El vagón 508.

( apuntes para una novela)

Miércoles, 5 de marzo de 1.986
10 de la mañana.

«No sabría explicar muy bien cómo llego a averiguarlo, pero de pronto sé que me encuentro en las afueras de una pequeña ciudad del estado de Connecticut. A lo lejos se escucha el lamento de un tren que transita en la noche metálica. En un momento impreciso estoy en el interior de uno de sus vagones. Al principio, me muevo con la torpeza del recién llegado. La atmósfera es irrespirable. Avanzo con timidez entre hombres y mujeres que jadean desnudos. No acierto a comprender qué estoy haciendo en aquel exótico prostíbulo en el que mujeres de cuerpos perfectos consuelan con la sabiduría de sus labios y de sus manos a los abatidos extranjeros. Hay algo que me dice que, como yo, son extranjeros que intentan cercenar el desasosiego de sentirse irremediablemente perdidos en una ciudad extraña. Apoyada junto a la ventana, hay una hermosa muchacha negra con un cigarrillo entre sus labios carnosos. Su mirada me envenena la sangre. Me reclama a su lado y yo no puedo negarme. ¿Quién puede negarse cuando unos ojos nos miran así? Me acerco. Ella aplasta el cigarrillo contra el suelo, con esa firme resolución de quien tiene algo más urgente que hacer. Lentamente me recorre con sus frágiles dedos, mientras me abandono a esa dulce melancolía del placer. No hay ni un gesto de prisa en su oficio, sabe que dispone de todo mi tiempo. Me atrae hacia ella suavemente, con la delicadeza de un abrazo que no pretende, sin embargo, ocultar su pasión. Empiezo a sentirme mareado. Por un momento, dudo de salir corriendo de aquel antro de lujuria, pero ya es tarde. Ella está desnudándome ceremoniosamente, ajena a mis primeras manifestaciones de excitación. Comienza a navegar sobre mi piel con su lengua cortesana y yo la llamo “deliciosa puta”, pero ella no me entiende o, quizás, no quiere entenderme. Luego, desnudos y tumbados sobre el suelo, sorbo sus pechos turgentes y pequeños. Siento un relámpago en mi sangre cada vez que ella se arquea bajo mis labios como una serpiente acosada. Ella se deja hacer, sabedora de que lentamente iré cayendo atrapado en la telaraña que va tejiendo alrededor de mí. De pronto, me aparta dulcemente y me pide sin palabras que la deje oficiar. En ese momento, yo sé que voy a morir, que no voy a poder resistir el veneno de sus labios, pero no me importa. Soy su esclavo, no tengo fuerzas para negarme. Un reguero de saliva va dibujando mi cuerpo enfebrecido. Estoy en el fondo de una pozo sin salida y pienso que así debe de ser la muerte. “Puta… puta… deliciosa puta”, es todo lo que acierto a decir cuando su boca se detiene en mi verga y se la traga por un momento para escupirla y volverla a atrapar cada vez más deprisa. Ella sabe mis límites. Cuando estoy a punto de vaciarme, se incorpora y se sienta a horcajadas. Yo grito                    “Vamos…vamos”. Y ella comienza a cabalgarme como una yegua desbocada. Yo siento que se hunde el universo y, en ese preciso instante, abro los ojos y la veo. Ella está allí, mirándome, apoyada junto a la ventana de aquel maldito tren. Cruelmente hermosa, sin duda la mujer más hermosa que jamás he visto me mira, mientras yo hago el amor con una desconocida. Y me siento ridículo – siempre resulta humillante el coito observado – y con unas terribles ganas de llorar. Sin embargo, hay algo en su mirada, en su silencio cómplice, que la hace extrañamente familiar. Como si fuera una antigua compañera de quien no puedes recordar ni siquiera su nombre. Tengo la sensación de que su presencia allí no es del todo gratuita. El azar nunca es gratuito. Entonces despierto y sé que debo encontrarla.»

Cuando el juez levantó el cadáver, encontraron esta página en uno de los bolsillos de la chaqueta de Alberto Cidoncha. La autopsia desmintió que pudiera encontrarse bajo los efectos de estupefacientes o de alcohol. Era profesor de Física en un Instituto de las afueras. Aparentemente, nadie sospechaba que pudiera tener motivos para suicidarse.

La investigación policial reveló que había pasado los tres últimos años intentando escribir una novela que lo hiciera famoso. Los borradores encontrados demostraban que había hecho varios intentos, todos vanos.

«Un joven muy educado y amable. Me ayudaba con la compra, cuando coincidíamos en el ascensor. Soy ya muy mayor y esta maldita artrosis, ¿sabe usted? Cuando oí la noticia por la televisión, no podía creérmelo. Un hombre tan joven, tan bien parecido. Solitario, eso sí. No solían venir mujeres a su casa. No es que yo sea una chismosa, pero viviendo puerta con puerta, aunque no quieras, una se entera de todo. ¿Qué le estaba diciendo?… ¡Ah, sí! Era una bellísima persona… ¡No somos nadie! Yo también perdí un hijo… Tendría ahora treinta y cuatro años. A todos nos ha de llegar la hora, pero la muerte a veces se equivoca y se lleva a quien no debe. Una madre no está hecha para ver enterrar a su hijo. A la sangre de tu sangre. Porque es como si te enterraran en vida. Pero le estoy haciendo perder el tiempo. Perdóneme, desde que murió mi marido, apenas hablo con nadie. Siento no poder ayudarle. Alberto era un buen muchacho. Mi Juanito también era un buen muchacho…”

( Teresa Labarta, vecina)

«Un excelente profesional. Muy preparado científica y pedagógicamente. Además, tenía una habilidad especial para conectar con sus alumnos. Y créame, que eso es cada día más difícil. Ya sabe, los valores se están perdiendo. Las chicas y chicos tienen intereses muy alejados de los que encuentran en la institución educativa. La escuela, el instituto, la misma Universidad ya no es más que una sofisticada fábrica de parados. Y a pesar de eso, Alberto seguía creyendo en la educación pública. Apasionadamente. Era miembro activo de los movimientos de renovación pedagógica. No se dejaba desanimar fácilmente, a pesar de que tenemos motivos más que suficientes para estarlo. La escasa consideración social de nuestra profesión, la ausencia de una política educativa clara… Nada nos favorece, pero a pesar de todo, Alberto seguía creyendo en su trabajo.»

( Pedro Sanjosé, director del Instituto)

«Se enrollaba bien en clase y nos daba vidilla».

(Iñaki Gutiérrez, alumno de 3º de BUP).

«No recuerdo que me comentara que algo lo tuviera preocupado».

(Marta Rovira, amiga de Alberto, trabaja en una entidad bancaria y solían quedar para cenar con frecuencia).

Un testigo presencial —que ha querido mantener su anonimato— asegura que vio a una mujer hablando con la víctima momentos antes de que se arrojara por el viaducto.

El vagón 508

José Manuel López Baly