© Fernando el “Curso” y los emboladores de Segorbe

Todo lo que tiene de grande lo tiene de corazón. Y grande es un rato. Palabra. Se llama Fernando. Pero todos lo conocemos mejor por “Curso”.   Hablar de él es hablar de todo un sello de identidad en el mundo del toro. El mundo del toro embolado. Y, ¿como no?, del embolado de Segorbe y su comarca.

Hablar de él, es hablar de una afición convertida en pasión y devoción. Una bella quimera esa de mantener y persistir en una ancestral tradición y costumbre. Una antiquísima e histórica tradición de embolar los toros cuando los relojes marcan la media noche y las estrellas brillan intermitentes en las noches veraniegas.

Unos toros embolados que, en esa semana taurina segorbina, donde la magia que transmite y transporta el fuego de las bolas, se mezcla con la templanza de esa Fiesta de Interés Turístico Internacional: “La Entrada de Toros y Caballos de Segorbe”.   Esa Entrada de Toros, donde nuestro personaje, también es participe directo de la misma al entrar con su caballo guiando a los toros calle Colón abajo hasta la Plaza de la Cueva Santa. Otro galón para sus hombreras. Otra medalla para la pechera. Otra virtud. Un poco más de honor. De jubilo. De ilusión. De orgullo segorbino.

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO
            Hablaría de él largo y tendido. Pues hay mucho de qué hablar y qué contar aunque no lo parezca. Miles de anécdotas. Miles de historias. Intentaré ser breve, sincero y comedido. Y, como siempre, que pase lo que tenga que pasar. Vamos allá.

Hace ya unas décadas, cuando a todos las hormonas nos hervían condenadas y comenzaban su trabajo llenándonos la cara de granos y despuntando algunos pelillos bajo el morro, el “Curso”, junto a un grupo de amigos y, en su condición de jóvenes intrépidos, aguerridos, valientes y, sobre todo, toreros, formaron una cuadrilla de emboladores.

Y así, como el que no quiere la cosa, nació de sopetón una hornada caliente de nuevos emboladores. Una cuadrilla de recién destetados adolescentes que se liaron, arropados y arrastrados por esa pasión a la que me refiero, en un complicado pero apasionado mundo de embolar toros. A una alocada devoción. A un vicio de vena. A una adicción bonita y arraigada. Forjando un sello de firma propia. Un estilo. Una clase. Una entidad. Una cuadrilla de emboladores segorbinos que, dando traspiés y pequeños pasos, fueron haciéndose hueco en este difícil mundillo. Una camada de eufóricos fanáticos embelesados en un arte. En una cultura. En una manera de vivir. Y, con estas, fueron año tras año marcando décadas. Siguiendo y haciendo historia como emboladores. Como soñadores. Estos son, los Emboladores de Segorbe.

Fernando el "Curso" y los emboladores de Segorbe   Esta primera cuadrilla fue encabezada por el propio “Curso”. Fernando. Como primer eslabón. Como estandarte. Como cabeza visible. Un líder. A su estela lo seguiría eternamente su hermano Julián. “Curso” también por defecto. Su mano derecha. Su asesor. Su sangre. Les seguían los hermanos Alandí. Alfonso y José Ramón que iban en el mismo tiro. Dos referentes. Dos iconos. Dos grandes. Ángel “Pijos”, imprescindible. Maestro de collares y campanillas. Paco Zafón, en el arte de portar y enlazar cuerda. Marcelino, tenazas y templanza. El querido y tristemente desaparecido, Victor el de Castellnovo. Valiente como pocos. Aguerrido. Rabero de libro y de postal. Inolvidable. Añorado. Los seguía “Chimo Raro”. Hábil con el cuchillo. Presto. Seguro. Y así, otros personajes que se fueron colgando y descolgando del grupo con el paso de los años, como yo mismo y que, durante algún tiempo, llevé con mucho gusto y honor, esa camiseta donde en la espalda lucía en letras grandes y hermosotas: “Emboladores de Segorbe”.

