosión de aquellos lejanos achuchones adolescentes.

Como la edad te crea nuevas adicciones, pude acercarme a tomar el humeante chocolate con churros del desayuno, que -está al caer tenerlo prohibidísimo por mi médica- todos los años y en esa mañana, me resulta delicioso.

El achuchón de la enramada

Manuel Vte. Martínez