El último sábado

Otra vez sábado. Otra vez un fin de semana sin rumbo. Horas interminables sin saber qué hacer. Hojeando revistas. Comiendo a destiempo. Cualquier cosa que me haga olvidar que hoy otra vez es sábado. Si, al menos, dentro de la rutina, estuviera también el polvo ritual. Pero, no. Ni siquiera eso. Acabo de cumplir cincuenta años y es como si ya no me quedara nada que hacer. Me he pasado —¿cuántos? ¿ veinte?— preocupándome de Alberto y de las niñas; robándome el sueño para que ellas durmieran; negándome yo para que él triunfara. ¿Y qué me queda ahora? Nada. Ni siquiera el consuelo de haber cumplido con el destino de esposa y de madre que intentaron inculcarme desde que nací. Malograda. Esa palabra me gusta. Es terrible, pero me gusta. Empiezo a pensar que me reconforta esta sensación de derrota. Leí el libro de Bernhard que me dejó Carlos. Inquietante. Como Carlos. Me atrae su mirada de vencido. No podía suponer que un hombre de treinta y pocos años pudiera sentirse vencido. Un hombre tan lúcido. Un hombre tan… atractivo. ¿Por qué he de negarlo? He de confesar que me turba su mirada. El otro día estuvimos tomando un café en un descanso y… su voz, sus palabras entrecortadas, sus trémulas manos. No. Es una tontería. No tiene sentido… Bueno, pues sí. Me gusta escucharle… Una todavía siente fuego en la sangre.   ¡Y tampoco estoy tan mal ¡¡ Qué vergüenza… pero me gusta verme desnuda cuando salgo de la bañera! No todas tienen un cuerpo así después de dos partos y un aborto. Me dijo que tenía unas manos preciosas. Alberto nunca me dice ya que tengo unas manos preciosas. Y mis pechos tampoco están mal para cincuenta años. Creo que a Carlos le gustan también mis pechos. ¿Qué estoy diciendo? ¿Cómo puedo pensar estas cosas? Alberto nunca me dice ya cosas amables. La crisis asiática lo tiene en permanente crisis. Y cuando acaba la asiática, comienza la brasileña. La globalización, dice él. ¡Qué me importa a mí la globalización! Alberto ya nunca me dice cosas amables. Alberto sólo dice cosas que no entiendo. El comportamiento de la inflación… la inestabilidad del mercado de futuros… No. No son cosas amables. Carlos sí me dice cosas amables. Me dijo que le gustaba encontrarse conmigo en aquel edificio tan gris donde trabajamos. Y que no le gustaban los fines de semana. Creo que un día de estos me va a hacer una proposición… ¡Estoy loca!¡ Ya me gustaría a mí!           ¡No puede ser!…La otra noche… ¡qué locura!…soñé que hacíamos el amor en el ascensor como dos locos. Loca sí que estoy. ¿Qué pensarían Alberto y las niñas si supieran de estas cosas? Me desperté sobresaltada. Con miedo de haber jadeado o haber pronunciado su nombre. ¡Carlos, sigue, sigue, por favor…! Con miedo de que Alberto estuviera mirándome mientras me perdía en brazos de un hombre joven. Pero Alberto dormía. Alberto siempre duerme. Alberto ya no dice palabras amables. Alberto sólo se excita con el IBEX-35. Carlos sí me dice palabras amables. Carlos sí sabe hacer el amor. Carlos… Carlos… Carlos

El último sábado

José Manuel López Blay