A estas alturas, cuando ya todo Segorbe, comarca y más allá de nuestras fronteras comárcales, provinciales y nacionales, dan por hecho que este año aquí, en nuestro querido Segorbe ni va a haber, ni habrá toros, al menos dentro de lo que habitualmente estamos acostumbrados a ver y a sentir lo que es una semana taurina en las Fiestas Patronales, con sus famosas Entradas de Toros y Caballos, con su Concurso Nacional de Ganaderías y con sus mágicos toros embolados.    Y también como no, de todo aquello que rodea a este tan encantador mundillo donde durante toda la semana, Segorbe rebosa de visitantes de todos los puntos más remotos que pueda llegar a pensar y, con los de aquí, con los de casa, que año tras año les abrimos las puertas de par en par para que disfruten con nosotros de tan singular fiesta, tendremos que conformadnos, y depende en que fase nos encontremos para dichas fechas, con apretarnos el pañuelico al cuello, coger el garrote y bajar al rio por aquello de rendir homenaje a esos toros, vacas, becerros y mansos que, en teoría deberían estar allí, en la Fuente de la Teja, refrescándose en las aguas del Palancia antes de comenzar el ascenso por el Ríale y acariciar con sus astas las murallas y ponerse a la sombra de la Torre del Botxi y del Acueducto Medieval. En espera a que el Tío Mena, como siempre, con garrote en mano, y a modo de director de orquesta, con un par de toques, nos separe los toros que han de ser los protagonistas en la carrera calle Colón abajo, arropados siempre por elegantes y valientes caballos portando a sus lomos el coraje y la gallardía de jinetes y amazonas segorbinos y segorbinas. Así pues, la propuesta está echada. Pañuelico al cuello, garrote y hacer piernas hasta la Fuente de la Teja. Al menos que nos ganemos la cerveza que nos espera tras la subida.

También tendremos que acostumbrarnos a echar dicha cerveza y esas cortadicas de jamón, en algún bar que, a dos metros, degustaremos plato en mano. La ventaja, que cada uno iremos con un plato y para no acercarnos a menos de dos metros, como que no tendremos que compartir.  Casi que mejor.   O bien, los cuatro amigos nos reuniremos en algún bajo a modo de garito donde quizá, empalmemos la cerveza y el jamón del mediodía, con la famosa merienda de toros que, tengan por seguro, se harán con todas las de la ley.  Suspenderan los toros, pero no nos privaran de que nos llenemos el buche con las eternas meriendas que suelen acabar cuando la carcasa del primer toro embolado estalle en el cielo segorbino.  Porque esa será otra.  Sé de buena tinta que, aunque no haya entradas, a las dos en punto, una carcasa romperá el cielo segorbino, y algunos nos pille subiendo lentamente por la rocha del Ríale con garrote en mano, acompañado, quizá con algún que otro nostálgico caballo entre piernas que haya hecho lo mismo que nosotros. Una visitica a ver si por un casual, hubiera algún toro apalancado en el medio mismo del río Palancia.   Y,  como no podía ser de otra manera, otra carcasa iluminará el estrellado cielo a eso de las veintitrés o veinticuatro horas anunciando un toro embolado que nunca aparecerá por la plaza, pero que tendremos la sensación de que podría estar ahí. Y con todo esto, otras muchas cosas llevaremos a rastras esta semana tan inusual y tan apática. Tan triste y a su vez tan hermosa y esperanzadora.

También y a la vez de estas propuestas que ya corren de boca en boca, no se me olviden de colocar todas las clásicas banderas en los balcones. Como si la cosa fuera en serio.  Como si, tal vez,  les aparezco de imprevisto con un carretón embolado, con su collar de cascabeles y sus bolas ardiendo, bajando por el Almudín, por la Plaza de la Cueva Santa hasta la puerta del seminario y corra delante de la policía local que porra en mano, a modo de garrote, me pille por la puerta del Gato Negro y me esté dando donde no crece pelo hasta que se les ablanden las porras y se me lleven detenido a rebajar el vino de la merienda y a paliar esas ansias vivas de toro. Yo, acatare sumiso lo que sé me disponga siempre y cuando no me quiten del cuello el anudado pañuelico a cuadros. Eso no se toca.

A proposito del pañuelico, los tengo rojos con el escudo de Segorbe bordado con fino hilo y que voy alternando en los días de esta emblemática semana a medida que la mugre, el polvo de la arena de San Julián o el escurrín de la cerveza se vaya empapando en él, con el de cuadros que, su nombre original es el de “Pañuelo de Hierbas”.  Siendo este pañuelo a cuadros azules y blancos los que mayormente se emplean en las fiestas de casi toda la Comunidad Valenciana.

Este “Pañuelo de Hierbas” que te atas con sumo agrado con la llegada de las fiestas, su origen proviene de antiguo y deriva de un complemento más del ropaje que usaban los antiguos labradores desde hace muchos siglos cuando estos, iban a la huerta y con él, se protegían del implacable sol, lo usaban para secarse el sudor, para protegerse del humo en las quemas de rastrojos, restos de poda, y de esas hierbas que a golpe de azadón habían arrancado.  De ahí, su nombre:   “Pañuelo de Hierbas”.

He de serles sincero si les digo que prefiero este “Pañuelo de Hierbas” al de color rojo, característico este último de tierras navarras y que poco a poco se nos ha venido imponiendo en nuestra indumentaria festiva. Lo del color rojo, simboliza el martirio de San Fermín que, como todos saben, fue degollado y de ahí el rojo del pañuelo en cada cuello de los fiesteros.   

Pero hemos de recordar que cuando nos anudamos el “Pañuelo de Hierbas”, estamos llevando una pequeña parte de nuestro legado cultural y, aun no siendo un labrador que trabaja nuestras huertas o montes, no dejamos de ser trabajadores de estas nuestras tierras y que, con él al cuello, vamos a disfrutar de nuestras queridas fiestas. Bien vestidos para la ofrenda de flores, como para subir en romería a la Ermita de la Esperanza, o bien, atándotelo lunes de toros y quitártelo cuándo hayan desmontado la última escalerica de la plaza en ese triste y melancólico domingo de toros.

Vamos a mantener entre todos, y dentro de la medida o medidas posibles, estas nuestras tradiciones, estas nuestras costumbres, estas nuestras fiestas aunque sean atípicas o extrañas. Pero que no decaiga un ápice esa ilusión que todos y cada uno de nosotros tenemos hacia la fiesta segorbina. 

Al fin y al cabo, creo que es una de las pocas cosas que nos une a todos bajo un solo color, como el azul y blanco del “Pañuelo de Hierbas”.

Texto y foto: Toni Berbís Fenollosa

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