He de irme

 A modo de despedida. O no. Despedida, propiamente dicha.

He de irme. Han venido a buscarme en mitad de la noche, inesperadamente. O no tan inesperadamente. Lo cierto es que los estaba esperando desde hacía tiempo. ¡Pero el final es siempre tan prematuro! Me han ordenado que recoja mis objetos personales y que me despida de quienes tenga que hacerlo. Les he pedido unas horas para poder ordenar mis recuerdos y reunir unas cuantas palabras de agradecimiento. Aunque hay algo siniestro en sus miradas torvas, han accedido a mis últimas voluntades.

Me dispongo a trenzar nombres y verbos resistivos que protejan a los míos de los quebrantos del desprecio. De pronto, recuerdo alguno de mis textos y tengo miedo de que esta querencia mía por desnudar mi alma pueda causarles algún daño para cuando me vaya. También quisiera hilar algunas oraciones transitivas con las que evocar a cuantas personas me han abordado en estos meses por la calle, para agradecerme mis escritos o para censurármelos; como la cajera del supermercado que frecuento, que advirtió un error de párvulo en un latinajo que utilicé de forma notoriamente incorrecta. Siendo como soy de naturaleza indolente, esos comentarios me animaban a seguir enhebrando palabras con callada dignidad.

ESCUELA DE DANZA
Pero he de apresurarme. A lo lejos, se oyen pasar los trenes solitarios de la noche y bajan por las torrenteras rumores que anuncian la batalla que pronto ha de empezar. Ha sido para mí un privilegio impagable poder conmover con mi voz alguna vértebra desconocida de vuestras emociones. Aunque sé que también hay entre vosotros quienes anhelabais la llegada de este día anunciado, para veros libres de mis extravagantes discursos. El mundo es así. Como afirma categóricamente una amiga mía, el mundo se divide en dos mitades ligeramente asimétricas. En una de ellas – hegemónica, hay que decirlo – se sitúan quienes prefieren los pasteles de cabello de ángel; y en la otra, los que nos van más los de boniato.

Crecí con el desasosiego de conseguir ser querido por todos. Ahora comprendo que eso no puede ser y además es imposible. E insano, afirmaría sin temor a equivocarme. El mundo, efectivamente, puede dividirse entre los que prefieren comprar en Mercadona y los que se inclinan más por Consum; pero no podemos olvidarnos de los adictos a Carrefour, ni de los parroquianos de Lidl. Y tampoco, aunque seamos cuatro locos sin carné, de los devotos del pasillo central de Aldi.

Pero sé que hay pocas personas que piensan como yo. Reconozco que es más rentable – y eso no es en absoluto baladí en estos tiempos de crisis – que sólo haya blanco y negro, jara y sedal, ortega y gasset, pepé y pesoe. Los matices son sutiles, complejos y poco resolutivos.

Creo que ha llegado la hora. El que parece comandar la patrulla ha hecho un gesto casi imperceptible con la cabeza, invitándome a apresurar la despedida. Seguro que se me quedan muchas cosas por decir, palabras que ayer fluían con una elegante cadencia en mi cabeza y hoy andan torpes, apelmazadas, como si no quisieran ser escritas o pronunciadas.

Amanece. A lo lejos se adivina la sierra Calderona. Una madre joven arrulla a su hijo recién nacido, mientras la ciudad duerme todavía. Hay paz. Una paz infinita.

Escribo de un tirón mis últimas palabras: Esta tierra se merece que no se entonen siempre los mismos himnos, que no se lean siempre los mismos libros sagrados, que no hablen siempre las mismas voces.

Yo he de irme, pero recuérdalo tú y recuérdalo a otros. 

He de irme

José Manuel López Blay