             Así pues, cada noche íbamos todo piticos en busca del palo de embolar. Un palo que rezuma esencia de noches eternas de emboladas. Tiznado de solera y matices de fuego. Un palo con infinidad de cicatrices de soga corrida. De cornadas y puntazos. De marcas de bolas y tenazas. De heridas por cuchillos clavados en todo lo alto tras una buena cortada. Un palo acostumbrado a esperar que llegarán hasta él, noche tras noche, los mejores toros que cada ganadero traía y trae a Segorbe, con la esperanza de ganar ese Concurso de Ganaderías y que resulta ser el más antiguo de la Comunidad Valenciana. En definitiva un palo empapado de valor y de miedo. De emoción y tradición. De gestas imborrables. De perfume y aromas que huelen a recuerdos. De leyendas. De dijes y dijendas. De historia. De Segorbe.

Llegados a este punto, seguiré pecando de sinceridad. De todas las anécdotas, historias y otras circunstancias que junto al “Curso” viví y sentí, me quedo con una a la cuál guardo un especial cariño y jamás olvidaré. Les cuento. Les cuento.

Corría el año 1999. Un grupo de catorce o quince enamorados del toro, de la fiesta y de Segorbe, decidimos presentarnos y quedarnos la Comisión de Toros. Si. Esa Comisión de Toros por la que ahora ya nadie se da de hostias por ser y participar como así hacíamos todos por aquel entonces. Así pues, nos plantamos en el Ayuntamiento con la ilusión y ganas de quedárnosla, pugnando con otras cuadrillas interesadas y, con mucha vista y un poco de suerte en las pujas, se nos asignó la Comisión de Toros para ese maravilloso año.

La alegría, la responsabilidad y la ilusión se la pueden ustedes imaginar. Tras un año de actividades propias de la Comisión por recoger algunas perras y poder hacer frente a todos los gastos que conlleva dicha gestión, llegó la esperada y ansiada semana de toros.

Por aquella época, he de señalar, que andaba yo algo encendido y acelerado con el tema de los toros y, más concretamente con cortar la cuerda a cuantos toros embolados pudiera y se me pusieran por delante. Noche tras noche iba de romería por cada pueblo en sus fiestas y en cada uno de ellos tenía que cortar la cuerda al toro. Aquello fue una locura. Ese tipo de locura que solo los locos conocemos. Pecando en ciertas ocasiones de imprudente. De temerario. De inconsciente. Pero la pasión me podía. Cuanto disfruté. Infinito rosario de toros, cuerdas y cuchillos.

En aquella semana de toros, y como era de suponer y esperar, todos los de la Comisión queríamos cortar cuerdas a nuestros toros embolados. Era nuestra semana. Tras el acuerdo o sorteo para cortar esas cuerdas, me tocó en suerte el primer toro del viernes. Qué larga se me hizo la semana. Que ganas tenía que llegará el viernes. Pero bueno, hasta aquí todo bien. Durante la misma embolamos y, sobre todo, sobre todo, desembolamos en el palo a cada uno de los toros de la semana. Cuestión ésta última que, por desgracia también ha pasado al cajón del olvido. Y mira que aquello me encantaba. Allí todos liados quitándole los hierros al toro después de haber cumplido. Haciéndole una sobre-cuerda en forma de trenzada para que, a la que metías el cuchillo para cortarle la cuerda por la testuz, esa segunda cuerda te diera unos segundos para desaparecer del palo y el toro saliera airoso ya en puntas, dando la vuelta a la plaza y trotando hasta el toril. Un encanto. Lo juro.

Y llegó el viernes y mi toro ya estaba en el toril en espera de que Paco Zafón enlazará con maestría y maneras la cuerda en los cuernos para llevarlo hasta el palo. Un afamado y bonito ejemplar de la ganadería de Don Carlos Orient. Nos liamos a embolarlo y cuando el fuego prendió las bolas y los cascabeles del collar cantaban al viento, le di un tajo a la cuerda sin dejar de mirar a los ojos del toro y este, salió del palo airoso, altivo y señorial a conocer las calles y callejuelas segorbinas entre cientos de aficionados que abarrotan Segorbe esos días.   Aplausos y palmadas en el lomo de amigos y conocidos congratulaban mi ego y mi corazón. Uno más me dije. A ver si mañana corto otra… Graso error.

Al día siguiente, sábado de toros y, como cada día después de La Entrada, toda la Comisión nos íbamos de comida al restaurante de turno a ponernos finos. Comida por todo lo alto. Agradable. Amena. Copiosa. Y fue en la espera de que llegarán los cafés y las copas de coñac cuando el “Curso” se dirigió a mí con un cómplice gesto. Me acerqué a él y me dijo al oído que le acompañara a su casa a terminar de hacer unas bolas para los toros de esa misma noche.

