«El Día del Padre»  

Cuando seas padre comerás huevos. Eso decían. Bueno, se decía antes. Ahora, comen mas huevos los hijos que los padres. A pesar del colesterol y todas esas cosas. De hecho, los padres se quitan el pan de la boca para dárselo a los hijos. Ya saben. Casi todos.

No obstante, esto no es más que una frase hecha. Una proclamación de supremacía patriarcal donde se intentaba y, se conseguía, por parte del padre, ganarse ese respeto y esa figura de padre, tutor, y hombre de la casa. Un mentor. Un protector. Un macho alfa de esos.

Desde tiempos inmemorables, todos los diecinueve de Marzo se celebra el día del padre. Aunque pienso que cuando más fuerza y auge cogió, fue cuando por la tele nos los dijo y machacó hasta la saciedad El Corte Inglés. Así pues, la tradición en sí, viene marcada por el mandamiento católico con la onomástica de San José, padre de Jesús. No podía ser de otra manera.   Sin embargo en otros países europeos, y sobre todo en la mayoría iberoamericanos, se acogieron a la tradición de los yanquis, celebrando el Día del Padre el tercer domingo de Junio. Ya ven. Todo al revés. Así pues, dejan para el diecinueve de marzo la celebración del Día del Hombre, cosa esta que internacionalmente se celebra el diecinueve de Noviembre. Las manías no las curan los médicos, mire usted. Aunque lo bueno del caso sería que ambos fueran festivos. Pero festivo de esos de no tener que ir al curro. Ni al cole. Fiesta nacional.

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA
ESCUELA DE DANZA

Nosotros, los no yanquis, los de la España cañí y olé, nos quedamos con el Día del Padre, el diecinueve de Marzo. San José. El santo del Pepe. O sea, del “padre putativo” de Jesús. De ahí lo de “Pepe”. Y lo del putativo, aunque suene raro, ya lo dejamos para otra ocasión donde hablaremos también de la concepción y de la famosa paloma. Aquí hay tema. Mucho.

La cuestión es qué, con la llegada de esta fecha, con el numérico del calendario en rojo, llega un día de celebración y de homenaje dedicada a los padres de familia, honrando con ello la paternidad. O sea, el Día del Padre.

Lo cierto es que todos tenemos o hemos tenido padre. Con mucha fortuna y, aún a pesar de sus años y dolencias, ciertos afortunados podemos darles un achuchón de vez en cuando. Un abrazo. Un par de besos. Besos de esos que te estrujan el alma. Personalmente a mí me encanta arrearle y calzarle dos sonoros besados en esas mejillas marcadas por el paso de los años. Cada día me gusta más. Será que me hago mayor y quiero pagar la deuda con intereses de los besos negados u olvidados de tiempos pasados donde, por lo que fuera, imperaba la desidia y la tontería de un machito que creía y pensaba que eso de los besos a los padres, no dejaban de ser mariconadas. Graso error. Putas hormonas de orgullo fallido. Triste aquel que reniega de los besos que pudo entregar y se quedo para él. Ya me dirán para qué los quiere pudiéndolos dar. Que para eso están y siempre estarán. Siempre. Hay que ir soltándolos. Luego, suelen pesar.

Y tristes aquellas personas menos afortunadas que se despidieron de sus padres demasiado pronto. Bien fuera por su precipitada marcha a la eternidad, bien fuera porque, ese que se hacía llamar padre, olvidó a sus retoños y los dejó a su suerte junto a una madre destrozada. De todo hay. Siempre han habido hombres, hombrecicos, monicacos y cagamandurrios, entre otras cosas. Bueno, pues de estos últimos. Triste y lamentable resulta de aquellos hijos que pudiendo y teniendo capazos y carros llenos de arrumacos y de besos para repartir, quizá en los mejores momentos, en las mejores situaciones, en las circunstancias más benévolas, tienden a conformarse con los ojos inundados en lágrimas lanzado con fuerza al cielo esos besos que ahora, hoy, no pueden entregar y que tan sólo les queda la dicha, que desde allá donde estén, siguen de alguna manera con ellos. Con sus hijos. Esos hijos que moldearon antes de partir, con sueños.

Tengo muy presente y muy de cerca, hijos que nunca supieron de su padre. Otros que, apenas recuerdan su rostro. Los hay que los ven una vez al año. Y también, los que no quieren verlo ni antes de su marcha. Sé de otros hijos que darían su alma por verlos una vez más y volverlos a besar y abrazar. A veces tan sólo necesitamos un lugar donde no exista la palabra ojalá. Este es un buen caso.

Sé con certeza que los tiempos ya no pasan. Corren. Huyen. Tenemos las horas justas para demostrar, a cada segundo que pasa, esa muestra de cariño y de amor hacía nuestro progenitor. Piensen que la vida, arruga la piel, pero no vivirla con amor, arruga el alma. No piensen luego en plancharla. Será tarde.

Me estreno, no hace mucho, en este cargo de padre, y no hay nada como estrujar y fundirse en un eterno abrazo con un hijo. Hagamos que este Día del Padre, sirva para conmemorar, pero de verdad, del porque celebramos el Día del Padre. Con un beso. Un abrazo. Con una comida familiar. Con una mirada al cielo en busca de la sonrisa de aquellos que ya no están. Y con los que están, me los estrujan. Como haré yo. Denlo por hecho.

Feliz Día del Padre. Felicidades a los Josés, a los Pepes, Pepitos y Pepones. Y, por supuesto a las Josefas, Pepas, Pepitas y Pepis. Felicidades. Felicidades.

© Copyright  – Toni Berbís Fenollosa – Desde Mi Atalaya