Evocación de los ángeles

De Pietro da Cortona - Web Gallery of Art: Image Info about artwork, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6489160

De Pietro da Cortona – Web Gallery of Art: Image Info about artwork, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6489160

A mi madre la enterramos el viernes por la tarde. Y aunque hubo desgarro y lágrimas, su muerte fue tan inesperada que se me quedó un nudo en la boca del estómago. Un nudo que tensaba mis entrañas y hacía que sintiera una punzada permanente en la tráquea. Pero la vida me empujaba. Había pasado los dos últimos años de mi vida esperando que llegara aquel momento. Y no podía quedarme tumbado en la cama, llorando desconsoladamente, sintiendo la soledad inaugural de los huérfanos. Ella se hubiera enfadado conmigo. Así que descolgué el teléfono, llamé a mi hermana y se lo dije sin adjetivos: «Yo me voy. Tú si quieres enluta tu alma y cierra tu casa con siete candados; yo me voy. He de irme».

Lavé mi cuerpo, lo perfumé con el agua de colonia que mi madre siempre me regalaba por San Rafael y salí, porque la vida me reclamaba, junto a otros hombres y mujeres amablemente desconocidos, con quienes estaba llamado a celebrar gozoso el movimiento central de la mañana.

No fue fácil estar alegre entre la alegría. Perder a mi madre fue como si se me hubiera agangrenado un trozo del alma, la que arquea los labios hasta la curvatura justa de la sonrisa; pero no podía permitir bajar de nuevo a los infiernos.

El día pasó rápido, ocupado en miles de tareas que iban surgiendo. Algunas previsibles; otras fuera del alcance de cualquier sospecha. Y cuando el sol fue escondiéndose enfilando el postigo del Infierno, sentí que todo mi cuerpo se destensaba y empecé a llorar desconsolado junto a la capilla de las Almas. Fue entonces cuando lo vi llegar. Silencioso. Seria. Fue entonces cuando escuché sus palabras. «No dejes que te vuelva a llamar la bestia que te habita. Pon palabras al dolor». Me abrazó con ternura. Y se alejó.

Al llegar a la puerta del claustro se volvió. Nos miramos. Sonreímos tímidamente. Y desapareció.

Así es mi ángel de la guarda

José M.López Blay