© Historia del Año Nuevo.-

Siendo persona de rutinas agradables, muchas mañanas al pasar por delante del mismo café, con su mismo dueño, que suele estar fumando en la puerta uno de sus mismos primeros cigarrillos, insistiendo en la cotidianiedad nos hemos permitido establecer un diálogo-adivinanza tomándole el pulso al día, al país, a la vida… Si el sol promete alumbrarnos con esa impertinencia veraniega, le dejo caer… “¿Qué, hoy caerán más cervezas?” Él asiente con la cabeza, al tiempo que disipa el humo y aviva su disposición empresarial indicando algo parecido a… ¡No se acabarán todos los barrilles!”. Cuando se juntan las nubes formando esos grises que vemos como una amenaza al buen ambiente, avanza su pronóstico afirmando con ironía algo así como “Tengo la vaca a punto. Hoy serán todos cafés con leche”.

A veces, estas idas y venidas se me preñan de nostalgia y recuerdo aquellos años esa calle Colón que transito, cuando era la milla de oro segorbina y tenía una actividad social y comercial inimaginable para las generaciones jóvenes que la usan como garito y que sólo están conociendo su actual languidez decadente.

Y entre análisis del sol, de los baches, de mis casi artículos en esta revista o de la nueva vecina, vemos que sin grandes sobresaltos se nos caen las hojas del calendario, paga las nóminas a sus empleadas, nos acercamos a ver pasar las alegres cabalgatas o las solemnes procesiones con sus temporales obispos…

Siendo nuestras charlas tan llanas, tan ligeras de pretensiones, tan matinalmente deliciosas, viene y me sorprende el otro día, cuando tras el pronóstico habitual sobre las cervezas, me avanzó una tesis doctoral, de sopetón, como quien desea cambiar los registros de nuestros comentarios, filosofando a lo grande y con una sonrisa ausente que sólo somos la vida que nos queda.   ¡Ahí es nada la que me dejó caer! Yo le respondí con guasa que para parir esa frase, la noche anterior debía haber dormido poco, mal y en la esquina de la cama, pero algo me debió calar, bueno bastante, porque al momento miré con desasosiego el reloj de la torre de la catedral y aceleré mi paso, culpabilizándome de que las horas se me estaban escapando entre sus agujas…

ESCUELA DE DANZA
Menos mal que unos metros más allá de la esquina de las mentiras, una sonrisa franca, canosa y agradable, con su escoba como elemento dinamizador y alternativo del gimnasio, me habló de sus antiguas dolencias que no le iba a curar el año nuevo que acabábamos de comenzar y aterricé en la realidad: la mañana era fresca pero de un enero templado. Le respondí cortésmente, vi su escoba de bruja buena, atrapé la caricia de su sonrisa y entonces pensé que yo podría, que cualquiera podríamos, subirnos a esa escoba para seguir volando ilusionados sobre la gran cantidad de días que el año nuevo nos ha traído a la puerta de casa…

Pienso que deseo seguir encontrándome, deseo que os encontréis cada mañana, con un niño que os cuente la asombrosa historia que soñó anoche, un compañero de trabajo que reparta las tareas laborales sin la maligna ración de vinagre, una viejecita sabia que relativice o arrincone nuestras pequeñas tragedias cotidianas…

Historia del Año Nuevo

Manuel Vte. Martínez