Nota aclaratoria.- No recuerdo exactamente cuándo lo escribí, pero intuyo que fue a principios de la década de los 90.

In memóriam

S. Allende

Salvador Allende Gossens

(26 de junio de 1908 – 11 de septiembre de 1973)

Aproximadamente a la misma hora en la que en Santiago comenzaba el sangriento asalto al palacio presidencial, se me apareció por primera vez en mitad del sueño Gregorio Estébanez Munárriz, vestido con traje de luto riguroso.

Y mientras los sables chilenos manchaban de sangre y de vergüenza hasta la última piedra de La Moneda, el célebre verdugo de la Audiencia de Valladolid permaneció inmóvil, enroscado en los hilos de la pesadilla, con los ojos abiertos de la muerte fijos en el siniestro maletín de cuero despellejado donde, envueltos en un trapo rojo, guardaba los hierros de agarrotar perfectamente engrasados.

Gregorio era un hombre tosco y parco en palabras. El pelo cortado a cepillo dejaba al descubierto un pescuezo excesivo, como de toro bravo, y unas orejas grandes y enrojecidas. Grotescamente cejijunto, tenía la triste mirada de quien ha vivido acostumbrado a la desgracia. Una cicatriz antigua le atravesaba la mejilla izquierda. La barba cerrada y descuidada hacía más siniestros sus escasos amagos de sonrisa, que aireaban unos dientes amarillentos y desencajados. El pecho ligeramente hundido le hacía parecer un poco cargado de hombros. Pero lo que más llamaba la atención eran sus manos. Unas manos huesudas, pero firmes. Unas manos que no temblaron nunca al girar la palanca del garrote y que le habían hecho ganar una cierta reputación en los pasillos del Ministerio de Gracia y Justicia.

Desde el principio quise atribuir algún sentido a aquella primera —e inquietante, por otra parte— visita del verdugo. Resulta patético ver cómo intentamos cercenar el espanto que nos provoca la cercana presencia del horror posible, el sabernos tocados por la fría mano del mensajero de la muerte, siquiera sea en el umbral de un sueño maldito.

Y confieso que no me hubiese sido difícil encontrar en mi vida de aquellos días argumentos tranquilizadores para explicar, aunque- eso sí- de una forma provisional, la extraña presencia del ejecutor de la ley. En los últimos tiempos, una serie de acontecimientos encadenados la habían convertido, atribulada ya de por sí, en un polvorín a punto de estallar en cualquier momento.

La obstinación de Gobierno Civil en denegarnos reiteradamente a Ricardo Pallarés y a mí el preceptivo permiso para pronunciar un ciclo de conferencias que, bajo el pomposo título de «Permanencia del pensamiento de Beccaria en nuestros días», intentaban ser un revulsivo para despertar el abolicionismo en determinados sectores más concienciados políticamente, me tenía sumido en un estado de desánimo y ebriedad casi permanentes. Por otro lado, mi ingreso en el clandestino Partido Comunista de España había embroncado, hasta hacerlas insoportables, mis relaciones con Miguel Bellés con quien compartía un piso en la calle san Félix desde primero. Mi afición recién adquirida a llenar la casa de pelmazos correligionarios, que le robaban su tiempo y su coñac sin ningún escrúpulo revolucionario, acabó con una amistad que, como ninguna,   me dolió perder. Durante unas semanas anduve errante, no sabiendo al levantarme dónde pasaría la noche, ni siquiera si llegaría a pasar la noche. Para acabar de retratar mi lamentable situación, Ana, mi novia de siempre, tomó la sensata determinación de abandonarme al darse cuenta de que mi propósito al comenzar los estudios de ser un abogado de renombre, titular de un prestigioso bufete, iba malográndose irremediablemente por mi estúpida predisposición a complicarme la vida metiéndome siempre en asuntos truculentos y poco rentables.

