Es una noche calurosa de julio. Tengo doce años. He acabado primero de Bachillerato en Segorbe sin sobresaltos, tras un pequeño tropezón a principios de curso. Ayudo por las noches en la panadería. Las puertas del obrador están abiertas. Mi padre ha descolgado por la ventana de mi habitación el cable de la antena y ha colocado el televisor Unic con su estabilizador en una plataforma de madera, improvisada encima de la formadora de barras Subal, el buque insignia de la maquinaria de La Palmera.

La pantalla es granulosa. Apenas puedo distinguir las caras de Rock Hudson y Doris Day, entre sus chispeantes diálogos que llegan con nitidez. La noche promete ser larga. El pueblo está animado. Las calles, inusualmente bulliciosas a esas horas. Las pandillas de veraneantes suben y bajan a La Glorieta, haciendo tiempo, aprovechando esa tregua sagrada que les ha regalado la Historia, para robar un tímido beso al final de la penumbra de la pinada.

El verano que cambió todoElvis Presley nos había sorprendido con In the ghetto y ahora estábamos esperando una nueva sorpresa que iba a marcar nuestras vidas. De pronto, comenzaron a verse imágenes lechosas que eran comentadas por la voz engolada del joven corresponsal TVE en Nueva York. Mi padre apagó la amasadora y los tubos fluorescentes. Vimos a un ser extraño, enfundado en un aparatoso traje blanco y con escafandra, bajar ceremonialmente por la escalerilla del módulo Eagle. Y cuando puso pie en la Luna, comenzó a dar saltos como un niño travieso, mientras Hermida nos taladraba la cabeza con su prodigiosa verborrea. «Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad». Algún escribidor de discursos se inventó esta frase para construir una narración solemne de la fecha. Yo la única que escuché fue la de mi padre: “¡Hale, ahora habrá que apitarse, que hemos perdido mucho tiempo y llevamos la faena atrasada!”. Y dejamos a Amstrong dando brincos por el Mar de Tranquilidad, mientras el tío Ladislao y yo continuamos amasando hogazas y vienas en el viejo obrador de la calle La Palmera. Pero supe que aquella noche la recordaría muchas veces a lo largo de mi vida. Y no me equivoqué. Ahora sé que no me equivoqué.

El verano que cambió todo

José Manuel López Blay.