La infancia es un territorio de gracia atravesado por delicados secretos, frágiles y pluscuamperfectos, que lo recorren a modo de un imbricado sistema de irrigación. Cada una de vosotras y cada uno de vosotros podríais, si quisierais, rescatar uno de esos abismos fundacionales.

Hoy quiero hablaros del mío.

Mi abuelo compraba la levadura de cerveza,  que ayudaba a fermentar a las hogazas  antes de dorarse en el horno, en la cristalería que el señor Manuel Casas tenía a la entrada de la Plaza de la Cueva Santa. Que la levadura, vigorizadora de la masa del pan, se vendiera en el mismo local en el que se cortaban y recortaban espejos y cristales, me parecía algo tan mágico que nunca me atreví a preguntarle a mi abuelo la razón de aquel aparente despropósito; tampoco le pregunté otras muchas cosas que no alcanzaba a comprender, pero esa es otra historia de la que os hablaré, si os complace, algún otro día.

La levadura – Cinta Roja , creo recordar; recuerdo sin dudar un instante, si quiero ser sincero –  se vendía empacada en unas cajas de madera sin desbastar, que el señor Casas apilaba con escrupulosidad geométrica bajo la vuelta de la escalera que accedía a la vivienda. Cuando mi padre, que había dejado de cavar naranjos para trabajar en la panadería, las vaciaba me las daba porque sabía que para mí eran  pequeños tesoros. Miguel y yo las lijábamos con esmero y luego las pintábamos de colores vivos para ir construyendo los edificios de nuestro poblado del Oeste, donde cada tarde, después de salir de la escuela, se daban cita los pistoleros más rápidos de esta orilla del Río Bravo, las bailarinas de cancán más hermosas de las que jamás se hubiera tenido noticia, los “sheriffs” con más arrojo de cuantos el cine levantó acta.

Cuando lo pienso, creo que mi infancia está estrechamente ligada a esa atmósfera tan especial de los hornos de pan. En el de mis abuelos, había una habitación que llamábamos el calfón. Estaba encima de la bóveda del horno moruno,  para aprovechar el calor. En la pared, sobre las andanas, había unos tableros de madera en los que las mujeres que amasaban colocaban por orden las ollas de barro o porcelana con la levadura madre y las canastas con sus amasijos, abrigados por las maseras y los mandiles, para que acrecieran en aquel dulce purgatorio al que subían los aromas de los panquemados y las madalenas.

Pero si hay un recuerdo poderoso que hoy me ha atrapado entre sus brazos, es el de aquellas mujeres fértiles, madres de corta edad pero de numerosa familia, que, cuando había temporal de lluvias, traían a secar en aquel cálido territorio la colada de su prole.          Creo que es una de esas prácticas perdidas que certifican que hemos dejado de ser una comunidad rural para convertirnos en un pueblo adocenado, aburrido y sin sustancia.

Infancia.

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