La huella de la zarpa de los dictadores recuerda a la de los dinosaurios sobre la piedra. Su resistencia al paso del tiempo es asombrosa. Cuando pensábamos que se había quemado una etapa con la salida de los restos del cuerpo de Franco del Valle de los Caídos, un nuevo capítulo se abre en nuestra comarca. En este caso se trata de su cabeza, concretamente un modelo de escayola realizado por el artista de Navajas Manolo Rodríguez que forma parte del catálogo donado al ayuntamiento de Segorbe. La cabeza de la discordia ha adquirido un protagonismo inesperado justo cuando empieza a efectuarse el traslado de las piezas ubicadas en lo que fue el museo del escultor.

El busto tiene la maravillosa cualidad de mostrarse a la vez como obra de arte, objeto endemoniado o patata caliente, dependiendo de los ojos que la contemplan. El otro día tuve la ocasión de experimentarlo de la mano de su autor. Mientras yo trataba morbosamente de mantenerle la mirada al original que se ocultaba tras el yeso, me comentaba Manolo que el busto fue un encargo de un cortesano franquista, que seguramente buscaba el favor del líder, después de su éxito al materializar a algunos personajes célebres de la farándula hispánica del momento. Contaba Rodríguez, como lo cuenta su biografía recientemente publicada, que no fue necesario someter a posado al dictador (qué paradoja) sino que pudo ponerse a modelar a partir de una serie de fotografías de gran calidad. Sí sucedió el encuentro íntimo entre artista y generalísimo para los agradecimientos una vez concluido el trabajo. Aprovechando el momento (yendo a lo suyito, para variar) el dictador, del que

ya se conocía alguna escaramuza artística, le confió unos dibujos, provocando, seguramente, uno de los momentos más incómodos de la vida del escultor. Afortunadamente para Rodríguez las pinturas, según su autorizado criterio, no estaban nada mal, algo que me hizo recordar la vocación frustrada de Hitler y la desdicha de la humanidad que tal vez tuvo que sufrir la pericia de ambos aniquilando semejantes por culpa de su mediocridad en el arte.

El caso es que Franco, Francisco, ha sido resucitado. Esta vez la vida se la han insuflado sus teóricos adversarios. Esta es otra cualidad de los dictadores. Si el miedo que siembran los mantiene aferrados al poder, es el excesivo amor o el odio inmarcesible los que los conserva vivos. En esto el PSOE de Segorbe no ha dejado de seguir la tendencia de la nueva política y no ha desaprovechado la ocasión de conseguir un titular en las redes en estos tiempos en que la búsqueda de la noticia viral y la polémica parece el principal fin. Alegan los socialistas segorbinos que es inaceptable que la cabeza sea aceptada por el consistorio, casualmente gobernado por el Partido Popular, y le pide a sus dirigentes que, para que el símbolo de la dictadura no lleve al incumplimiento con las leyes de memoria histórica, la rechacen, aunque no así el resto de piezas donadas por Rodríguez. Se defienden desde la alcaldía asegurando que la cabeza se admite pero que nunca hubo intención de exponerla; y concluye estupefacto el artista, escarmentado ya de maniobras políticas municipales, que si va a ser un problema, la cabeza se queda en su casa. Lo habrán leído seguramente ya, porque como digo, la oposición segorbina parece que encontró lo que buscaba, porque el símbolo, custodiado y no expuesto, deja automáticamente de ser símbolo. Y mientras tanto, en la plaza del Olmo de Navajas, contemplamos resignados como se desmantela el museo y las obras de Rodríguez viajan a la capital de la comarca a nutrir su ya notable oferta museística.

Muchos, incluso entre los vencedores de la Guerra Civil, hubieran preferido que la cabeza original no guiara los designios del país durante casi cuarenta años, pero es lo que hay, o fue lo que hubo. De igual manera, los rumanos no pueden obviar a Nicolae Ceaucescu o los italianos a Mussolini, aunque sí nos pueden recordar que acabaron con este par de psicópatas para construir otro modelo de país a partir del respeto de la libertad de sus ciudadanos (hablo de la “libertad” en sentido ilustrado, no con la nueva acepción madrileña)

A mí, sinceramente, me interesa mucho más la cabeza de otro Franco: la testa de Battiato, el cráneo privilegiado del músico italiano que ha fallecido esta semana a los 76 años de edad y al que quiero recordar, igual que quiero recordar también a Francisco Brines, que vivió sus últimos días justo para recibir el Cervantes. Como Francisco, Battiato no era bello (cuando un italiano sale feo, lo es a fondo) pero dentro de la sua testa habitaba un amable ser humano, un gran artista, este sí, que nos ha hecho confraternizar danzando mientras nos cantaba con su peculiar voz de maestro de escuela.

Héctor Hugo Navarro

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO