El San Miguel de plata es el quinto relato de José Manuel López Blay para este otoño.

Teresa había servido a doña Mercedes con una lealtad inquebrantable desde que cumplió los trece años. Rafael era un hijo para ella.

Razón tenía para pensarlo.

Fue mujer de salud frágil, pero nunca fue beata. Un poco de querencia sí que tenía por el San Miguel de plata de la parroquia, con su peto de tribuno pretoriano y su espada serpeante acechando el gaznate del Príncipe de las Tinieblas. Pero no era de misa ni de comunión diarias. Se dedicó a morirse en vida, sin dar que hablar.

Cuando vio que los tiempos venían revueltos y el humo de las iglesias bajaba por las torrenteras, se plantó en su casa y le dijo.

— A San Miguel no lo tocan estos cabrones.

— Haz lo que tengas que hacer — le dijo Rafael, que en aquellos días preparaba su regreso a Roma.1941--Un-nuevo-San-Miguel-W

Un sábado, Teresa se puso el traje de los días de precepto, fue a misa de alba, comulgó y, con disimulo, se amagó en un confesionario hasta que no quedóen el templo más alma que la de Ambrosio, el sacristán, ordenando ceremonialmente las vinajeras en los armarios de la sacristía. Se acercó entonces hasta el altar del arcángel con el corazón golpeándole en la garganta y, con el arrojo que a veces confiere el miedo, destronó al santo y lo cobijó en su regazo, envuelto con un chal que había heredado de su abuela Encarnación.

Salió a la calle y el viento frío de aquella mañana de octubre le encogió el alma en un puño. Se allegó hasta su casa sin levantar los ojos de los adoquines, para que nadie barruntara la herejía que acababa de perpetrar. Colocó a San Miguel, cubierto con un paño de lana, dentro de una cesta de mimbre y la escondió en el reboste que había en el hueco de la escalera, detrás de las jarras del aceite.

A los pocos días, cuando el robo corrió de boca en boca, los del Comité — que se habían hecho a la idea de vender el arcángel para comprar fusiles y pistolas— le preguntaron a don Anselmo que dónde había guardado al santo y, como el cura no tuvo otra ocurrencia que decirles que había volado, uno de ellos, al que llamaban Malaventura, le descerrajó dos tiros a bocajarro. En la puerta misma de la iglesia cayó don Anselmo. Como un pelele.

—La que va a volar va a ser tu mala sombra, cabrón.

El San Miguel de plata

Fdo: José Manuel López Blay.