Hubiese resultado lógico pensar que la conjunción estelar de tanta desgracia pudiera explicar la aparición de fantasmas por alguna de las grietas del alma. Sin embargo, yo sabía que la presencia del verdugo nada tenía que ver con todas esas zarandajas con las que se nutren la piel los divanes de los psiquiatras. Si Gregorio Estébanez Munárriz había venido a visitarme desde los infiernos, eso sólo podía significar una cosa.

Cuando estuve absolutamente seguro de ello, le dije las únicas palabras que pueden decirse con cierta dignidad en esas ocasiones.«Proceda».

Sólo entonces, al escuchar aquella lacónica palabra que el viejo funcionario debió interpretar como un gesto de buena voluntad o una invitación, tomó asiento en una vieja silla de enea que había en el centro de la sala, con las piernas a horcajadas, no sin antes haberse asegurado de que el maletín quedaba a la vista. Sacó de un bolsillo de la chaqueta una mugrienta petaca y me ofreció amablemente tabaco. Después de escuchar mi negativa con cierta resignación, comenzó a liar parsimoniosamente y en silencio un cigarro amorcillado. Yo no podía dejar de mirar sus manos ágiles, terribles, unas manos manchadas de horror y de sangre; la sangre de todas las víctimas que él se había encargado de asesinar legalmente.

De pronto comenzó a hablar como si yo no estuviera allí.

…Cuando ayer oí aporrear mi puerta con la rabia de los que están acostumbrados a obedecer por galones, supe que una pareja de tricornios me buscaba para algún trabajo. A mi casa viene poca gente, ¿sabe usted? Nadie quiere tratos con el verdugo. A lo más, las vecinas me traen cacharros para hacer algún remiendo; que yo para la letra salí algo zompo, pero manos para la mecánica no me han faltado, bien lo sabe Dios. Y gracias a eso voy tirando, que el jornal no es muy largo, para ser un trabajo tan mal visto. Pero no me quejo. Y por mi santa madre, que en gloria esté, que a mí tampoco me gustaría oír de tarde en tarde los aldabonazos de la muerte; pero cuando suenan, sé que he de prepararme. Ese es mi oficio y para eso me pagan.

Lo único que me encorajina es que los civiles tengan que escoltarme hasta la Audiencia con sus mosquetones recién engrasados, como si yo fuera un criminal. «Ahí va el verdugo», oigo murmurar en los corros de las plazas a las gentes cuando me ven pasar. Como si uno no tuviera bastante desgracia con lo que tiene.

Y luego está el romance de los forenses cumpliendo con la rutina del reconocimiento médico que me declara apto para el servicio. Y la firma del vale que hace constar que me hago cargo de los corbatines de agarrotar. Siempre es igual…

Y aquí me tiene, dispuesto a ser rápido y aplicado. Así que usted dirá…

La sala fue llenándose poco a poco de una espesa humareda que acabó convirtiéndola en un lugar irrespirable.Y diría que hasta imposible. Apenas podía dar crédito a lo que estaba viendo. Gregorio Estébanez Munárriz estaba frente a mí. De eso estaba seguro. En cierta medida, era un viejo conocido mío. Podría distinguirlo entre miles de hombres, aunque no había tenido nunca la oportunidad de verlo cara a cara. Oportunidad, por otro lado, impensable, estando, como estaba, muchos años pudriéndose en compañía de algunos a quienes él había ayudado a abandonar este mundo.

Gregorio había acabado sus días con la cabeza reventada como una granada en medio de un espantoso charco de sangre. La mañana del 16 de octubre de 1934, a la salida de una tienda de ultramarinos, un pistolero de la FAI lo estaba esperando para descerrajarle seis tiros a bocajarro, mientras gritaba: «Cabrón, esto por lo de Miguel Aranda».

