© Jinquer. Un relato de Gispert .-

Con el ruido de mis pasos los tordos se dispersaron. Huyeron de las paredes huérfanas de techos, recubiertas de yedras espesas, basculando sus verdes tonos, en contraste con el adormecido gris de las piedras desdentadas, rotas, sin brillo.

El caserío es un lugar sin vida humana, un fantasma en el corazón de la Sierra Espadán. Los arbustos se adueñan de las callecitas, sembradas de cascotes y ripios, habitáculos de pájaros y conejos. Por encima de los muros desvencijados y de  los arcos enladrillados de las viejas puertas, se asoman cabrahígos y algún pino, formando un lustroso cuadro de colores esmeralda, donde el silencio engancha.

Despacio camino, atrapado por un tiempo pasado, donde la emigración sentó sus cimientos en este trozo de lugar serrano, aislado de los ecos del presente. Historias de personas que encuadraron sus nuevas vidas en lugares lejanos. La memoria y los recuerdos quedan fijados en el silencio de Jinquer. Su valor etnográfico se esculpe entre montañas escarpadas, al pie del rey de estas cumbres de Espadán: La Rápita.

Cerca,  Jinquer tuvo su pequeño castillo, alzado sobre un tómbolo escarpado. Y en el otoño los castaños siguen su ciclo vegetativo, ofreciendo sus frutos de color marrón brillante.

Subo hasta la pequeña iglesia. Su suelo está salpicado de sillares, desprendidos de las paredes. Y hay una decoración vegetal que se afinca sobre la hornacina que albergó la imagen de la Purísima Concepción.

Desde Alcudia de Veo, por pista, o desde el collado de la Nevera por caminos y sendas, parten rutas de aproximación a Jinquer.

Cuando lleguen ante el abandonado caserío, escuchen el silencio. Sus habitantes forestales, los tordos, les saludarán con sus chillidos y sus fuertes aleteos.

-¡tirrt! ¡tirrt!

Jinquer. Un relato de Gispert