Esos últimos momentos

Nunca llegué a saber que aquella vez que jugué a pies quietos, con toda la intensidad en la que nos metíamos en los juegos los seres pequeños, sería la última porque me tocó crecer. Tampoco entendí que no volvería a entrar a aquel ultramarinos donde me preparaban las suculentas meriendas que yo elegía llevando el pan, porque lo cerrarían la semana siguiente al jubilarse su dueño. Me tocó ignorar también que aquella frase simpática y risueña que me decía un buen amigo antes de marcharse, mientras yo jugaba a las cartas sentado de espaldas a él, que aquellas palmadas que me dejaba en la espalda, eran sus últimas caricias antes de tener un accidente mortal dos días después…

Sabiéndome pues, tan ignorante para ser capaz de saborear lo que van a ser los últimos momentos en cualquier ámbito de mi existencia, he tenido que desarrollar una inconsciencia programada que me haga aceptar o disfrutar, según las ocasiones, cada uno de los escenarios en los que me dejo discurrir.

Cuando entro al Teatro Serrano me pongo a gozar con el maravilloso cuadro de Peris Aragó que representa la ciudad segorbina vista en el año 80 desde San Blas. Cuando me cruzo por Sopeña con alguna antigua alumna y nos cambiamos las cortesías y curiosidades acaecidas en nuestras vidas, agradezco la oportunidad de haber conectado con ella porque su futuro desde el mes próximo puede estar en cualquier lugar de la destemplada Alemania…

Sin embargo, en este invierno cambiado de cáscara, he mirado desde mi terraza las cumbres de La Rápita y de Santa Bárbara de Pina con ese deseo de verlas alguna mañana cubiertas de nieve, como todos los años ha venido sucediendo, aunque fuera una mañana tan solo, o un rato hasta que el sol se las llevaba de mi vista… No me ha llegado ese momento.

Pienso en los muchos neveros y ventisqueros comarcales. En Espadán, en Canales ¡hasta en la Calderona existen! que durante siglos almacenaban la nieve pisada y compactada, para que en los veranos disfrutase la clase pudiente de refrescos portentosos, neveros dormidos desde el invento del hielo industrial, que este invierno ya no podrían ser llenados; me doy cuenta de que el año pasado, contemplando las montañas manchadas del blanco luminoso de la cellisca, no reflexioné que los cambios en el tiempo atmosférico podrían darme naranjas cuajadas o tomateras brotadas de manera espontánea en enero. No se me activó ¡qué pena! esa inconsciencia programada para saborear momentos que pueden ser irrepetibles.

Esos últimos momentos 

Manuel Vte. Martínez