            Me quedé pensativo, cariacontecido y a su vez, con esa emoción innata de ir hacer unas bolas con él. Por supuesto que acepté la invitación y partimos hacía su casa. En el trayecto yo iba pensando lo raro que resultaba para un tío tan previsor, responsable y mediático como él, no tener todas las bolas preparadas para los toros de toda la semana. Algo que siempre tenía preparado desde quince días o más de antelación. Pero bueno, todo podía ser y yo, encantado.

Con estas llegamos a su casa. A su lugar de trabajo. A la caldera donde el secreto mejor guardado de cada embolador burbujea para moldear y crear cada bola. Y sí. Al final salí de dudas. No hacía falta que fuéramos hacer bolas. Allí estaban todas y cada una de ellas preparadas para colocar y, otras de recambio por si acaso. O sea, bolas para parar un tren.

Miré al “Curso” sorprendido y me metió esa sonrisa maliciosa, bien intencionada y picarona que solo él sabe meter. Aquello era una encerrona. Una bonita y secreta encerrona. Con mucho jugo. El señor, tras la sonrisa, cogió un cuchillo con su funda. Era el cuchillo con el que yo había cortado la cuerda la noche anterior. Lo puso sobre mis manos y me dijo:

“Te voy a regalar este cuchillo como muestra de afecto y cariño con la confianza de que me des tu palabra que la de anoche sea la última cuerda que le cortas a un toro embolado. Ya has cumplido.”

Cogí aquel cuchillo en mis brazos como si de un chiquico de mantillas se tratara, pensé fríamente y con serenidad sus palabras asintiendo con cierta resignación la veracidad de las mismas y, con los ojos perdidicos en lágrimas le dije:

“Te lo prometo “Curso”. Te lo prometo.”

Y así, tras un complice abrazo, me metí el cuchillo en la cintura del pantalón tapado por la camiseta y ambos partimos en busca del resto de la Comisión que ya andaría por la tercera o cuarta copica de coñac.

Cumplí mi promesa y jamás volví a cortar ninguna otra cuerda a ningún otro toro. Como bien él dijo, “ya había cumplido”. Aquel cuchillo, aquella ofrenda, no sólo lo llevé a casa y guardé como un tesoro, sino que lo lleve a grabar y ahora reposa en un pedestal sobre una balda de mi biblioteca.   En la hoja de dicho cuchillo y, junto al grabado de un toro embolado se puede leer:

“Este cuchillo fue regalo de FERNANDO “EL CURSO” a ANTONIO BERBÍS FENOLLOSA, al cortar la última cuerda a un toro embolado. Este toro fue “ORGULLOSO” de la ganadería de D. CARLOS ORIENT, sacándolo del rabo ALFONSO ALANDÍ en SEGORBE el 8 de Septiembre de 1999.”

¡Ahí es !. ¡Joder con la traicionera lagrimica que ahora mismo me baja por la barba…!

Creo que ya sobran las palabras. Así pues es este hombre. Como les he comentado, todo corazón.   Ahora la estirpe continua con la llegada de su hijo Manuel y de su sobrino Julen que ya van a la estela de sus padres. Con este primero, Manuel, ya dio trazas y buenas maneras en la pasada semana de toros cortándole la cuerda a un gran toro y, ¿como no?, su padre “Curso” al rabo. Ambos seguros y firmes. Momento mágico. Momento único. Padre e hijo. “Curso” y “Curso”. Una nueva generación resurge. La leyenda continúa.

Tal vez, algún día se lo encuentren por la calle. Tal vez, le den un apretón de manos a modo de saludo. Tal vez, cuando se despidan de él y se lleven la mano a la nariz y huelan su mano recién apretada, percibirán el aroma del mango de un cuchillo. Tal vez, la sequedad y aspereza de una cuerda. Tal vez el penetrante y ácido hedor del rabo de un toro. Tal vez, la esencia metálica de unas palometas de las bolas. Tal vez, el característico recuerdo del cuero de las riendas de un caballo. En definitiva, percibirán y recordarán a un personaje unido a una tradición y a una fiesta. A un pueblo. Recordarán a Fernando el “Curso”. Al “Curso” y a los Emboladores de Segorbe.

 Toni Berbís Fenollosa- Imagen:Jorge Laffarga – Composición:José Plasenciacia

Fernando el “Curso” y los emboladores de Segorbe