El palentino había agarrotado al célebre anarquista, a pesar de no ser Barcelona territorio de su jurisdicción, porque el verdugo catalán había dicho que, de despachar a Aranda, nones, así se hundiera el firmamento cielo. Y aunque lo amenazaron con abrirle un expediente, el Ministerio tuvo que tentar otras puertas para ejecutar la sentencia. Al final, Gregorio aceptó el trabajo cobrando una sustancial paga extraordinaria. Los de la FAI no se le perdonaron. Lo condenaron a muerte justo en el mismo momento en que Miguel Aranda entregaba su alma al ángel de la muerte en el patio de la cárcel modelo de Barcelona.

Así pues, el último verdugo que iba a tener la Audiencia de Valladolid había muerto. Eso testimoniaba el Registro Civil de Palencia, de donde era natural Gregorio Estábanez Munárriz, hijo de Bartolomé Estébanez González y de Casilda Munárriz Mayoral; casado en primeras y únicas nupcias con Manuela Cansino Aznar a la que perdió en 1911 a consecuencia de un mal parto que lo dejó viudo y con las ganas de ser padre maltrechas para el resto de sus días.

¿Qué sentido tenía pues que hubiera regresado desde los dominios del ángel caído para mirarme con esos ojos de tristeza infinita, mientras consumía su pestilente cigarro de picadura a grandes bocanadas? ¿Acaso quería asustarme, disuadirme de alguno de mis propósitos más pertinaces, como era el de conseguir que en este país pudiera dejarse de matar en nombre del orden establecido? ¿O, simplemente, todo era un mal sueño, el eructo que sigue al hartazgo de tanta literatura escabrosa como yo había devorado en los últimos tiempos? Bien sabía que ninguna de esas razones hubiese sido capaz de convocar al experimentado verdugo.

No quise enojarlo con circunloquios innecesarios. Fui directamente al grano. «No crea que voy a ponérselo fácil. He estado preparándome para este momento durante muchos años. Sabía que tenía que llegar. Estaba escrito que un ejecutor de la ley vendría a segar mi voz a la casa de mis padres por treinta denarios… ¿Cómo se puede ganar el pan manchándose las manos de sangre… ?».

El verdugo no llegó a pestañear mientras duró mi filípica. De peores cosas se habría oído en el poste. Escupió con rabia una brizna de tabaco que se le había pegado en sus labios y con la mirada perdida en las vigas de madera de la sala dejó escapar sus palabras con un timbre de tristeza contenida…

… No es que a mí me naciera esto de ajusticiar a la gente. Pero la vida tiene muchos cojones o, al menos, eso es lo que decía mi abuelo materno y, casi sin saber cómo, un día me vi con este maldito maletín en la mano camino del patíbulo. Y sabe qué le digo, que una vez se pasa el mal trago del primer agarrotamiento, las carnes se te acostumbran y te da por pensar que éste es un oficio como cualquiera y que peor es tener que ganarse el pan haciendo fechorías.

Mire usted, cuando mi madre enviudó, yo apenas tenía siete años. Sólo Dios sabe lo que tuvo que bregar la santa para sacarnos adelante a mi hermano pequeño y a mí. Y como las desgracias no suelen venir solas, poco antes de que yo tuviera edad de empezar a llevar dinero a casa, unas fiebres traidoras me dejaron inútil para el trabajo honrado.

Gracias a un familiar lejano, notario en Madrid, pude conseguir la plaza de funcionario que si no daba para hacerse rico, al menos permitió a mi madre, con la salud bastante quebrada, respirar con más tranquilidad, hasta el día de su muerte…

Intenté encontrar alguna réplica convincente ante aquellas terribles palabras dichas seguramente sin ninguna mala intención. Las más célebres páginas de la historia universal de la infamia están escritas entre retortijones de tripas. Asesinos y verdugos han sido ungidos por la mano que mece la cuna del hambre. Aquel hombre solitario, tímido, que por momentos casi inspiraba compasión, había ayudado a despedirse de este mundo a treinta y seis hombres y dos mujeres en sus veinticinco años de ejemplar dedicación profesional, casi sin ningún episodio grotesco.Y, desde luego, sin remordimientos, sin haber pasado una mala noche, salvo cuando soñó que lo cesaban sin más explicaciones.

