Hace algún tiempo me pasaron una foto.  Una instantánea que, aún siendo en color, se nota que los años ya pesan sobre ella.  Las cuatro décadas como que ya no las cumple.  Eso denlo por hecho. No obstante, esa pesadez que recae sobre la misma la engrandece se mire por dónde se mire. Resulta, al menos para el que suscribe muy peculiar. Tiene ese puntico de magia. De nostalgia.  De cariño.

Al principio, cuando recibí la foto y la mire, me centré en los dos, mejor dicho, los tres protagonistas principales de la foto.  Uno era el Sr. Ordaz, el que esta junto a él, más contento que un gato con un liviano y posando para la foto, Ramón Vallés, y por último, cerrando protagonismo con el número tres, una hermosa bicicleta que ya agarraba con firmeza el amigo Ramón. 

Cuando el pasante de esta joya se percató que no hacía mención alguna sobre el resto de personajes de la imagen en cuestión, me dijo: “¿No conoces a nadie más en la foto?. Mira bien hombre”.   Entrecerré los ojos y me acoplé las gafas un tanto y di un repaso al resto de personajes. Lo cierto es que apenas reconocí a un par de ellos y muy a duras penas. Mi interlocutor insistió: “Joder colega. Te ves menos que un gato yeso”.  Puse un poco más de interés hasta que descubrí en el lado izquierdo de la imagen, recortado y tapado con una serie de carpetas y cuadernos un rostro, como no, reconocido.  Allí estaba yo, al lado mismo de Juanvi Santafé. Cariacontecido y con  la boca medio abierta, quizá oyendo estupefacto el resultado del concurso de dibujo que, seguramente y por aquello de la presencia del Sr. Ordaz, habría organizado la que fuera la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Segorbe. Nuestra caja de ahorros. La de toda la vida.

Lo de la boca medio abierta, y conociéndome ahora, a estas, mis edades, lo relacionaría quizá con la lectura del fallo del jurado. No sé. Tal vez. No he sido muy afortunado en esto de los concursos. Ni de dibujo. Ni de literatura. Ni de fotografía. Ya saben aquello que decía mi abuelo: “No es bueno que sepas mucho de una cosa. Lo bueno es que sepas un poco de cada cosa”. Pues bueno, algo así me debe pasar a mí.

Ciertamente no tengo datos y dudo si alguien que se pueda reconocer en la misma los tendrá acerca de aquel concurso. Pues dado que todos vamos con carpeta en mano y en un paraje que sin duda alguna tiene las trazas de Sopeña, lo lógico es que se tratará de un concurso de dibujo y pintura.

Dada la imagen, y el alboroto general que se generaría entorno a lo que supongo sería el primer premio; una grandiosa y espectacular bicicleta marca GAC.  Aquello, creanme, era todo un lujo para la época y que unos pocos privilegiados podían presumir de pedalear sobre una de ellas como por ejemplo, la querida conocida BH. O la Orbea. Así pues, ahí estábamos revoloteando como moscas junto al afortunado y merecido ganador. Y cómo no, por la bicicleta.

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO
Cuando volví a ver detenidamente la imagen, al ver las caras de todos, conocidos y sin conocer, con esos pelámenes, esos pantalones de pata de gallo, esos camales tipo faldas de mesa de camilla y esas camisas con los cuellos que te llegan casi al ombligo, no dejo de sentir cierta nostalgia.  Un pequeño nudo en la garganta y unos ojos humedecidos por traicioneras lágrimas apunto de deslizarse por esta barba ya blanquecina que el tiempo va poco a poco tiznando.

Solo veo en cada rostro lo único que por aquel entonces teníamos.  Toda una vida por delante y un mar de ilusiones.   La vida, poco a poco ha ido transcurriendo. Por suerte muchos todavía seguimos aquí y ojalá sigamos estándolo por mucho tiempo más.  Otros, por desgracia ya se fueron quedando por el camino truncando ese enorme mar de ilusión y dejándonos un poco más solos. Un poco más tristes. Un poco, más mayores y más adultos.

Me encantaría poder, por un instante, volver a calzarme ese jersey blanco herencia de mis primos y que me venía al pelo. Alborotarme el rebelde pelo y rodearme de nuevo con todos esos personajes de la foto y de otros, que seguramente andarían por ahí detrás bajo la sombra de los pinos de Sopeña, intentando terminar el dibujo y por último, darle un par de palmadas a Ramón Vallés a modo de enhorabuena por llevarse esa bici tan chula. Tan maja. Tan deseada por todos.

Por la ilusión de la infancia. Por la ilusión de aquí y ahora. Por aquellas bicis.

Desde mi Atalaya

Texto: Toni Berbís Fenollosa

Foto: Archivo del autor