A la tercera copa, mi abuelo descolgaba un par de santos, se revolvía en la silla como la culebra de La Balaguera y daba un golpe seco con la palma de la mano sobre la mesa de la cocina, antes de proclamar solemnemente, como un capellán castrense:

  • ¡ Me cago en el Catocristo!

La escena formaba parte de la esencia genética de mi familia, como los cuentos de segadores del Bajo Aragón en las noches de cierzo o el aroma a pan recién hecho que subía desde el obrador de la calle Navarro Reverter, perfumando todas las estancias de la casa.

Vista con los ojos de ahora, creo que mi adolescencia no fue otra cosa que una azarosa búsqueda del significado de aquella misteriosa blasfemia. A mi abuelo no se me ocurrió preguntárselo nunca, porque aprendí desde niño que había preguntas que le agriaban aún más el carácter y que era mejor no hacérselas. Así que ocupé buena parte de aquellos años de prodigio desempolvando diccionarios y enciclopedias, quemándome los ojos en la rancia penumbra de los archivos, intentando descifrar —como si fuera un evangelio apócrifo— el secreto del Catocristo.

En ese tiempo líquido, cayeron abatidos presidentes en las calles de Dallas, fueron proclamados solemnemente nuevos papas desde la ventana de la plaza de San Pedro del Vaticano y se escribieron novelas memorables cerca de los desiertos y cordilleras de América Latina, mientras yo fui cumpliendo años, bajo las palmeras del instituto de Segorbe.

Y un día, cuando ya nada esperaba en esa búsqueda de sentido al sinsentido, se hizo la luz. Y vio Dios Yavé que la luz era buena. Y se separaron las tinieblas de la claridad. En mitad de una clase de don Joaquín Aznar, en la que nos explicaba los misterios de la métrica y de los tropos literarios, del calambur y de la sinalefa, lo entendí todo.

El misterio del Catocristo fue desvelado a los judíos y a los gentiles. El Catocristo no era ni más ni menos que el romano desalmado que había atado al hijo de María de Nazaret al madero en el que fue crucificado, junto a Dimas y Gestas, como si fuera un vulgar delincuente. El que ató a Cristo. El malasombra. El Catocristo.

El Catocristo

José Manuel López Blay.