¿Qué resorte podría activarse en su tosco cerebro que le moviera a preguntarse sobre su papel como macabro testaferro de las potestades, tronos y dominaciones más abyectas; como albacea siniestro del poder y la gloria que gobiernan el universo mundo desde sus orígenes, desde la oscura noche en que es lícito matar en el nombre de Dios, del Rey o de la Hacienda?

Intenté recordar en los testimonios de algunos célebres verdugos siquiera una razón, una poderosa razón que obligara a Gregorio a enfrentarse con su propio destino, a vacilar la próxima vez que tuviera que armar el garrote en mitad de un patio sombrío.

De repente se me vinieron a la cabeza las palabras de un viejo patriarca inglés de la horca: «Bienaventurados los ahorcados porque ellos no conocen las desgracias de sus verdugos». Mirándolo fijamente a los ojos le solté a bocajarro la pregunta que tanto tiempo me había costado encontrar: «¿No tiene miedo de que la miseria de los condenados consiga envenenar sus días; de que tanta desesperación acabe engangrenándole la sangre. Bien sabe usted —¡y por Dios que esto se lo dije vengándome con toda mi alma, sabiendo como sabía su terrible final!— que no sería el primer verdugo que purga en su muerte todas las muertes oficiadas…».

…¿Y no cree usted que ya he purgado bastante? Si no tuve poco con lo de mi pobre mujer, que en paz descanse, de la que apenas pude gozar, a los pocos meses encontramos a mi hermano Antonio en la fábrica donde trabajaba, colgado de una viga del techo. Y desde entonces, parece como si las carnes se me hubieran abierto, y algunos días, a traición, sin avisos, se me vienen unos retortijones a las tripas que parece que vaya a morirme de un cólico miserere. Así que lo poco que gano tengo que gastármelo en medicamentos y galenos que me alivian del infierno. Soy un miserable desgraciado que tiene que matar de tarde en tarde para poder malvivir.

¿Cómo quiere que a mí me quite el sueño la cara de corderos degollaos de los reos? ¡Con las desgracias que me han acompañado desde que mi santa madre me echó al mundo…!

Además, ¿no la han hecho? Pues que la paguen. El que la hace, la paga. Si no, se pierde el respeto y el temor de Dios. ¿Qué quiere usted? ¿Que hubiesen soltado al satanás de Felipe Ballester, después de coser a cuchilladas a la pobre desgraciada de la hija de sus amos?

¿Y qué me dice usted del señorito Arregui; que se distraía despedazando a las rameras que llevaba a su garito, después de emborracharlas y obligarlas a tener comercios carnales más propios de bestias que de criaturas de Dios?¿Que le hubieran hecho un altar en la capilla de la casa solariega de sus padres? ¿Es eso lo que tendríamos que haber hecho las personas decentes?

En este cuaderno tengo apuntadas las andanzas y desventuras de los treinta y ocho a los que tuve que despachar. ¿Y sabe lo que le digo? Que contra menos escrúpulos y más gallitos habían sido en vida, más me se espatarraban y me se venían abajo, blasfemando y echando espumajos por la boca en cuanto los acercaban al poste.

Sólo a uno de ellos, si hubiese estado en mis manos, no le habría dado garrote. Ignacio Buendía Palacios se llamaba. Un pobre chicarrón riojano que, según contaban las malas lenguas, había estrangulado con sus manos a la víbora de su suegra, harto de aguantarle sus desprecios y sus burlas, de oírle decir que no era hombre, que mucho cuerpo pero poco de lo que había que tener para hacerla abuela. El pobre, cuando se vio con la argolla al cuello, me dijo, me acuerdo como si fuera ahora: «Verdugo, no me hagas mucho daño y acaba pronto.» A mí me entró una tremolina por todo el cuerpo de ver a un hombre, que estaba a punto de morir, aguantar tan entero y con tanto arrepentimiento…

Pero los demás…Unos degeneraos. Lo que yo le diga.

