JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA

Últimamente le tengo que perdonar demasiadas cosas a mi cerebro. O bueno, quizás sea él quien me las esté perdonando a mí y no lo percibo, que aun no tengo claro quién tiene la supremacía de mis actos perdonables e imperdonables.

El caso es que cuando decido abrir un cajón de la ropa, ya no me aclara al instante que deseaba sacar de allí  y me quedo algo alhelado, un poco más que de costumbre, hasta que mis manos deciden coger los guantes o el pañuelo correspondiente y dar por finalizado el incidente.

En otras ocasiones dirijo mis pasos ciegos hacia el cuarto de baño, indeciso de mi presencia en aquel recinto, preguntándome si había llegado allí deseando sentarme en la taza o ponerme la colonia para salir a la calle.

Como no siempre ha sido así, que hubo épocas felices en que  yo leía ocho líneas y mi cerebro sabía encontrarles al instante un rincón donde memorizarlas y al rato, sin recibir ninguna orden especial, me las volvía a colocar en la punta de la lengua para verbalizarlas, comienzo a pensar que yo estoy bien y sano y joven, pero este almacén de mis pensamientos y mis deseos está envejeciendo.

Mis amigos, los de mi edad y alrededores, como perfectos enemigos, se entusiasman corroborando mi senectud,  no por su tesis y sí por su antítesis, saben reírse de estas lagunas que inocentemente les cuento y me las convierten en océanos.

Y me pullan como si fuera una diana, deseando fingir que ellos no están en mi situación, que están tan estupendos como un adolescente esperando el fin de semana, logrando mirarme desde un estadio celestial aunque me vuelven a comentar, por segunda o tercera vez en la misma mañana, antes y después del almuerzo, al principio y al final de nuestro encuentro, que al día siguiente tienen que pasar a recoger las estupendas gafas que han encargado.

¡Y qué caray! Peores jugarretas les gasta a ellos que cada día tienen una hora en la que sus ideas venden posturas de ecologista inamovible y las otras veintitrés sus pensamientos sinuosos los arrastran a ser consumistas inagotables porque el rato que no están llevando a sus nietos al circo en Valencia, se marchan volando a Roma a disfrutar de unas indulgencias de oro o compran papas dentro de un cartucho cilíndrico.

Algo parecido le debe pasar al cerebro del año que está acabando, sus días ya no responden a las expectativas que nos iba creando en los primeros meses. Ha dejado pasar las hojas del calendario sin otorgarnos apenas alguno de los propósitos que llevaba Enero en las alforjas soñando en desarrollarlos y con su imparable agotamiento nos está metiendo en un engranaje de fiestas, comilonas y compromisos sociales, cuya finalidad debe ser romper los desilusionados boletos de lotería que nos fueron vendiendo con sonrisa y calzador, eso si la sesera tiene a bien comunicarme dónde los fui guardando.

Con estas líneas escritas, creo, ya no lo recuerdo exactamente, solo deseaba que mis únicos tres lectores/as sepan encontrar alguna razón para exprimir el próximo año, si su objetivo es ecologista mucho mejor -pero de los activos eh, no de los de un rato al día- porque Enero tiene pulcras y activadas las neuronas de los propósitos.

No sean demasiado rato remolones, ni holgazanes, ni maulas y decídanse a alcanzar alguna de esas mil aspiraciones que danzan en su interior.

A mí, que siempre me ilusiona arrancar la primera hoja del calendario para encontrarme con un primer mes prometedor, me urge cristalizar un proyecto muy interesante, si logro recordarlo.

                                                                                      MANUEL VTE. MARTÍNEZ