Una de las cosas que cada día tengo más claras es que, por desgracia, aprendemos a base de palos.  Sean estos físicos, -cuestión esta que vendría muy bien para algunos o algunas lumbreras-, o literales, es decir, a base de cargar plumas y tintas y sacudir de lleno al energúmeno o energúmena de turno afeando y cuestionado ciertos comportamientos propios de alguien corto de entendederas o corto como el pie de Kunta Kinte (Véase la novela “Raíces”).  No escarmentamos.  Pero vamos a darnos un ápice de confianza.

Llevamos días en estado de alarma.  Días inciertos llenos de dudas y de temores.  Días eternos de encerramiento confinados en nuestras casas.  Entre cuatro paredes.  En algunos casos, muchos tal vez, lejos de seres queridos.   Lejos, y tal vez para siempre de nuestros puestos de trabajo.  Lejos de guarderías, colegios y universidades.  Lejos de amigos y conocidos.  Lejos de ese café mañanero y de la cerveza del mediodía o del atardecer,  apesebrados en la querida barra del bar, echando de menos la mítica y siempre embriagadora frase: “¿Te pongo otra?”.

Llevamos a nuestras espaldas las heridas de la perdida de compatriotas que, día a día se nos han ido marchando sin apenas poder despedirnos de ellos. Dejando grandes huellas de dolor inhumano forjando jornada a jornada, estadísticas aterradoras con cifras de tres dígitos que, sin duda alguna te formaban un nudo en la garganta y que, sin quererlo, mirabas a tu alrededor en busca de los ojos, a veces demasiado jóvenes, de tus seres queridos. De tu familia, tanto de la que duerme bajo la misma teja, como aquella a la que ves u oyes a través de una pantalla y piensas hacía tus adentros:  “De momento estamos todos”.   Aún así, esa mirada temerosa se alargaba y, a base de tu agenda de contactos y a través de las redes sociales le dabas candela y tirabas de tecnología para preguntar por todos y cada uno de aquellas personas que siempre ocupan, no solo un espacio de tu agenda, sino un hueco en tu corazón.

Los días han ido pasando y hemos sabido lo que ha sido escalar y desescalar, palabra esta última que ni tan siquiera figura en la RAE, y que ni mucho menos recomienda su uso. Pero oigan, que bien suena dadas las circunstancias. Una escalada y una desescalada que nos tiene en vilo.  Una escala de ascenso costosa y penosa como casi todas las escaladas.  Donde más o menos nos ha quedado claro, por supuesto,  el precio de subida.  Caro de cojones.   Sin embargo, al hacer cumbre, esa sensación de victoria no se ha apreciado en ningún momento.  Tal vez un ápice de alivio, pero nada más. Ahora, en esta desescalada, en esas cifras de tres dígitos que parece que vayan disminuyendo, surgen parámetros creados en fases.  Que si la fase cero, que si la uno, hasta la cuatro, o tal vez vayan surgiendo más según nosotros, o sea, usted, yo, aquel o aquellos, vayamos comportándonos dentro de una serie de pautas sencillas a cumplir y que, inevitablemente van a formar parte de un estilo de vida hasta ahora desconocido por todos.  Renovarse o renovarse.

Quiero entender y espero se cumpla a rajatabla todos esos sencillos pasos a seguir pero que, visto lo visto aún a día de hoy, puede que necesitemos todos una mano de hostias para hacernos entender que la cosa es más seria de lo que parece y que, queramos o no queramos, esto depende y va ha depender de todos y cada uno de nosotros y nosotras. O sea, de todos.

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA

No voy a descargar aquí y ahora las tintas enumerando todos y cada uno de los “desfases” que a día de hoy, a simple vista y se dejan ver y apreciar en el día a día y en el sitio menos esperado. Quizá, puede y tal vez, yo mismo haya incumplido inconscientemente con alguno de los puntos establecidos.  Igual me he arrimado más de la cuenta a alguien y en esa efusividad que tanto nos caracteriza, le haya dado una palmada en el lomo a alguien a modo de saludo sin guardar distancia alguna. O tal vez, haya estado codo con coco palpando la fruta en el supermercado con la señora de turno que, supongo también inconscientemente, ambos peleamos por esa pera conferencia como si fuera la última de la caja.  La última en su especie. No sé. Tal vez.

Así pues que, llegados a este punto, donde parece ser que este próximo lunes entramos en la fase uno, y dada la alegría que esto va a suponer a la mayoría de la población, y sobre todo en aquellas pequeñas y medianas empresas, en esos pequeños comercios de calles, en esos entrañables bares y, en general a todos con esa sensación de recibir la “condicional” cual preso que lleva al lomo varias condenas, sepamos llevar a cabo dentro de lo más civilizadamente posible nuestro cometido.  Podemos y lo haremos.

Como les digo la cosa no es de uno, de dos o de tres. Ni de los que mandan o los que dejan de mandar.  El tema recae en todos y cada uno de nosotros. Ahora, en esta nueva fase, hemos de demostrar que entre todos podremos con esta plaga que nos atañe.   Que juntos sabremos salir de esta.   Que por fin la luz se ve al final del túnel y hay que llegar a ella aunque sea a base de cojones.  Y estoy seguro que los tenemos. No me cabe la menor duda.

No convirtamos la fase en un desfase. Por mucho que nos gustara esto último.  Tiempo tendremos de ello.  Pero no ahora.  Sólo que un poco más tarde. 

Foto y texto: Toni Berbís Fenollosa