Y no vaya usted a creer que yo la gozo dándole tres cuartos de vuelta a la manivela y oyendo cómo les crujen las vértebras. ¡Manda carajo! En el mismísimo infierno preferiría estar yo en esos momentos. Pero alguien tiene que hacerlo, ¿no cree usted? Y digo yo que una vez de acuerdo en quitarnos de enmedio a los apestados, ¿qué coño importa quien sea el verdugo?

Si a mí me pagan, pues cumplo y chito. Yo soy un hombre con lo que hay que tener, no como el de Sevilla, que, mientras no hubo faena, bien que cobró religiosamente el sobre mensual; pero cuando fueron a buscarlo a su casa la pareja de civiles para que me ayudara a despachar a los del correo de Andalucía, empezó a decirles que él no iba, que estaba viejo y su mujer, muy enferma. Pues que lo hubiera dicho antes y ya hubieran buscado a otro con más tripas y menos miramientos. Que el hambre es buena sementera de oficios malditos…

Un pensamiento sombrío iba tomando cuerpo lentamente en alguna oscura región de mi mente. Si al principio de la conversación yo albergaba alguna esperanza de humillar a aquel despreciable servidor de la muerte, pronto comprendí lo pretencioso de mi propósito. Gregorio Estébanez Munárriz iba creciéndose a cada paso, cobrando fuerzas con cada una de sus palabras. Pertenecía a esa estirpe maldita de desheredados que consigue vampirizarnos con sus despropósitos.

Algo semejante me había ocurrido años atrás cuando me tropecé por vez primera con Lope de Aguirre, el loco, la cólera de Dios, y, sin embargo, a pesar suyo, aclamado príncipe de la libertad.

Todas sus atrocidades, el inmenso lodazal de sangre de tantas cabezas degolladas sobre el que se erigió como gobernador de Tierra Firme y de la Mar Océana, parecían disculparse tras su arrojo temerario, tras esa declaración solemne que se atrevió a enviar al monarca más poderoso del orbe cristiano, «..hijo de fieles vasallos tuyos en tierra vascongada, yo, rebelde hasta la muerte, Lope de Aguirre, el peregrino…».

Imaginar la cara de pasmo de Felipe II ante aquellas insolentes palabras garabateadas por un hombrecillo renqueante, desbravador de potros, aguerrido marañón, me movió a la ternura.

Y cuando supe que aquel maltrecho vascongado, traidor traicionado por traidores, agonizó en Barquisimeto con dos arcabuzazos en la tripa sin haber alcanzado ni el poder ni la gloria en el nombre de los cuales había dado estoque a tanto inocente, un inexplicable sentimiento de complicidad me unió a él durante mucho, demasiado tiempo.

Gregorio Estébanez Munárriz seguía sus andadas. Y yo no estaba dispuesto a consentirlo. Porque hacerlo era tanto como decir que todos los años de lucha para atajar el horror no habían servido para nada. Que todas las muertes habían sido inútiles.

Alejé con cierta repugnancia aquellos pensamientos e intenté seguir hablando con la cabeza, sin que las tripas torcieran mis palabras. Lo miré fijamente a los ojos y le solté a bocajarro algo que me abrasaba las entrañas: «Y cuando los ve aparecer por el corredor del patíbulo, llorando, blasfemando, descompuestos, con los pantalones mojados por una humillante mancha oscura, ¿ no se le remueven los adentros? ¿No le dan ganas de salir corriendo? ¿De qué pasta están hechos ustedes, los verdugos, para que los hierros de agarrotar no les abrasen las manos, cuando los ojos suplicantes de los condenados les miran, ya sin verlos, desde la otra orilla de la muerte? ¿Qué pasa por su cabeza un instante antes de matar a un hombre? ¡ Dios mío, cómo se pueden tener agallas para dar esa terrible vuelta de tuerca…?».

