¿Está el modelo de mercado en crisis?

 La gran sorpresa desde el punto de vista político de 2016 fue que extrañase a tanta gente. Ha resultado evidente que la pérdida de confianza de las instituciones políticas siguiese al hundimiento económico después de algo más de un quinquenio, tras la crisis de 2008. Este mismo escenario ya se ha repetido a lo largo de la historia.

Ya hubo una primera crisis de la globalización, descrita por Karl Marx y Friederich Engels en su “Manifiesto Comunista” en 1848 a la que siguieron unas leyes de reforma que generaron derechos sin precedentes para la clase trabajadora. El fin del imperialismo británico tras la I Guerra Mundial dio paso al New Deal y el Estado de Bienestar. Y el fracaso de la economía Keynesiana tras 1968 fue seguida por el liberalismo de Teacher-Reagan. Tras la crisis de 2008 algunos autores ya apuntaban a un trastorno político al que seguiría una ruptura sistémica del capitalismo global. Cuando un modelo concreto de capitalismo funciona con éxito, el progreso material alivia la presión política pero cuando la economía falla, los efectos desestabilizadores del modelo pueden tornarse políticamente tóxicos. Es lo que parece que surgió tras 2008. Cuando el fallo del libre comercio, la desregulación y el monetarismo dieron paso a una “nueva realidad” de austeridad permanente y expectativas mermadas, en lugar de una crisis bancaria pasajera. Lo mismo ocurrió en los años 50 y 60 con los impuestos extorsionadores, que perdieron legitimidad en la estanflación de los 70.

ESCUELA DE DANZA
Observado esta especie de transformación, los reformadores parciales que pretenden abordar dolencias concretas de la inmigración, el comercio o la desigualdad salarial perderán terreno frete a las políticas radicales que desafían el sistema entero. Y, de alguna manera, los radicales aciertan.

La desaparición de empleos “buenos” manufactureros no puede achacarse a la inmigración, el comercio o la tecnología. Sin embargo, aunque estas variables de la competitividad económica incrementan la renta nacional total, no distribuyen necesariamente las rentas salariales de una manera socialmente aceptable. Algunos economistas consideran que para ello hace falta una intervención política deliberada desde varios frentes.

En primer lugar, las políticas macroeconómicas deben tratar que la demanda siempre crezca con la misma fuerza que la potencial oferta creada por la tecnología y la globalización. Es un aspecto del modelo keynesiano que fue rechazado en el apogeo del monetarismo de los 80, reinstaurado con éxito en los 90, pero olvidado de nuevo con el pánico del déficit de 2009.

La vuelta del modelo keynesiano podría ser la principal ventaja económica de las intenciones de la nueva Administración Trump, cuando las políticas fiscales expansionistas reemplacen a otros modelos mucho menos eficientes de estímulo monetario. El país podría estar dispuesto a abandonar los dogmas monetarios de la independencia del banco central y los niveles de inflación, y restaurar los objetivos de pleno empleo como prioridad principal del modelo de demanda. En Europa, este planteamiento de modelo económico, sigue siendo remoto.

Por otro lado, un cambio de pensamiento con mayor intención será necesario en lo referente al intervencionismo del Estado en políticas sociales y en el modelo de estructura económica. Las leyes del mercado ocultan una profunda contradicción. El libre comercio, el progreso tecnológico y otras fuerzas que apuntan hacia la “eficiencia” económica, se presentan como beneficiosas para la sociedad aunque perjudiquen a los trabajadores o empresas a nivel individual, porque el aumento de la renta nacional permite a los mejor posicionados compensar a los que se quedan en peores condiciones y garantizan que nadie salga peor parado.

Liberalizar las políticas económicas se justifica en teoría solo asumiendo que las decisiones políticas redistribuirán parte de las ganancias de los ganadores a los perdedores de forma socialmente aceptables, pero ¿qué sucede si no se aplican esas políticas sociales? Al desregular las finanzas y el comercio, aumentar la competencia, la inacción de los agentes sociales, se crearon condiciones teóricas que exigían la redistribución de ganadores a perdedores pero el fundamentalismo de mercado no se olvidaron de ella, sino que la impidieron.

La excusa era que el nivel impositivo, las prestaciones sociales y otras formas de intervención estatal reducen los incentivos y distorsionan la competencia, mermando el crecimiento económico de la sociedad en general. Ya lo dijo Teacher “la sociedad en sí no existe. Hay hombres y mujeres, y hay familias”. Al centrarse en la parte del modelo que pone el foco en las ventajas sociales de la competencia y no analizar el coste para determinadas personas, se deja de lado el principio del individualismo que, curiosamente, es el eje de su propia ideología.

Tras el resurgir de las propuestas políticas de 2016, ya no se puede obviar la contradicción entre las ventajas sociales y las pérdidas individuales. Si el comercio, la competencia y el progreso tecnológico deben impulsar la próxima fase del modelo capitalista, tendrán que ir acompañadas de intervenciones estatales que redistribuyan las ganancias del crecimiento de formas que anteriores planteamientos ultraliberales consideraron tabú.

Tumbar esos tabús no quiere decir volver a tipos impositivos elevados, inflación o cultura de la dependencia de los setenta. Una parte del pensamiento económico considera que si la política fiscal y monetaria puede calibrarse para minimizar el desempleo y la inflación, la redistribución puede ser diseñada para reutilizar impuestos en bienestar y para ayudar de manera directa cuando determinados agentes (trabajadores y empresas) sufren la globalización. Desde esa perspectiva plantean que en lugar de ofrecer subsidios, prestaciones o ayudas que empujen a la gente del empleo al paro de larga duración o a la jubilación, las políticas pueden ir orientadas a redistribuir las ventajas del crecimiento apoyando el empleo y los salarios enfocadas a regiones, sectores e industrias, y leyes de nivel salarial. Desde esta línea de pensamiento económico consideran que una de las intervenciones más efectivas en este sentido es destinar recursos a la formación profesional y reconversión de alta calidad de trabajadores y estudiantes fuera de las universidades.

Aunque todo esto pueda sonar a ilusión milagrosa, hemos observado que algunas políticas han ido encaminadas en sentido contrario. Han mermado progresividad a los sistemas fiscales y recortado gasto en educación, políticas industriales y subsidios regionales, para canalizar recursos a pensiones y pagos directos en prestaciones que fomentan la jubilación anticipada y la merma de la capacidad. La redistribución ha derivado de los trabajadores jóvenes con salarios bajos, con sueldos y trabajos amenazados por el comercio y los flujos migratorios hacia determinados estamentos que han sido los principales vencedores de la globalización.

Aun así, las turbulencias de 2016 han sido impulsadas por votantes mayores y los jóvenes han apoyado en general el statu quo. Esta paradoja demuestra que la confusión post-crisis no se ha terminado, pero la búsqueda de nuevos modelos económicos ha empezado, para bien o para mal.

¿Está el modelo de mercado en crisis?

Trinitario Royo