Abrí la puerta, escuché ruidos, parecían ruidos de hierros y tractores. Inmediatamente me vino a la cabeza que ese día empezaban las fiestas, porque cuando era pequeño las fiestas empezaban cuando empezaban los toros. Digamos la verdad.

Estaba toda la semana previa a las fiestas en la plaza Mayor jugando “al de toros”, mientras no había colegio, molestando seguramente, al normal montaje de la plaza de toros que hacía y hace la brigada municipal. El día del chupinazo, era especial todos teníamos un plus de adrenalina en el cuerpo, con lo que sumar adrenalina podía resultar dinamita, tratándose de niños.

Esperábamos que Pitorro, el del ayuntamiento, bajara con los tractores llenos de tierra de San Julián, esa tierra que es buena para los toros, porque si llueve absorbe mejor el agua, o al menos, eso me decía mi abuelo en las tardes festivas de lluvia escuchando de fondo a la orquesta “El Corral”.

Pasábamos la tarde en la plaza y entre tractor y tractor aprovechaba la ocasión para ir a la barra del Café y pedir un vaso de agua que me daban porque mi padre era amigo de los del Café, o eso debía pensar yo.
Lo cierto es que en los montones de arena, intentábamos hacer túneles a la vez que encontrábamos ranas. Increíble pero cierto, había ranas en la tierra, algo que hoy en día entiendo que sería por la humedad que desprende esta tierra que disfrutamos en esta comarca.

La noche del Chupinazo tenía algo diferente a las demás, pero la realidad es que era la primera. Y para ello mi madre me daba una buena ducha, me sacaba ropa vaquera y nos íbamos a coger sitio al entablao que esa noche era gratis y podías escoger sitio.

Yo siempre prefería el entablao del toril, pero mi madre decía “pegadicos a la casa de Ana y Luisa estaremos mejor que las chispas del Correfoc no llegan”. Y, en parte, creía que tenía toda la razón pero yo pensaba que era mejor la zona del toril por aquello que siempre me ha gustado ver el manejo de ganado y la figura del toro bravo.

Para hacer corto el tiempo de espera, mi madre iba indicándome dónde estaba mi hermano, mi padre, mis primos, mis vecinos o la vecina que había venido de Valencia y se había cortado el pelo a lo chico. Poco a poco yo los iba perdiendo de vista porque los del correfoc entraban a la plaza y debíamos taparnos con la chaqueta vaquera y evitar las chispas.

Después los quintos y quintas descorchaban el champagne y entonces si que ya no localizaba a ningún cercano conocido, pero eso importaba poco, ya que el tiempo en el entablao se había hecho muy largo, demasiado.

Quería que empezara el toro embolado, pero aún tenía que esperar otro interminable rato para que el alcalde diera las palabras de rigor desde el balcón del café. No recuerdo el contenido del discurso, pero supongo que sería algo así como disfrutar de las fiestas, con respeto y armonía y un “Viva Altura”… Digo yo!

Finalmente se escuchaba el cohete que anunciaba el comienzo de la semana taurina y ya veías aparecer la cuerda, los cascabeles, las bolas… Era el primer día, el primer toro, el primer rato en el entablao, se mezclaban los lejanos recuerdos del año anterior con los momentos familiares de haber estado jugando una semana en la plaza.

Hasta que no guardaban el toro, los ojos los tenía abiertos. Recuerdo que cuando las cenizas de las bolas se apoderaban de las débiles llamas que le restaban, hacía fuerza porque se le volvieran a encender o, de repente, el toro corriera y las llamas quemaran mejor la estopa con la que se fabrican las bolas de embolar y veíamos el toro unos minutos más.

Cuando ya localizábamos a mi padre, normalmente en los porches, bajábamos del entablao para irnos a casa, ya que mis padres trabajaban al día siguiente, y pasábamos por la parada de los “Pichis” o como decía mi padre, Josefina o Josefa no recuerdo bien. Entonces empezaba la semana de dar la tabarra para que me compraran petardos de todas las clases, una historia que igual cuento otro día…

Historia de un Chupinazo

Alejandro Ibáñez.