A lo primero yo les pedía perdón y les ayudaba a rezar el Señor Mío Jesucristo, pero luego me dije que por qué leches tenía que hacerlo. Al fin y al cabo, si alguien tiene que pedir perdón, que sean los del tribunal que con su puño y letra estampan la cara de la muerte en la sentencia.

Yo sólo soy un mandao. Cumplo con mi trabajo lo mejor que sé y procuro que el desgraciado no sufra en balde. Que todo sea rápido y sin fallos.

Ya soy zorro viejo en el oficio y sé que no he de esperar que nadie me agradezca los servicios prestados. Pero esto debería pagarse mejor. Usted ya me entiende…¡Con la de horas que me he pasado en vela viendo la forma de convertir estos hierros que antes eran viejos y roñosos en una maquinaria limpia y perfecta, como la de un reloj suizo!

Y salvo la trapisonda de la envenenadora de Vallecas, a la que casi tenemos que rematar a garrotazos por culpa del zascandil del carpintero que no fijó bien la silleta, mi hoja de servicios está llena de trabajos limpios, sin un rasguño ni un pellizco, sin apenas una gota de sangre. A mí tampoco me gustan los espectáculos desagradables. No se piense que uno goza con el dolor ajeno. ¡Buenos sudores me costó ingeniar lo de la aguja que traspasa la garganta y no deja que los desgraciados estiren la pata con la lengua amoratada salida!

¿Y cómo te lo agradecen?…Al novato de Madrid que, cada vez que tiene que actuar, se arma un lío de mil demonios le pagan el doble. ¡La vida tiene muchos cojones, ya lo decía mi abuelo!

 Evidentemente, el verdugo no aceptaba ninguno de mis envites. Parecía que su única obsesión era decir lo que había venido a decir, sin importarle lo más mínimo mis esfuerzos por obligarle a dudar, a sentir el horror de cualquier buen nacido ante la muerte ceremonial oficiada en nombre de la Seguridad del Estado, del Bien Común o del Orden Divino.

¿Cómo podía hacerle abominar de esa terrible venganza que iguala al asesino con su juez; que lava la sangre con más sangre, que cronometra los últimos minutos de la vida de un hombre con una crueldad extrema?

Aún más, aquella terquedad suya me confirmaba que Gregorio Estébanez Munárriz, como temí desde el principio, no había regresado desde los abismos sólo para platicar conmigo, mientras un siniestro general chileno se disponía a llenar de cadáveres mutilados el Estadio Nacional de Santiago. Si había bajado hasta los sótanos de la Audiencia de Valladolid a recoger el siniestro maletín no era sólo para darme el gusto de escupirle en su cara toda la rabia de mi sangre. Si había engrasado primorosamente los corbatines de agarrotar sólo podía obedecer a una razón. Gregorio Estébanez Munárriz había venido a trabajar…

Misa de tres en ringla pueden decirle que por éstas le aseguro que mi máquina es menos sanguinaria que otros artefactos que usan por esos mundos. Y si no, ¿qué me dice usted de la guillotina? ¿Sabe cuántas veces la cuchilla no ha dado el golpe certero para segar de un tajo la cabeza y la cosa ha acabado como un matacerdo (con perdón)? Además, ¿ le parece de cristianos decentes entregar al Altísimo un cuerpo mutilado?…Y el invento ése de la electricidad que los deja carbonizados como pajaritos, ¿ no le parece a usted ganas de malgastar voltios o como se llamen , cuando la cosa puede ser muy sencilla? Ya se lo he dicho, tres cuartos de vuelta y… el bendito ya ha entregado su alma a Dios. O al diablo, que de todo me ha tocado ver y oír en los años que llevo en el trabajo.

Lo que yo le diga. Como el garrote no hay nada. Ni la horca, que eso sí es de salvajes; ni el paredón que, a mi modesto parecer, son ganas de montar demasiado tinglado; ni mucho menos esas pastillas que huelen a almendra amarga, según me han dicho, y que a mí se me representa como cuando en mi pueblo envenenan las alimañas del monte.

