Este próximo jueves el equipo masculino del Levante Unión Deportiva afrontará uno de los partidos más importantes de su centenaria historia. Si sale vencedor del encuentro de vuelta de las semifinales de la Copa del Rey contra el Athletic Club de Bilbao, disputará la Final. En el caso de que así sea, el club, además de haber llegado a la cumbre de su trayectoria, habrá dado un salto cualitativo enorme, algo que no nos extraña tanto a quienes seguimos su progresión lenta, pero firme, en los últimos años.

El Levante es una de mis debilidades, uno de los pequeños vicios que a los que uno recurre de vez en cuando para salir de la rutina. Digo el Levante y no el fútbol, porque en general, como espectáculo en el que emplear mi tiempo o mi dinero, ha dejado de interesarme. Mi relación con el Levante siempre ha sido muy especial. Podría decirse que en mi casa había cierta equidistancia, incluso física. Cuando nos mudamos al barrio de Benimaclet, vivíamos prácticamente a la misma distancia de los dos estadios, aunque el Nou Estadi del Levante, todavía una isla de hormigón en medio de la huerta, podía verse con solo doblar la esquina. Esta ambivalencia la representaba también mi hermano mayor, que jugó en División de Honor Juvenil con el Levante U.D. y luego en el Mestalla. La ambigüedad familiar la acabó rompiendo definitivamente mi otro hermano cuando entró a formar parte del Consejo de Administración del club de Orriols durante un par de temporadas, y, sobre todo, su hijo Javier, nuestro primer levantinista de cuna.

Recuerdo, de pequeño, vestir indistintamente los dos equipajes, aunque he de confesar que entonces me hacía más ilusión lucir el del Valencia, entre otras cosas porque mientras el Levante penaba entre la 2a división, la 2a B y la 3a (ha jugado más temporadas en esta categoría que en 1a, por ejemplo), el Valencia jugaba siempre en Europa y le ganaba Copas al Real Madrid. Y tenía a Kempes, un delantero con pinta de superhéroe. Mi padre, “xoto” empedernido, solía llevarme a Mestalla a ver los partidos del Valencia, aunque tampoco faltamos a los partidos en que Cruyff volvió a vestirse de azulgrana. Entonces en la ciudad no había una rivalidad completa, pues los equipos nunca coincidían en la misma categoría, así que no era un problema apoyar a los dos.

La cosa cambió, como tantas otras, durante mi adolescencia. Una de mis rebeldías fue decantarme definitivamente por el Levante U.D. Quien diga se puede cambiar de religión, pero no de equipo, aquí tiene una excepción. Entonces, joven romántico amante de todas las causas perdidas, cuando necesitaba dar un sentido trascendente a todo lo que hacía, el Levante fue como una revelación. Apoyar al débil tenía mucho más sentido que seguir a las masas. Decidí con un grupo de amigos que simpatizábamos con los “granota” darle mi apoyo incondicional en las gradas y empecé a asistir a casi todos los partidos, me hice socio, incluso viajé a acompañar al equipo en alguno de sus desplazamientos. Recuerdo uno muy berlanguiano a Andorra en el que medio autobús se había apuntado para traerse mantequilla y tabaco. El Levante de aquellos años era entrañable (en gran medida lo sigue siendo), podías sentarte a tomar unas cervezas con los jugadores del equipo después de un partido o tomártelas tranquilamente en las gradas de un estadio por el que podías

moverte a tu antojo. El fútbol era lo de menos. Aquella manera desapasionada de verlo merecía la pena, aunque no puedo dejar de sentirme partícipe del crecimiento del club desde entonces. Aquellos años no contaba con más de 3.000 o 4.000 socios y ascender a 2a A era la máxima aspiración. Hoy tiene 22.000, prácticamente todos los que caben en su estadio, es el equipo de moda en la Liga y está a un paso de disputar la final de la Copa del Rey.

De acabar consiguiéndola no sería su primer gran trofeo. Hay que recordar que en el año 1937, en plena Guerra Civil, el Levante alzó la llamada Copa de la España Libre, el campeonato disputado entre los equipos situados en territorio republicano. La reivindicación de esta Copa ha sido una de las demandas históricas del levantinismo. Se consiguió, en parte, cuando el Congreso de los Diputados aprobó por unanimidad en 2007, una proposición no de ley que obliga a la Federación Española de Fútbol a reconocerla oficialmente como Copa de España.

Esta temporada el Levante parece confirmar su buen rumbo: estadio Ciutat de València reformado (lástima que sus socios aún no puedan disfrutarlo), estabilidad económica, paz social y resultados deportivos. Y todo justo cuando su antagonista “xoto” está remando en sentido inverso, algo que de continuar podría equilibrar más las fuerzas de ambos de cara al futuro. Hay varios responsables: en los despachos, un Presidente valenciano (Quico Catalán) profesional y eficiente; en el banquillo, un entrenador de la casa con el nombre más corriente del mundo: Paco López, valiente en el terreno de juego y prudente fuera de él; y sobre el césped, unos jugadores emblemáticos como

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO
Morales, Roger, Bardhi, Campaña (los tres primeros máximos goleadores históricos del club en Primera División), otros más recientes Melero, de Frutos… que han demostrado ya su valía, y están llamados a hacer algo grande. Tal vez este jueves nos metan en la final de Copa. No será fácil, frente a los “granota” (a ver cuándo se enteran en Madrid que “granota” quiere decir “rana” en valenciano y que no tiene nada que ver con el color grana de la camiseta) estarán los leones del Athletic, un consumado experto en noches de Copas, un auténtico crápula. El partido de ida terminó con empate a uno, el mismo resultado que el de liga celebrado el pasado viernes. Lo lógico es que vuelva a ser un encuentro muy igualado, dramático, que tal vez se decida en la prórroga o en los penaltis. Escribo este artículo hoy porque si finalmente no sucede lo esperado, me quedarán pocas ganas de contarlo. Hay un detalle no poco importante que podría ser decisivo. El Athletic ya va a jugar este año la final de Copa que se aplazó la temporada pasada. Su caída se amortiguaría bastante. En el caso del Levante, jugar la final sería como alcanzar los cielos.

En la comarca del Alto Palancia, la población con más simpatizantes granotas es, sin duda, Navajas. Los levantinistas estos días pasean intercambiando sonrisas de complicidad, esperando la gran noche. Al Palancia llegaron los “granota” no desde Orriols sino directamente desde el Cabanyal, el barrio donde se gestó el club, y de cuya playa recibió el nombre. Es muy curiosa la relación entre el Cabanyal y Navajas. Algunas de las familias de la alta burguesía que fijaron aquí sus exuberantes residencias estivales procedían del Cabanyal, por lo que la corte y el servicio que arrastraban tras ellos siguieron su costumbre y extendieron la moda. Hasta hace bien poco, Navajas era de los pocos lugares fuera de Valencia en que podías ver un partido del Levante en un bar sin sentirte un extraño. También puede verse ondear alguna bandera azulgrana en los balcones y en los días de partido se escucha algún grito perdido de celebrando un gol del Levante. Espero que este jueves los gritos de júbilo de los “granota” vuelvan a romper la noche.

Héctor Hugo Navarro