Por fin vio la luz, después de varios aplazamientos por el motivo de siempre desde marzo, el último trabajo del catedrático, doctor en Historia, investigador, divulgador, educador y buen tipo (me dice la gente), Vicente Gómez Benedito. Se trata del libro presentado el pasado domingo en Segorbe, cuna del autor y de su objeto de estudio, la acequia que nace en el manantial de la Esperanza y que reparte sus aguas entre las poblaciones de Navajas, Altura y Segorbe. “La acequia de la Esperanza. Origen y evolución de un sistema hidráulico milenario”, tiene el rigor, como hace sospechar su título, de una tesis doctoral. Confesaba su autor en la presentación que su profundidad es fruto de mucha visita a los archivos, de cientos de horas de búsqueda de información casi siempre infructuosa, de vacaciones bajo los rayos de un flexo. Gómez Benedito ha tenido que desempolvar y leer varias biblias para poder verter luego a las 400 páginas del libro todo este caudal de información que combina textos de diversa naturaleza. No ha sido en vano, a buen seguro va a ser una obra de referencia para otros investigadores, y no sólo del tema hídrico.

Esta virtud del erudito podría, sin embargo, lastrar al profano en la materia, como imagino somos la gran mayoría de posibles lectores, pero si uno se adentra sin prejuicios en este monumental ensayo, confiando en que la buena oratoria del autor no quede lejos de su escritura, comprobará enseguida que este ha tenido el acertado criterio de filtrarnos, de desmenuzar y recomponer todo ese caudal informativo, de manera que se haga llevadera e incluso amena su lectura. A ello ayuda no poco la cantidad y calidad de las fotografías de

Vicente Palomar, los mapas, desplegables y demás materiales anexos que acoge una cuidada edición colaborativa (preciosa la portada) en la que han participado diversas entidades culturales y administrativas locales como la Fundación Mutua Segorbina o el ICAP, y entre las que hay que destacar, por lo que le toca de la criatura y por su 150 aniversario, a la Comunidad de Regantes de Segorbe.

A primera vista podría pensarse también que es un tipo de ensayo que puede caer plano, sin misterio. No es cierto. Cómo no va a haber misterio en un ser vivo que ha cumplido un milenio. Mediante una propuesta de estudio diacrónico, asistimos a un curso completo, no solo de la Historia de la comarca, sino podría decirse que de España, de la mano de un guía de reconocida solvencia. Somos testigos de la construcción durante el dominio musulmán de este sistema hidráulico de la acequia de la Esperanza, de las habilidades agrícolas de nuestros olvidados antecesores (los que antes de ser expulsados fueron llamado moriscos); del poder de la Iglesia, de las desamortizaciones; de una efímera revolución industrial que compitió con la de Alcoi; de la autarquía franquista, de la explosión urbanística; hasta situarnos ante el precario estado actual de la agricultura en la comarca después de la herida mortal que supuso el devastador proceso de globalización de finales del siglo XX. Llegados a este momento desasosegante, incierto, en el que el campo se halla en proceso de abandono, el autor reclama el valor inmaterial de la acequia: “Estamos permitiendo que se desvanezca un extraordinario conjunto de conocimientos atesorados durante generaciones, como son los tipos de cultivos tradicionales, utillaje o formas de trabajo, entre otros muchos, y con ellos también desaparecen los valores culturales intrínsecamente unidos a ellos.” El libro rema en esa dirección. Es uno de sus fines la recuperación y promoción del patrimonio cultural de la comarca, sobre todo del triángulo Navajas-Altura- Segorbe.

Curiosamente, pese a pertenecer al término de Segorbe, el manantial de la Esperanza, que da el agua y el nombre a la acequia, se ubica más cerca de los núcleos urbanos de Navajas o Altura. La continua disputa vecinal entre alturanos y segorbinos (menos problemas da Navajas) por las tandas de riego y el uso de los rollos que desaguan la acequia es otro de los ejes del libro y el origen de las más curiosas anécdotas. A partir del siglo XV Segorbe, más populosa y con mayor término municipal, se enfrentará a Altura, que hará causa común con los frailes de la Cartuja de Val de Crist, respaldados estos por el rey de turno. Llegarán más pleitos que concordias hasta la solución de la separación de los ramales ya en el siglo XX. Ni siquiera con el feliz descubrimiento y provecho del manantial del Berro en Altura llegará la paz. El grado de conflictividad a causa de sus aguas que documenta prolijamente Gómez es incesante desde la conquista cristiana; de tal manera que sorprende cómo, pese a todo, era la norma que se dirimieran las diferencias en los organismos legales competentes y que la sangre nunca acabara de ensuciar sus aguas.

Para mí la palabra “acequia” había sido, hasta conocer la de la Esperanza, una palabra manchada y maloliente. Será porque me crié en un barrio que limitaba con las huertas del norte de la ciudad. Las aguas viciadas de las acequias que surcaban Benimaclet o Alboraia no podían servir como abrevadero ni siquiera para los animales. Paseo a menudo por el bosquecillo de la Esperanza, me gusta seguir el camino del agua bajo los pinos, verla bajar por la Huerta de los padres como lo ha hecho durante siglos. Las aguas de esta acequia de manantial son tan claras que en las mañanas de verano cuesta trabajo no refrescarse en ellas. A mi perro le cuesta menos. Vicente Gómez Benedito cierra su fenomenal trabajo con una cita que, ahora que empezamos a vislumbrar el Apocalipsis, y cuando algún sinvergüenza ha conseguido que los derechos del uso del agua hayan empezado a cotizar en Wall Street, cobra más sentido que nunca. Se le atribuye a Leonardo da Vinci y te juro que el otro día, Vicente, caminando junto a la acequia, me vino a la cabeza antes de llegar a leerla en tu libro: “No se puede amar lo que no se conoce, ni defender lo que no se ama”.

Héctor Hugo Navarro – Fotos:J.Plasencia y H.H.N.

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