Que se atreviera a hablarme de las bondades del garrote me hizo recordar un viejo proverbio —supongo que chino, como todos los proverbios que he tenido la tentación de utilizar alguna vez— que habla de la testarudez con la que algunos imbéciles se obstinan en seguir mirando el dedo del sabio que les señala la luz infinita de una estrella.

O Gregorio era un imbécil que todavía no había entendido que lo que a mí me repugnaba no era el que se decapitara o se ahorcara; el que se electrocutara o se agarrotara; que lo que me producía una repugnancia que iba más allá de mis convicciones más firmes era el que cualquier poder acabara con la vida de un hombre.

O el imbécil, realmente, era yo por seguir aguantando aquella grotesca ceremonia repleta de despropósitos.

Tal vez, adivinó mis pensamientos, porque de pronto vi cómo aplastaba con furia la colilla contra el suelo, como si hubiera dado por concluida nuestra charla. Seguramente, su paciencia conmigo había ido más alla de sus atribuciones como funcionario ejecutor de la ley. No tenía por qué andar de cháchara con un condenado a muerte.

Hice un gesto de súplica, como queriendo alargar un poco más aquella entrevista descabellada. Pero fue un gesto sin convicción, propio del que sabe lo inútil de intentar evitar lo que está escrito en los polvorientos pergaminos del destino. Él me atajó sin miramientos, pero sin perder la compostura:«Vamos. Ha llegado la hora». Se incorporó y se ajustó el pantalón con un gesto un tanto desabrido que sólo he visto en algunos mozos solteros de las aldeas del interior. Me miró con dureza, pero sin odio:«Tómese dos copas de coñac. He visto cómo a muchos desgraciados los emborrachaban un poco antes de traérmelos. Ayuda a no pensar en los hierros y hace la cosa más fácil».

Comprendí que había llegado el momento. Aconsejado por Gregorio y mientras él montaba el garrote en el poste con una meticulosidad casi religiosa, me afeité y me puse una vieja camisa listada sin cuello.

No hay nada que me revuelva más la sangre que el tener que despachar a alguien descompuesto, entregado a la muerte antes de hora, como les pasa a algunos toros sin casta. Cuando me pasa eso, me da por pensar que qué carajo pinto yo en esta mandanga. Porque —y ya sé que no tengo muchas luces— a mi corto entender los verdugos estamos para matar. Pero matar a alguien vivo, a alguien que no quiere morirse. Porque matar a un muerto no tiene ni puñetera gracia. ¿No cree usted? (…)

¡ Me cago en mi puta suerte ! Y el caso es que a mí se me antoja que usted tiene buenas entrañas, como Ignacio Buendía. Pero qué le vamos a hacer, la vida es así. Tiene muchos cojones, como decía mi abuelo. Y al final acaban pagándola justos por pecadores (…) Resignación. No hay más remedio (…) ¡Hala, vamos, verá cómo no siente nada…!

Me acerqué hasta la silleta y, extrañamente, me sorprendí tranquilo, sin miedo a morir.

Lo miré fijamente a los ojos, sin ningún atisbo de rencor, casi con afecto. Me senté y cerré los ojos con la rabiosa desolación de los vencidos.

Me ajustó el corbatín al cuello. Desde esa oscura región en la que el hombre se encuentra cara a cara con la muerte, oí unas palabras proféticas y emocionadas. «Mucho más temprano que tarde de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre».

Sentí cómo el crujir de las vértebras ahogaba en mis labios una terrible blasfemia (…)

Por el patio subían aromas de café recién hecho y gritos de madres intentando arrancar a sus hijos de la calidez de las sábanas. El locutor de Radio Nacional abrió el boletín informativo con la noticia que iba a cambiar mi vida:«Salvador Allende ha muerto».

In memóriam

José Manuel López Blay